Padre Quino
Recupero este texto en forma de homenaje a mi querido amigo y maestro el Dr. Joaquín Madero Tamargo que se nos adelantó hace unos días. Descanse en paz.
Muchos genios escribían cada noche sobre lo menos brillante de su día, me dice un alma vieja. Este punto de vista crítico con ellos mismos parece ser una de las características que comparten estos seres humanos excepcionales. La luz que irradian las mentes más lúcidas generalmente pasa desapercibida, pero no para siempre o no para todos: la humanidad se sumiría en las sombras de la mediocridad o de la ruina si no fuera por esas llamadas de atención que históricamente se han revelado por medio de la filosofía, del arte o de la ciencia. Pero la lógica de nuestro mundo nos enseña que las grandes ideas pueden servir a cualquier patrón, sobre todo a la infamia y a la calamidad. Afortunadamente, parece ser que nuestra especie tiene un génesis y un destino de equilibrio: por cada vertiente destructiva a partir de un concepto hay, al menos, una luminosa. La decencia no suele ser tan visible como el deshonor, la vileza opaca a menudo a la virtud, sin embargo, si somos atentos, en cada vuelta de mirada podemos encontrar un ejemplo de integridad por uno corrupto.
Hay pocas actividades tan nobles como la del viticultor, componen una tribu muy singular, son corazones en sintonía con la tierra tanto como con el arte y la técnica. Los tutores de la vid, los padres del vino, son los auténticos cultivadores, son labradores de sensaciones y de emociones. Acompañar a uno de los mejores en su labor es una experiencia extraordinaria: temprano, caminar entre las parras, ahora en floración, mientras va criando, guiando a los trabajadores del campo y a las plantas por igual, en un ciclo sagrado y complejo que nunca se detiene. Luego, a visitar a los hijos en la bodega, a catar desde la barrica el vino que se está moldeando con base en la paciencia y el cariño, reflexionando sobre la mejor manera de llevarlo a la adultez.
El Dr. Joaquín Madero Camargo, mejor conocido en el mundo vinícola como Quino, es un viticultor y enólogo con amplísima experiencia, un gurú que se esconde tras un bigote orondo, un hombre sensible y sencillo (una elegante sencillez que maquilla cualquier traza de vanidad producto de su éxito) que acumula décadas de recorrer bajo su sombrero la misma ronda, entre sarmientos de Burdeos o de todas las regiones productoras de nuestro país. Ha firmado algunos de los vinos más redondos de México y ahora como enólogo de la vinícola potosina Pozo de Luna ha conseguido reconocimientos de los que pesan, como el Gran Oro en el Concurso Mundial de Bruselas.
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En un par de horas junto a Quino Madero puede aprenderse más del viñedo y del vino que en toda una vida. Esta noche intenté buscar lo menos brillante de mi día para llevarlo al papel: no encontré nada. Andar tras de los pasos, conceptos y sentires de seres humanos de esta categoría deja poco espacio a lo frívolo, a lo trivial, a lo mediano. Ojalá que la genialidad se cultive también por simbiosis.



