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Frente a la creciente inseguridad pública que padecemos los potosinos, hemos llegado a una fase en la que no es fácil saber qué tanto se agrava el problema por una dinámica propia incontenible o qué tanto empeora por la irresponsabilidad e incompetencia de los encargados de resolverlo. Los hechos indican que es esto último lo que viene sucediendo.
Es de sobra conocida la vieja sentencia de que la primera condición para resolver un problema es reconocer su existencia. Sería incorrecto afirmar que el Gobierno del Estado desconoce o niega el desafío que de forma creciente le representa la caída en los niveles de seguridad de los potosinos. No, en el fondo, según lo veo, el equívoco gubernamental que tiene consecuencias negativas para la convivencia comunitaria no es de ignorar o negar; es más bien de enfocar incorrectamente y pretender minimizar.
Instalados en la comodidad de las auto indulgencias, los responsables de la seguridad pública tienen dos coartadas poco consistentes pero a las que se agarran como náufragos a una tabla: hay estados en peores condiciones de inseguridad, y en San Luis Potosí el problema es más de percepción que de realidad.
Respecto de la coartada esa de que hay lugares del país con peores condiciones de inseguridad que las nuestras, lo primero que cabe preguntar son dos cosas: una, ¿es válida la comparación? y dos ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos?
La comparación no es válida.
Si bien es cierto que la inseguridad, con su entorno de violencia y miedo social, es un problema nacional que ha alcanzado niveles de catástrofe, cada entidad federativa, cada ciudad y cada región tienen características propias y diferentes que a su vez definen los índices negativos.
No es lo mismo ser ciudad fronteriza que de tierra adentro; no es igual ser zona de producción que ruta de trasiego de drogas; hay mucha diferencia entre ser plaza bajo control hegemónico de un solo grupo delictivo y estar en disputa entre varios.
En todo caso, si de refugiarse en las comparaciones se trata, la menos chapucera es la que se hace respecto de uno mismo: ¿Cómo estábamos en determinado momento y cómo estamos ahora? Sin entrar en el ámbito de las cifras delictivas que con frecuencia despliegan, analizan y comparan auténticos expertos como mis compañeros Armando Acosta y Jaime Hernández, es obvio que en esta zona conurbada estamos peor que en cualquier otro momento. En el resto del Estado hay regiones donde la situación ha mejorado temporalmente y otras donde ha empeorado.
Visto desde otra perspectiva: ¿si quieren que nos consuele no estar tan mal como Tamaulipas por qué no debe inconformarnos estar peor que Yucatán? Si alguna vez hubiéramos estado tan mal como el estado norteño, nos podría tranquilizar estarlo menos ahora. No es el caso y en consecuencia ese no es el contexto comparativo apropiado: muchos años estuvimos casi tan bien como la tierra de los mayas.
LA FAMOSA PERCEPCIÓN
Si como gustan decirse a sí mismas las áreas correspondientes del Gobierno del Estado, el problema de inseguridad en tierras potosinas es más de percepción que de hechos, la pregunta obligada es ¿por qué diablos no combaten la perjudicial percepción? No es una pregunta retórica: si una comunidad está razonablemente segura pero no se siente así, se conduce como insegura: con miedos, con restri cciones a su libertad, con una mayor irritabilidad y hasta con gastos extras para reducir su vulnerabilidad (desde chapas dobles en casa hasta camionetas blindadas y ejércitos de escoltas).
Una población que vive en ese entorno difícil e ingrato, inevitablemente está insatisfecha con el desempeño de las autoridades encargadas de protegerla, con todo lo que eso entraña.
¿Hay algún remedio? Por supuesto que sí, se llama comunicación. Hay ejemplos exitosos a nivel nacional e internacional. Son modelos de qué debe hacerse y qué no debe hacerse para propiciar un estado de ánimo colectivo alejado de las angustias e incertidumbres de la inseguridad.
Si alguien con responsabilidades en la materia quiere informarse sobre el particular, no necesita más que buscar en internet y entrar en comunicación oficial con las corporaciones correspondientes y beneficiarse de sus experiencias.
Una buena estrategia de comunicación en este ámbito desde luego que va mucho más allá del rupestre enfoque de los boletines con información inflada o manipulada que se expiden cotidianamente, si es qué.
Decía líneas arriba que los modelos exitosos de comunicación en el tema de la seguridad pública ilustran tanto sobre lo que se debe hacer y lo que no. Quisiera detenerme un poco en un par de hechos que pueden parecer irrelevantes pero que en realidad son indicativos de una forma de hacer las cosas, que lejos de contribuir a combatir la percepción de inseguridad entre la ciudadanía la acentúan.
El viernes 10 de agosto pasado, sobre las diez y media de la noche, hubo una ejecución múltiple a las afuera de un bar en la calle de Pedro Moreno, en la que se utilizaron armas largas. El saldo fue de cinco muertos. Se trató de un hecho de alto impacto, que con el uso de las redes sociales a los pocos minutos era conocido de miles y miles de potosinos. Si acaso una hora después, el secretario de Seguridad Pública del Estado, Jaime Pineda Arteaga, disfrutaba alegremente la actuación del grupo Timbiriche en el palenque de la Fenapo, donde muchos de los asistentes ya tenían noticia de lo sucedido.
¿Qué mensaje envía a los potosinos una actitud como esa de Pineda? Que le vale madre su responsabilidad. Cualquiera supondría que a esas horas, 60 o 90 minutos después del múltiple homicidio, el titular de la SSPE estaría en su despacho coordinando la búsqueda de los asesinos y reportándose con frecuencia con el Gobernador del Estado para mantenerlo al tanto de los acontecimientos en tiempo real. No, el señor estaba canturreando “Con todos menos conmigo” y feliz.
Un par de días antes, Pineda Arteaga asistió a una sesion del Club Rotario, en la que explicó qué está haciendo la Secretaría a su cargo. Al final, le entregaron un diploma por su participación. El Secretario de Seguridad subió a su página de Facebook varias fotografías muy semejantes donde se le ve de traje y corbata recibiendo el documento, pero se deja la impresión de que fue un reconocimiento a su trabajo y no un agradecimiento por su intervención de esa tarde.
Días después, un amigo que es buen comunicólogo me mostró las fotos y me comentó algo así como “de veras que son malos para la comunicación”. ¿Por? pregunté. La respuesta no tiene desperdicio: “Imagínate el mismo evento pero con Pineda de uniforme, con un apuntador explicando en Power Point lo que hace la Secretaría a su cargo”. El impacto habría sido mayor y positivo. Lo que pudo presentarse perfectamente como una sesión de trabajo en el marco de una socialización de las tareas de seguridad, se convirtió en un frívolo acto de autoalabanzas.
A Pineda ya le deberían haber dado las gracias, si no por incompetente o deshonesto –que no sé si lo sea- sí por torpe.
Les cuento otra breve historia. Mi nieta mayor viajó la semana pasada a Madrid para cursar un semestre de intercambio académico.
El jueves se presentó en el campus universitario y su primera actividad luego de acreditarse fue asistir junto con sus compañeros a una sesión informativa con tres oficiales de la Policía Nacional de España, quienes dedicaron un buen rato a explicarles qué precauciones deben tomar con sus pertenencias en el transporte público; qué bolsillos de su ropa son los más seguros, cómo identificar situaciones de riesgo; evitar salir solos por las noches en la ciudad; qué zonas evitar y en qué horarios; cómo comportarse en caso de un asalto, etcétera.
Les explicaron también las competencias y funciones de cada uno de los cuerpos policiacos que tiene aquel país, les entregaron tarjetas con los números telefónicos de emergencia y respondieron atenta y pacientemente a todas sus preguntas. Todo esto cabe en un concepto: comunicación. En este caso con fines de prevención.
Huelga decir que mi nieta salió de esa reunión sintiéndose más segura que cuando entró y convertida en una admiradora de la policía española. Cada que se topa con un agente lo saluda con respeto.
Seguramente habrá quién a estas alturas del texto se esté preguntando por qué cargar la mano con las responsabilidades en el Gobierno del Estado y en particular en el Secretario de Seguridad Pública estatal, siendo que la seguridad pública es al final del día tarea compartida por los tres órdenes de gobierno y numerosas dependencias, instituciones y corporaciones.
La respuesta es que, hasta donde yo me quedé, las reuniones del Gabinete de Seguridad en el que participan múltiples dependencias (SSPE, FGE, PME, PF, CISEN, Zona Militar, PGR, AIC, etc.) las convoca y preside el Gobernador del Estado, y es a él al único que reciben los titulares de las instancias federales cuando de pedir apoyos se trata.
Por cuanto hace a Pineda: es titular de la corporación más grande de la entidad. Además, sus labores son esencialmente preventivas, y de lo que realmente se trata no es de que todos los delincuentes estén presos sino de que se cometan menos delitos. Si de capturar criminales se trata, J. Guadalupe Castillo Celestino es el único que está ofreciendo buenos resultados, pero la clave es y será la prevención.
COMPRIMIDOS
A una semana de que inicien sus funciones, los dos bancadas mayores del Congreso, la de Morena y la del PAN, siguen sin poder consensar a su coordinador. La única que lo ha hecho es la del PRI, donde se decidieron por Mauricio Ramírez Konishi, que fue quien obtuvo la votación más alta para su partido. Mauricio es un joven serio, listo y trabajador al que no queda sino desearle suerte y decirle que tenga mucho cuidado con los “nalgasprontas”.
Martín Juárez no repeló por la marginación, porque le dijeron que pronto dejará de ser el presidente del CDE del PRI, aunque le queda un año de mandato. Parece ser que lo sustituirá Elías Pesina, pero ya ve usted que en materia de cambios con Carreras nunca se sabe.
César García Coronado, todavía Delegado de la SCT federal, boletinó hace días que durante su gestión se han invertido en San Luis más de 7 mil 500 millones de pesos en obras de infraestructura. A ojo de buen cubero, eso significa que este siniestro personaje se embolsó entre mil y mil quinientos millones de pesos.
No todos para él, claro, porque periódicamente “se reportaba” con la Oficialía Mayor de la SEGOB de Osorio Chong, pero jodido ya no está. Anda buscando la dirigencia priista en Tamaulipas, por lo cual ya hasta creó una fundación en Ciudad Victoria, donde conocido es que antes de venir a robar a San Luis era muy clase media.
Otro día, porque por hoy ya consumimos todo el espacio disponible, les platicaremos de las loqueras que constantemente publica en su página de Facebook Adrián Vázquez, de quién se dice que es verdaderamente intocable e inamovible porque comparte secretos tremebundos con su jefe.
Hasta el próximo jueves.
Frente a la creciente inseguridad pública que padecemos los potosinos, hemos llegado a una fase en la que no es fácil saber qué tanto se agrava el problema por una dinámica propia incontenible o qué tanto empeora por la irresponsabilidad e incompetencia de los encargados de resolverlo. Los hechos indican que es esto último lo que viene sucediendo.
Es de sobra conocida la vieja sentencia de que la primera condición para resolver un problema es reconocer su existencia. Sería incorrecto afirmar que el Gobierno del Estado desconoce o niega el desafío que de forma creciente le representa la caída en los niveles de seguridad de los potosinos. No, en el fondo, según lo veo, el equívoco gubernamental que tiene consecuencias negativas para la convivencia comunitaria no es de ignorar o negar; es más bien de enfocar incorrectamente y pretender minimizar.
Instalados en la comodidad de las auto indulgencias, los responsables de la seguridad pública tienen dos coartadas poco consistentes pero a las que se agarran como náufragos a una tabla: hay estados en peores condiciones de inseguridad, y en San Luis Potosí el problema es más de percepción que de realidad.
Respecto de la coartada esa de que hay lugares del país con peores condiciones de inseguridad que las nuestras, lo primero que cabe preguntar son dos cosas: una, ¿es válida la comparación? y dos ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos?
La comparación no es válida.
Si bien es cierto que la inseguridad, con su entorno de violencia y miedo social, es un problema nacional que ha alcanzado niveles de catástrofe, cada entidad federativa, cada ciudad y cada región tienen características propias y diferentes que a su vez definen los índices negativos.
No es lo mismo ser ciudad fronteriza que de tierra adentro; no es igual ser zona de producción que ruta de trasiego de drogas; hay mucha diferencia entre ser plaza bajo control hegemónico de un solo grupo delictivo y estar en disputa entre varios.
En todo caso, si de refugiarse en las comparaciones se trata, la menos chapucera es la que se hace respecto de uno mismo: ¿Cómo estábamos en determinado momento y cómo estamos ahora? Sin entrar en el ámbito de las cifras delictivas que con frecuencia despliegan, analizan y comparan auténticos expertos como mis compañeros Armando Acosta y Jaime Hernández, es obvio que en esta zona conurbada estamos peor que en cualquier otro momento. En el resto del Estado hay regiones donde la situación ha mejorado temporalmente y otras donde ha empeorado.
Visto desde otra perspectiva: ¿si quieren que nos consuele no estar tan mal como Tamaulipas por qué no debe inconformarnos estar peor que Yucatán? Si alguna vez hubiéramos estado tan mal como el estado norteño, nos podría tranquilizar estarlo menos ahora. No es el caso y en consecuencia ese no es el contexto comparativo apropiado: muchos años estuvimos casi tan bien como la tierra de los mayas.
LA FAMOSA PERCEPCIÓN
Si como gustan decirse a sí mismas las áreas correspondientes del Gobierno del Estado, el problema de inseguridad en tierras potosinas es más de percepción que de hechos, la pregunta obligada es ¿por qué diablos no combaten la perjudicial percepción? No es una pregunta retórica: si una comunidad está razonablemente segura pero no se siente así, se conduce como insegura: con miedos, con restri cciones a su libertad, con una mayor irritabilidad y hasta con gastos extras para reducir su vulnerabilidad (desde chapas dobles en casa hasta camionetas blindadas y ejércitos de escoltas).
Una población que vive en ese entorno difícil e ingrato, inevitablemente está insatisfecha con el desempeño de las autoridades encargadas de protegerla, con todo lo que eso entraña.
¿Hay algún remedio? Por supuesto que sí, se llama comunicación. Hay ejemplos exitosos a nivel nacional e internacional. Son modelos de qué debe hacerse y qué no debe hacerse para propiciar un estado de ánimo colectivo alejado de las angustias e incertidumbres de la inseguridad.
Si alguien con responsabilidades en la materia quiere informarse sobre el particular, no necesita más que buscar en internet y entrar en comunicación oficial con las corporaciones correspondientes y beneficiarse de sus experiencias.
Una buena estrategia de comunicación en este ámbito desde luego que va mucho más allá del rupestre enfoque de los boletines con información inflada o manipulada que se expiden cotidianamente, si es qué.
Decía líneas arriba que los modelos exitosos de comunicación en el tema de la seguridad pública ilustran tanto sobre lo que se debe hacer y lo que no. Quisiera detenerme un poco en un par de hechos que pueden parecer irrelevantes pero que en realidad son indicativos de una forma de hacer las cosas, que lejos de contribuir a combatir la percepción de inseguridad entre la ciudadanía la acentúan.
El viernes 10 de agosto pasado, sobre las diez y media de la noche, hubo una ejecución múltiple a las afuera de un bar en la calle de Pedro Moreno, en la que se utilizaron armas largas. El saldo fue de cinco muertos. Se trató de un hecho de alto impacto, que con el uso de las redes sociales a los pocos minutos era conocido de miles y miles de potosinos. Si acaso una hora después, el secretario de Seguridad Pública del Estado, Jaime Pineda Arteaga, disfrutaba alegremente la actuación del grupo Timbiriche en el palenque de la Fenapo, donde muchos de los asistentes ya tenían noticia de lo sucedido.
¿Qué mensaje envía a los potosinos una actitud como esa de Pineda? Que le vale madre su responsabilidad. Cualquiera supondría que a esas horas, 60 o 90 minutos después del múltiple homicidio, el titular de la SSPE estaría en su despacho coordinando la búsqueda de los asesinos y reportándose con frecuencia con el Gobernador del Estado para mantenerlo al tanto de los acontecimientos en tiempo real. No, el señor estaba canturreando “Con todos menos conmigo” y feliz.
Un par de días antes, Pineda Arteaga asistió a una sesion del Club Rotario, en la que explicó qué está haciendo la Secretaría a su cargo. Al final, le entregaron un diploma por su participación. El Secretario de Seguridad subió a su página de Facebook varias fotografías muy semejantes donde se le ve de traje y corbata recibiendo el documento, pero se deja la impresión de que fue un reconocimiento a su trabajo y no un agradecimiento por su intervención de esa tarde.
Días después, un amigo que es buen comunicólogo me mostró las fotos y me comentó algo así como “de veras que son malos para la comunicación”. ¿Por? pregunté. La respuesta no tiene desperdicio: “Imagínate el mismo evento pero con Pineda de uniforme, con un apuntador explicando en Power Point lo que hace la Secretaría a su cargo”. El impacto habría sido mayor y positivo. Lo que pudo presentarse perfectamente como una sesión de trabajo en el marco de una socialización de las tareas de seguridad, se convirtió en un frívolo acto de autoalabanzas.
A Pineda ya le deberían haber dado las gracias, si no por incompetente o deshonesto –que no sé si lo sea- sí por torpe.
Les cuento otra breve historia. Mi nieta mayor viajó la semana pasada a Madrid para cursar un semestre de intercambio académico.
El jueves se presentó en el campus universitario y su primera actividad luego de acreditarse fue asistir junto con sus compañeros a una sesión informativa con tres oficiales de la Policía Nacional de España, quienes dedicaron un buen rato a explicarles qué precauciones deben tomar con sus pertenencias en el transporte público; qué bolsillos de su ropa son los más seguros, cómo identificar situaciones de riesgo; evitar salir solos por las noches en la ciudad; qué zonas evitar y en qué horarios; cómo comportarse en caso de un asalto, etcétera.
Les explicaron también las competencias y funciones de cada uno de los cuerpos policiacos que tiene aquel país, les entregaron tarjetas con los números telefónicos de emergencia y respondieron atenta y pacientemente a todas sus preguntas. Todo esto cabe en un concepto: comunicación. En este caso con fines de prevención.
Huelga decir que mi nieta salió de esa reunión sintiéndose más segura que cuando entró y convertida en una admiradora de la policía española. Cada que se topa con un agente lo saluda con respeto.
Seguramente habrá quién a estas alturas del texto se esté preguntando por qué cargar la mano con las responsabilidades en el Gobierno del Estado y en particular en el Secretario de Seguridad Pública estatal, siendo que la seguridad pública es al final del día tarea compartida por los tres órdenes de gobierno y numerosas dependencias, instituciones y corporaciones.
La respuesta es que, hasta donde yo me quedé, las reuniones del Gabinete de Seguridad en el que participan múltiples dependencias (SSPE, FGE, PME, PF, CISEN, Zona Militar, PGR, AIC, etc.) las convoca y preside el Gobernador del Estado, y es a él al único que reciben los titulares de las instancias federales cuando de pedir apoyos se trata.
Por cuanto hace a Pineda: es titular de la corporación más grande de la entidad. Además, sus labores son esencialmente preventivas, y de lo que realmente se trata no es de que todos los delincuentes estén presos sino de que se cometan menos delitos. Si de capturar criminales se trata, J. Guadalupe Castillo Celestino es el único que está ofreciendo buenos resultados, pero la clave es y será la prevención.
COMPRIMIDOS
A una semana de que inicien sus funciones, los dos bancadas mayores del Congreso, la de Morena y la del PAN, siguen sin poder consensar a su coordinador. La única que lo ha hecho es la del PRI, donde se decidieron por Mauricio Ramírez Konishi, que fue quien obtuvo la votación más alta para su partido. Mauricio es un joven serio, listo y trabajador al que no queda sino desearle suerte y decirle que tenga mucho cuidado con los “nalgasprontas”.
Martín Juárez no repeló por la marginación, porque le dijeron que pronto dejará de ser el presidente del CDE del PRI, aunque le queda un año de mandato. Parece ser que lo sustituirá Elías Pesina, pero ya ve usted que en materia de cambios con Carreras nunca se sabe.
César García Coronado, todavía Delegado de la SCT federal, boletinó hace días que durante su gestión se han invertido en San Luis más de 7 mil 500 millones de pesos en obras de infraestructura. A ojo de buen cubero, eso significa que este siniestro personaje se embolsó entre mil y mil quinientos millones de pesos.
No todos para él, claro, porque periódicamente “se reportaba” con la Oficialía Mayor de la SEGOB de Osorio Chong, pero jodido ya no está. Anda buscando la dirigencia priista en Tamaulipas, por lo cual ya hasta creó una fundación en Ciudad Victoria, donde conocido es que antes de venir a robar a San Luis era muy clase media.
Otro día, porque por hoy ya consumimos todo el espacio disponible, les platicaremos de las loqueras que constantemente publica en su página de Facebook Adrián Vázquez, de quién se dice que es verdaderamente intocable e inamovible porque comparte secretos tremebundos con su jefe.
Hasta el próximo jueves.

