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Pesimista

Por Marta Ocaña / PULSO

Diciembre 15, 2021 03:00 a.m.

Con ganas de cambiar de canal, tomamos el coche para ir “aquí tras lomita” y así ponerle otra cara a uno de los últimos domingos del año. Pero eso no es posible si sigues viendo el celular y lees al menos, una de las muchas publicaciones que consumen nuestras horas día tras día. Y así surgen estos renglones construidos de ida y de regreso y de aquí para allá me hicieron preguntarme:

     Y si en Facebook o cualquier red se publicarán, además de las historias y anécdotas gloriosas de la gente, sus fallos, no para reírnos en un meme sino para recordar que somos falibles y vulnerables. O quizá para darle realismo a la vida o para no crear quizá de manera involuntaria, una pantalla que no refleja la película completa. Luego me di cuenta, que no era necesario porque ya tenemos demasiado de esa realidad plasmada en los diarios de todo el mundo. Y decidí que más bien, me agobian las redes sociales y que no soy una persona de ese mundo ni hija de ese tiempo.

      Luego me puse a ver el camino y el paisaje, y me dio por sentir qué pasaría si se acaba el campo en este planeta.  Porque de aquí a San Miguel de Allende –o en cualquier tramo de carretera-  vemos cómo crece la urbanización y surgen las carpas de hule en lugar de campo, piedra o matorral, y cómo florecen “plasticosas” carpas llamadas invernaderos: unos abandonados otros muy activos.  Me pareció que debajo de ellos, se ahoga la tierra con el tabique, los muros y el plástico. 

      Vimos ranchos transformados en spas o resorts como en una absurda mezcla de conservación y a la vez, eliminación de la naturaleza. Macetas y esferas brillantes a lo largo del acotamiento. Antigüedades, palos y tacos, sillas rojas de plástico promocionando sodas de cola. Y paisanos cargados de utilería para las navidades mexicanas ayudan a configurar el paisaje carretero de la temporada.  

      Mundos que se acercan y funden sus identidades en favor del comercio, el signo de pesos, la supervivencia y la acumulación y que más que una imagen del tan criticado capitalismo, evidencian un ansia voraz, con una imagen que mimetiza la pequeña propiedad, el latifundio y el ejido, semejando una pieza cubista creada por Picasso o Juan Gris.

      Antes de todo esto, mi mayor impacto estaba pocos kilómetros después de la desviación a Villa de Reyes: letreros mal hechos pero muy visibles con diferentes precios anunciando lo que -sabemos o suponemos- es un prostíbulo en chozas o casas hechizas. El precio por estar con una mujer sobre la carretera 57, -metros antes del puente Enramadas- se anuncia en $350 o $450, según anuncian esos cartones sobre polvosos caminos. Desde nuestro trayecto se alcanzan a ver estacionados trocas y tracto-camiones que se detienen para satisfacer instintos primarios de sus operadores. Y uno se pregunta cómo puede terminar este tipo de esclavitud tan arraigada, tan visible para las autoridades y para todos los ciudadanos: y nadie hacemos nada. 

Por ello me siento pesimista