Maromas de la mente
Para pasar la tarde podemos escoger -después de los quehaceres de cada quien- si llenar nuestra cabeza con la política de cinco centavos que mueve nuestras entidades y pequeñas vidas provincianas, pasearla por los acontecimientos sociales o culturales del momento más instantáneo que tenemos al dar clic en los tiks –toks, o degustando mezcales artesanales, es cuestión de estado de ánimo, de vacío intelectual o de deseo necesario para vaciar los pensamientos en cosas intrascendentes, pues “cada quien sus cubas” como he oído decir por ahí y aquí no se censura a nadie.
Solo que, al paso de las horas, todo eso es como una cinta dando vueltas en el cinematógrafo que llevamos cada uno sobre los hombros ¿la localizas? Y por más que quiera –yo- vaciar el almacén de palabras que corren como en carrusel, por esas protuberancias grises o blancas que la conforman, acabo por darme cuenta de que todo ello, es una forma de atarantarnos un poco más cada día ¡claro: yo incluida!
Pero quitando el tono existencialista me decido por buscar a Huidobro para divertirme y entretenerlos con un fragmento de su Altazor. Vicente Huidobro, chileno nacido en su tierra que tiene nombre picante, escribe esta pieza literaria que no debería nadie dejar de leer, aunque sea una vez o por encimita.
Se va a encontrar el lector con un protagoniza que viaja como dando divertidos saltos por diferentes estados de su propia personalidad. Altazor realiza este viaje como metáfora de su realidad, a la que se rebela y se niega a aceptarla, transformándola a partir de su imaginación que no es otra que la voz de su autor.
Les dejo un fragmento para ver si se pican, lo buscan en internet y se deciden por el libro impreso, que aún no es reemplazado por las nuevas tecnologías, aunque todos sabemos que le pisa ya, los talones.
Aquí va el prólogo, este viaje en paracaídas que, seguro hará que sus ojos, su mente y corazón den maromas tratando de llegar al fondo de cada una de las frases; espero lo disfruten:
Altazor o el viaje en paracaídas,
de Vicente Hidobro
“Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoiris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.
El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: «Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?» Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: «Adiós» con su pañuelo soberbio.
Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.
Allá lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora incontestable.
Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.
Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso, como un ombligo.
«Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.
»Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.
»Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno; los días que tienen un oriente legítimo y reconstituido, pero indiscutible.
»Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano.
»Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía).
»Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas y los dientes de la boca, para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.
»Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.»
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