Para escribir: soñar y amar; soñar vivir…vivir con la menor dosis de resistencia.
Escribir se trata de un atrevimiento. No es para ver si le gusta al otro o para ver si piensa que hablo en primera persona o que, si sí hablo en primera persona, a quién diablos le importa. Al fin y al cabo la persona, la que escribe, va en primer lugar porque es la que trae la pluma y la que la usa.
A mí me hacen falta las dos cosas: soñar y desprenderme de las reacciones por lo escrito.
Me hace falta una nube, una calle, un rasguño, una banqueta descrita por otro, soñada por mí, inventada por mis dedos, finalmente reflejada en mis hojas que se convierten en las hojas de los demás.
No cuento historias porque siento que no sé hacerlo; me falta la estructura, la psicología de los personajes, el nudo, el desenlace, el epílogo y el prólogo en la secuencia esperada por el lector. Además creo que no sé cómo lee la gente, qué gente lee y quién se desvía de sus ocupaciones y desocupaciones para ocuparse de lo que escribo. Por eso “no hallo cómo escribir”.
Me gusta hacerme nudos verbales porque los nudos me satisfacen tanto como deshierbar un jardín o una maceta. Me obsesiono con sacar la raíz o desatorar lo que tienen trabado. Mmmm, el esfuerzo es mejor a veces con los ojos cerrados, y cuando se trata de nudos, dejar que los dedos se vayan solos igual que cuando se teclea para contar esto y no contar nada. Porque tiene su chiste contar historias y que atrapen a quien las escucha en los libros.
Salí del teatro, de la función de danza de una compañía muy singular: bolero y danza contemporánea, luces y locutor de radio de la época de la XEW. Voces del recuerdo de tíos abuelos y familia. Viejos tiempos envueltos de lo suyo y de un romanticismo que se antoja medio sabroso, medio vulgar, medio que quiero ver, me gusta pero no me atrevo a decir que me gusta.
Hoy nos atrevemos a todo porque las nuevas generaciones, las que tienen nombre de abecedario o de cápsula espacial, nos han mostrado que no vale guardar el recato por los gustos populacheros pues tienen lo suyo que es lo nuestro. Al fin y al cabo nacimos en este suelo, con este idioma, y esta música es parte de nuestra crianza y nuestro gusto musical.
Ahí la historia de nada; de formas culturales que de lo comercial se mudaron al teatro y no precisamente a la carpa pero que tiene algo de pueblo, algo de melcocha y ambiente de raza, de pachuco, cantina o burdel pero que de todos modos atrae. Porque huele a auténtico, carente de careta.
Lo anterior es un rasgo, producto de un sueño de la vigilia nocturna, un día entre semana.
Escribir se trata de un atrevimiento. No es para ver si le gusta al otro o para ver si piensa que hablo en primera persona o que, si sí hablo en primera persona, a quién diablos le importa. Al fin y al cabo la persona, la que escribe, va en primer lugar porque es la que trae la pluma y la que la usa.
A mí me hacen falta las dos cosas: soñar y desprenderme de las reacciones por lo escrito.
Me hace falta una nube, una calle, un rasguño, una banqueta descrita por otro, soñada por mí, inventada por mis dedos, finalmente reflejada en mis hojas que se convierten en las hojas de los demás.
No cuento historias porque siento que no sé hacerlo; me falta la estructura, la psicología de los personajes, el nudo, el desenlace, el epílogo y el prólogo en la secuencia esperada por el lector. Además creo que no sé cómo lee la gente, qué gente lee y quién se desvía de sus ocupaciones y desocupaciones para ocuparse de lo que escribo. Por eso “no hallo cómo escribir”.
Me gusta hacerme nudos verbales porque los nudos me satisfacen tanto como deshierbar un jardín o una maceta. Me obsesiono con sacar la raíz o desatorar lo que tienen trabado. Mmmm, el esfuerzo es mejor a veces con los ojos cerrados, y cuando se trata de nudos, dejar que los dedos se vayan solos igual que cuando se teclea para contar esto y no contar nada. Porque tiene su chiste contar historias y que atrapen a quien las escucha en los libros.
Salí del teatro, de la función de danza de una compañía muy singular: bolero y danza contemporánea, luces y locutor de radio de la época de la XEW. Voces del recuerdo de tíos abuelos y familia. Viejos tiempos envueltos de lo suyo y de un romanticismo que se antoja medio sabroso, medio vulgar, medio que quiero ver, me gusta pero no me atrevo a decir que me gusta.
Hoy nos atrevemos a todo porque las nuevas generaciones, las que tienen nombre de abecedario o de cápsula espacial, nos han mostrado que no vale guardar el recato por los gustos populacheros pues tienen lo suyo que es lo nuestro. Al fin y al cabo nacimos en este suelo, con este idioma, y esta música es parte de nuestra crianza y nuestro gusto musical.
Ahí la historia de nada; de formas culturales que de lo comercial se mudaron al teatro y no precisamente a la carpa pero que tiene algo de pueblo, algo de melcocha y ambiente de raza, de pachuco, cantina o burdel pero que de todos modos atrae. Porque huele a auténtico, carente de careta.
Lo anterior es un rasgo, producto de un sueño de la vigilia nocturna, un día entre semana.

