Política mística
La política, como actividad inherente a la convivencia humana, ha sido históricamente objeto de debates, confrontaciones y distintas corrientes de pensamiento. Sin embargo, en los últimos tiempos hemos sido testigos de un fenómeno preocupante: ciertos discursos y comportamientos de algunos políticos parecen imitar a los cultos religiosos.
Esta confluencia entre política y religión plantea serias interrogantes sobre la salud de las democracias y el ejercicio responsable del poder.
La religión y la política son esferas diferentes que, idealmente, deben mantenerse separadas. Sin embargo, algunos políticos han aprovechado la emotividad y la fe, muy propios de la religión, para construir discursos y comportamientos que se parecen enormemente a los de un culto religioso; buscan generar un seguimiento ciego, donde sus seguidores se convierten en fieles incondicionales dispuestos a creer y respaldar cualquier afirmación o acción, sin cuestionarla críticamente. ¿Le suena conocido?
Un rasgo distintivo de los cultos religiosos es la adoración al líder carismático. De manera similar en el caso de México, López ha logrado cultivar una personalidad carismática y magnetismo personal que atrae a las masas. Basta ver sus conferencias mañaneras para ver el aire mesiánico que adopta, queriendo hacer creer que es capaz de solucionar todos los problemas y desafíos que enfrenta la sociedad. Sus seguidores lo ven como salvador y guía, depositando en sus palabras fe ciega, otorgándole así un poder desmedido que socava la pluralidad y el debate democrático.
Otro elemento común entre los cultos religiosos y el discurso de López, es la creación de una narrativa maniquea y polarizada, donde se establece una dicotomía muy primitiva de “nosotros contra ellos”. Estos líderes radicalizan a la sociedad y fomentan la confrontación constante entre diferentes grupos, alimentando así un sentimiento de pertenencia exclusiva y la sensación de ser perseguidos por una fuerza maligna; neoliberales conservadores, les dice el habitante de Palacio Nacional. Esto debilita la cohesión social y dificulta el diálogo racional y constructivo.
Además, López recurre al discurso propio de un culto religioso que quiere instrumentalizar la emoción y la fe en perjuicio de la razón y el análisis crítico. Apelan a las emociones más básicas y primitivas de las personas, utilizando técnicas de manipulación psicológica para mantener el control sobre sus seguidores. Así, quiere ser la única fuente de legitimidad y autoridad para lograr el control absoluto de sus seguidores.
Cuando se transforma la política en un culto religioso, se plantean graves riesgos para la democracia y el bienestar de la sociedad. Al centrarse en la adoración del líder y en la creencia ciega, se eliminan las fronteras que marcan la división de poderes y el sistema de pesos y contrapesos, propio de un Estado de Derecho.
Y ni hablar del fanatismo y mentalidad de secta que tiene los fieles y cegados seguidores de López, donde cualquier crítica o disidencia es considerada una herejía que debe ser silenciada.
La política debe basarse en el debate de ideas, el respeto a la diversidad y la búsqueda del bien común. López tiene actitudes propias de un culto religioso, convirtiéndose en una figura autoritaria y manipuladora.
Se requieren ciudadanos informados y críticos, capaces de evaluar de manera objetiva las propuestas políticas y exigir rendición de cuentas a sus representantes; por eso, el embate frontal de López a la transparencia y a los entes que la regulan, como es el caso del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales, el INAI.
El culto político socava los principios fundamentales de la política y debilita la pluralidad, el diálogo y la rendición de cuentas. Como sociedad, debemos estar atentos y ser críticos frente a este fenómeno, que nos ha llevado a un escenario donde la frontera entre culto y política es muy difusa.
@jchessal
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