Mirador

Días de murria son éstos, por el encierro a que nos tiene condenados la sombra chinesca del condenado virus.

Yo no salgo de mi casa más que a lo indispensable. y a lo dispensable. No hago las compras -jamás he sabido comprar ni vender- ni cumplo los mandados de la casa. Estoy ya vacunado, y hace meses recibí la visita del desdichado bicho, pero mi caso fue como el del tipo que cortejó a la linda chica. Ella le preguntó: "¿Qué no eres casado?". "Sí lo soy -respondió el cínico sujeto-. Pero asintomático". Así, asintomático, fue mi ya lejano encuentro con el virus.

Mantengo, sin embargo, las mismas precauciones de antes. Salgo poco de la casa, y menos aún salgo de mí mismo. Después de hacer la tarea con que gano la vida leo los libros que hace años no leía, oigo la música que hace años no escuchaba, y juego ajedrez con la canallesca computadora que sólo de vez en cuando me permite que le gane. 

Lo mejor son las pláticas con mi señora, todas presididas por la misma interrogación: "¿Te acuerdas?". 

Ah, también veo películas y series en mi tableta,  algunas excelentes, pésimas otras. Éstas te hacen darte al demontre por haber perdido el tiempo viéndolas.

Los días se hacen largos y las semanas cortas. ¿Cuándo acabará esto? Quizá nunca. Terminaremos por no hacerle caso, aunque nos mate.

¡Hasta mañana!...