Política sí
Hace un par de meses el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática publicó la Encuesta Nacional de Cultura Cívica 2020 en donde se presentan algunos datos sobre nuestras prácticas que nos definen como comunidad política. Lo hemos mencionado en otras ocasiones: la ciudadanía no solo es una distinción jurídica sino una calidad política. Los derechos políticos adquieren dimensión y significado en la medida en la que las personas les otorgamos valor y sentido.
Hay distintas maneras de observar la participación ciudadana. Usualmente suele medirse el porcentaje de personas que salen a votar en una jornada electoral. La observación sistemática y longitudinal -a lo largo del tiempo- puede demostrar que las comunidades presentan porcentajes de participación en votaciones que oscilan levemente de una elección a otra, dependiendo de los cargos y puestos que se están eligiendo. Usted ya conoce esta historia; cuando hay elecciones concurrentes donde se elige presidencia de la república, los niveles de votación pueden superar al 60%, mientras que una elección local separada donde solamente se elijan ayuntamientos o diputaciones, pueden tener niveles de participación cercanos al 40%. Como fue el caso de Hidalgo y Coahuila el año pasado.
El informe de la Encuesta Nacional de Cultura Cívica mide otras dimensiones de la forma en que nos relacionamos y activamos políticamente de forma independiente al ejercicio del voto. Lo que quiero poner a consideración de Usted en esta ocasión es una reflexión sobre el voto como variable dependiente -o como consecuencia- de otro proceso de activación política que ocurre en lo cotidiano: interesarse en los asuntos públicos, reunirse con autoridades, trabajar con otras personas para resolver problemas de la comunidad, presionar a través de redes sociales o incluso hablar de política con quienes nos rodean. Sí. Hablar de política.
¿De dónde viene eso que se repite tanto en las mesas familiares -o de manera más reciente en los grupos y espacios de redes sociales- de que no se debe hablar de política, religión y futbol? ¿qué es lo que hace que algunas personas opten por la negación de esas conversaciones? Algo muy especial nos ocurre para procesar y respetar las diferencias. Le doy un dato: la Encuesta del INEGI demuestra que el nivel de aprobación para que una persona que piensa distinto aparezca en los medios de comunicación prácticamente divide a los encuestados por mitades, 53% de los encuestados se manifestaron en desacuerdo, mientras que 45% se manifiesta de acuerdo. En realidad el dato es que más de la mitad de las personas encuestadas no aprueba ver y escuchar a una persona que piensa distinto.
Me pregunto cómo se relaciona este elemento con la manera en que concebimos a las elecciones y a la discusión pública de los temas políticos. En otras ocasiones he mencionado ya que la hostilidad no es un recurso propio de la democracia. Por eso no sorprende que exista esa lógica que la imposición de las mayorías implica la invisibilización o el silenciamiento de las minorías. Necesitamos transformar esa narrativa.
Sí, hay que hablar de política. Desde un ángulo dialógico. Sin miedo. Sostengo que nuestro proceso democrático se fortalece en la medida en que podemos mejorar nuestra propia capacidad de procesar el desacuerdo. Todos ganamos con eso.
Twitter. @marcoivanvargas
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