Estamos a menos de una semana que López asuma la Presidencia de México, aunque en realidad el Poder lo ha estado ejerciendo a través de sus personeros legislativos y sus declaraciones y consultas públicas, desde el día de su elección.
Nadie duda, absurdo sería hacerlo, que López fue electo por el número de votos suficiente para legitimarlo en el ejercicio de la más alta investidura política nacional; sin embargo, ni siquiera esa mayoría le permite ir contra la democracia.
El pueblo, ese origen de la soberanía que reside esencial y originariamente en él, es a su vez la causa primera del poder público, el cual se instituye en su beneficio.
En México, el pueblo ha decidido, en el artículo 40 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, constituirse en una república representativa, democrática, laica y federal, compuesta por Estados libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior, y por la Ciudad de México, unidos en una federación establecida según los principios de la propia Constitución; el ejercicio de la soberanía se ejerce por medio de los Poderes de la Unión, en los casos de la competencia de éstos, y por los de los Estados y la Ciudad de México, en lo que toca a sus regímenes interiores, en los términos respectivamente establecidos por la Constitución Federal y las particulares de cada Estado y de la Ciudad de México, las que en ningún caso podrán contravenir las estipulaciones del Pacto Federal.
Así, debe entender López y amigos que el pueblo no solo son sus electores, sino también el resto del componente humano del Estado mexicano, integrado por nacionales y extranjeros, menores de edad y ciudadanos en ejercicio, es decir, todos aquellos que ocupan el territorio nacional.
De ese total de la población mexicana, López tuvo un porcentaje de votación inferior al cincuenta por ciento del total, por lo que, si bien es Presidente, no alcanza para justificar las acciones contra el pueblo en su totalidad.
López ha querido hacer creer a todos que el pueblo son sus votantes y nada más; esto se lo corean personajes como Ricardo Monreal, René Bejarano, Mario Delgado, Félix Salgado y la particularmente deplorable Olga Sánchez Cordero. Sin embargo, bajo ese supuesto manto de democracia que enarbolan los allegados, López puede verse atrapado en las redes de un siniestro grupo que se aleja de los ideales que animaron a quienes, en las urnas, decidieron confiar en él. No se trata de un juego de buenos y malos, e ellos y nosotros, sino de todos.
Aducen los partidarios de López razones de Estado, de necesidad de reconstruir (?) a México, a partir de un nuevo modelo. Esto me hizo recordar un texto, publicado en El País el 15 de febrero de 1996, de la autoría de Francisco Tomás y Valiente, que señala: “La mala razón de Estado, su sinrazón, lo que le hace perder su legitimidad, es la divinización o satanización del poder: la voluntad de poder, su sustantivización, el sometimiento de todo a su conservación por parte de quienes lo tengan, y el todo vale desde él en la persecución de fines legítimos o ilegítimos”.
Creo que las palabras de Don Francisco claramente ilustran lo que, parece será, la forma de conducirse en el cumplimiento del mandato relativo recibido en las elecciones de quienes, desde que asumieron sus cargos legislativos y, especialmente López, a partir del primero de diciembre próximo, tendrán en las manos los destinos de una nación a la que, día con día, quieren dividir más y más.
En el mismo artículo de Tomás y Valiente se señala que, la primera tentación contra el Estado es el olvido de su legitimidad y de sus límites, en tanto que la segunda consiste en la fragmentación interna de las fuerzas políticas demócratas en su necesario frente común contra los verdaderos enemigos. Poco hay que agregar basta simplemente ver nuestro presente.
¿Habrá inversión privada cuando, desde el Congreso, se le ataca sistemáticamente? ¿habrá certeza en la propiedad, base esencial de la economía nacional, cuando se clama por expropiaciones desde los cercanos al Poder? ¿saldrá adelante un Estado en el cual la Constitución puede cambiarse a capricho para satisfacer un proyecto que, no necesariamente es óptimo y adecuado?
Y así muchas preguntas más.
Nadie duda, absurdo sería hacerlo, que López fue electo por el número de votos suficiente para legitimarlo en el ejercicio de la más alta investidura política nacional; sin embargo, ni siquiera esa mayoría le permite ir contra la democracia.
El pueblo, ese origen de la soberanía que reside esencial y originariamente en él, es a su vez la causa primera del poder público, el cual se instituye en su beneficio.
En México, el pueblo ha decidido, en el artículo 40 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, constituirse en una república representativa, democrática, laica y federal, compuesta por Estados libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior, y por la Ciudad de México, unidos en una federación establecida según los principios de la propia Constitución; el ejercicio de la soberanía se ejerce por medio de los Poderes de la Unión, en los casos de la competencia de éstos, y por los de los Estados y la Ciudad de México, en lo que toca a sus regímenes interiores, en los términos respectivamente establecidos por la Constitución Federal y las particulares de cada Estado y de la Ciudad de México, las que en ningún caso podrán contravenir las estipulaciones del Pacto Federal.
Así, debe entender López y amigos que el pueblo no solo son sus electores, sino también el resto del componente humano del Estado mexicano, integrado por nacionales y extranjeros, menores de edad y ciudadanos en ejercicio, es decir, todos aquellos que ocupan el territorio nacional.
De ese total de la población mexicana, López tuvo un porcentaje de votación inferior al cincuenta por ciento del total, por lo que, si bien es Presidente, no alcanza para justificar las acciones contra el pueblo en su totalidad.
López ha querido hacer creer a todos que el pueblo son sus votantes y nada más; esto se lo corean personajes como Ricardo Monreal, René Bejarano, Mario Delgado, Félix Salgado y la particularmente deplorable Olga Sánchez Cordero. Sin embargo, bajo ese supuesto manto de democracia que enarbolan los allegados, López puede verse atrapado en las redes de un siniestro grupo que se aleja de los ideales que animaron a quienes, en las urnas, decidieron confiar en él. No se trata de un juego de buenos y malos, e ellos y nosotros, sino de todos.
Aducen los partidarios de López razones de Estado, de necesidad de reconstruir (?) a México, a partir de un nuevo modelo. Esto me hizo recordar un texto, publicado en El País el 15 de febrero de 1996, de la autoría de Francisco Tomás y Valiente, que señala: “La mala razón de Estado, su sinrazón, lo que le hace perder su legitimidad, es la divinización o satanización del poder: la voluntad de poder, su sustantivización, el sometimiento de todo a su conservación por parte de quienes lo tengan, y el todo vale desde él en la persecución de fines legítimos o ilegítimos”.
Creo que las palabras de Don Francisco claramente ilustran lo que, parece será, la forma de conducirse en el cumplimiento del mandato relativo recibido en las elecciones de quienes, desde que asumieron sus cargos legislativos y, especialmente López, a partir del primero de diciembre próximo, tendrán en las manos los destinos de una nación a la que, día con día, quieren dividir más y más.
En el mismo artículo de Tomás y Valiente se señala que, la primera tentación contra el Estado es el olvido de su legitimidad y de sus límites, en tanto que la segunda consiste en la fragmentación interna de las fuerzas políticas demócratas en su necesario frente común contra los verdaderos enemigos. Poco hay que agregar basta simplemente ver nuestro presente.
¿Habrá inversión privada cuando, desde el Congreso, se le ataca sistemáticamente? ¿habrá certeza en la propiedad, base esencial de la economía nacional, cuando se clama por expropiaciones desde los cercanos al Poder? ¿saldrá adelante un Estado en el cual la Constitución puede cambiarse a capricho para satisfacer un proyecto que, no necesariamente es óptimo y adecuado?
Y así muchas preguntas más.

