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No mentir, no robar y no traicionar: cuando el poder se corrompe... y la ciudadanía se acomoda

Por Juan Manuel Rosales Moreno

Febrero 19, 2026 03:00 a.m.

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"La democracia no es una meta, sino un camino: se construye día a día" Octavio Paz

"La ambición suele hacer traidores". La frase, que antes parecía una advertencia moral, hoy funciona como diagnóstico de un país atrapado entre la degradación institucional y la comodidad cívica. El mantra de la 4T —no mentir, no robar y no traicionar— se ha erosionado al ritmo de los escándalos que lo contradicen: huachicol fiscal, corrupción en instituciones y en los tres poderes y niveles de gobierno, nepotismo descarado, violencia política, infraestructura costosa e ineficiente, y decisiones públicas tomadas sin rigor técnico ni responsabilidad financiera.

La administración pública, que debería operar bajo principios de racionalidad, profesionalización y eficiencia, parece atrapada en un ciclo de improvisación donde desde hace bastante tiempo la lealtad política pesa más que la capacidad técnica. Y cuando la técnica se subordina al capricho, el Estado pierde rumbo. No sorprende, entonces, que proyectos estratégicos carezcan de análisis costobeneficio, que los presupuestos se ajusten por ocurrencia y que la planeación se sustituya por discursos.

Pero sería un error monumental pensar que el deterioro proviene solo del gobierno. También viene de una ciudadanía que exige honestidad, pero tolera la trampa; que reclama transparencia, pero normaliza la mordida; que critica la corrupción, pero vota sin informarse. En ciencia política, esto se conoce como cultura cívica pasiva: sociedades donde la gente quiere buenos gobiernos, pero evita involucrarse en su construcción.

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En otras palabras, queremos resultados democráticos sin asumir los costos democráticos. Queremos instituciones fuertes, pero no estamos dispuestos a defenderlas. Queremos rendición de cuentas, pero no damos seguimiento. Queremos seguridad, pero no denunciamos. Queremos transparencia, pero no participamos en los mecanismos que la garantizan.

La democracia mexicana no solo está desgastada por arriba; también está debilitada por abajo. Y esa doble erosión —institucional y ciudadana— explica por qué el país parece atrapado en un ciclo de frustración permanente.

En este contexto, la publicación del libro Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer Ibarra, exconsejero jurídico de la Presidencia, añade otra capa de preocupación. El texto revela tensiones internas, decisiones improvisadas y conflictos entre figuras clave del sexenio anterior. No es un libro que esclarezca todo, pero sí confirma algo: la ciudadanía solo puede enterarse "a medias" de cómo se ejerce el poder.

Dependemos de memorias tardías, filtraciones selectivas y relatos personales para conocer lo que debería ser público desde el primer día. Y eso, en sí mismo, es un síntoma de degradación institucional: la verdad se administra, se dosifica, se oculta o se revela solo cuando conviene políticamente. Se denuncia en la literatura... pero no en los juzgados.

Mientras tanto, México avanza entre contradicciones: proyectos sin análisis costobeneficio, improvisación presupuestaria, dependencia económica creciente y territorios capturados por el crimen organizado. La violencia política se ha normalizado al punto de convertirse en un costo operativo de las campañas. La economía presume cifras macroeconómicas, pero la precariedad laboral y la falta de movilidad social siguen intactas.

A esto se suma un sector salud en crisis: hospitales sin insumos, personal insuficiente, compras públicas opacas y un brote de sarampión que evidencia fallas graves en vacunación, prevención y vigilancia epidemiológica. Un país que no puede garantizar esquemas básicos de inmunización difícilmente puede presumir un sistema de salud "de primer mundo".

Y mientras enfrentamos estos rezagos, nos "preparamos" —al menos en el discurso— para recibir el Mundial de Futbol 2026. ¿Estamos listos? La respuesta honesta es incómoda: no del todo. La infraestructura urbana es insuficiente, el transporte público es deficiente, la seguridad es un desafío y la coordinación intergubernamental sigue siendo frágil. El Mundial será un escaparate global... y también un espejo que mostrará nuestras carencias.

Como escribí en un artículo anterior, "tengo la sensación que hoy somos un país neocolonial con rezagos aún más graves que en 1994". Hoy esa sensación se profundiza: producimos para otros, dependemos de otros, y permitimos que nuestras instituciones se vacíen mientras discutimos en redes sociales.

La degradación institucional no es un concepto abstracto. Se manifiesta en decisiones concretas: nombramientos por parentesco, contratos sin transparencia, programas sociales usados como herramientas electorales. Pero también se manifiesta en la ciudadanía que mira, comenta, se indigna... y luego vuelve a la rutina sin exigir cambios reales.

La pregunta de fondo es incómoda: ¿cómo puede sostenerse una democracia si el gobierno no cumple... y la ciudadanía tampoco?

La reconstrucción democrática requiere algo más que discursos. Exige instituciones fuertes, entendidas no como edificios o cargos, sino como reglas estables, procedimientos claros, contrapesos efectivos y profesionalización permanente. Requiere fortalecer los sistemas de control interno, garantizar la autonomía de los órganos reguladores, blindar el servicio público de la captura partidista y asegurar que las decisiones se basen en evidencia, no en ocurrencias.

Pero también exige ciudadanía activa: informada, vigilante, exigente y dispuesta a participar. La democracia no se sostiene solo con votos; se sostiene con corresponsabilidad.

Porque si queremos que no mentir, no robar y no traicionar deje de ser un eslogan vacío, debemos asumir que la responsabilidad no es solo del Estado. También es nuestra. La democracia no se construye desde el sofá ni desde la indignación pasajera. Se construye participando, vigilando, exigiendo, proponiendo y comprometiéndonos.

Y mientras no lo hagamos, seguiremos dependiendo de libros, filtraciones y escándalos para enterarnos —siempre tarde, siempre incompleto— de cómo se ejerce el poder en nuestro nombre.

jmanuelrm@msn.com