Rolando
Justo cuando me disponía a escribir, el teléfono móvil me notificó que Talia me ha enviado un mensaje. Lo abrí y el corazón se me detuvo por segundos. Rolando ha muerto. Sentí que me sofocaba. Solté instantáneamente el teléfono. No éramos amigos íntimos, pero nos apreciábamos mucho. Su línea de trabajo y la mía convergían constantemente. A veces podían incluso chocar, pero desde hace año y medio, encontramos la manera más bien de alinear nuestras obligaciones hacia lo que a los dos nos interesaba. Nos comunicábamos amistosamente cada que preveíamos que su tren y el mío podían estar en curso de colisión y encontrábamos alternativas, casi sin dolor, para encauzar nuestros respectivos rieles.
Nos hablábamos de “usted”. Él por respetuoso, yo porque así me enseñaron las monjas del Sagrado. Era sacerdote, y el “oiga, Padre”, lo traigo tatuado en el subconsciente. Un día, en la plática, descubrimos que teníamos la misma edad: “-Y entonces, ¿por qué nos hablamos de usted?-“pregunté: “-Pues no sé tú-“, me contestó. Acordamos tutearnos, pero la vedad es que no nos salía, acabábamos tratándonos como si fuésemos dos ancianos del siglo XVIII.
La penúltima semana de septiembre nos comunicamos. Teníamos unas donaciones pendientes y los respectivos instrumentos jurídicos para formalizarlas. Estaba ronco, y le pregunté por su salud. Me dijo que estaba sintiéndose medio mal, pero nada serio. Platicamos que a ambos se nos había incrementado el trabajo con la pandemia, y no había manera de parar. Sabíamos que aún con todo y cuidados, el bicho encontraba manera de colarse, pero que esperábamos librarla. Nos escuchamos muy optimistas. Así, acordamos vernos un par de días después y concluir nuestros asuntos pendientes. Al día siguiente me envió un mensaje para disculparse, Geri iría en su lugar, porque seguía sintiéndose mal y no quería ser irresponsable. Estaba esperando resultados de su prueba. Días después, supe que estaba más mal, pero estable. Luego, que lo habían hospitalizado. Después, que estaba grave. Muy grave. El tiempo pasaba y no mejoraba, pero tampoco empeoraba, así que decidí tomar esto último como buenas noticias. Hasta hoy.
Me gustaba trabajar con Rolando. Es de las pocas personas que he encontrado que no buscaba forma bandos. Entendía perfectamente bien que hay muchos caminos para llegar a Roma, cada uno de ellos pavimentado distinto y con sus propias subidas y bajadas. Sabía también que seguir caminos distintos, no era para otra cosa sino que enriquecer los momentos donde los viajeros cruzaban sus pasos. Rolando hacía que uno quisiera estar más que unos minutos en el parador de descanso y simplemente platicar para ver que lo que hacíamos no era tan distinto; que en esencia, trabajábamos por lo mismo. Después de las reuniones o de las llamadas, salía siempre con ganas de seguir caminando mi propia ruta, esperando volvérmelo a encontrar.
Quiero pensar que ahora Rolando es un migrante más en la tierra prometida en la que él siempre creyó. Ahora toca que le abran la puerta, lo cobijen, lo cuiden, le den de comer, lo alienten, lo premien por haber caminado por esta vida con miles de personas a las que ayudó. Hoy me duele su ausencia, me duele que no haya podido superar el maldito Covid, me duelen los pasos que ya no caminará con nosotros.
Lo voy a extrañar, Padre Rolando; te voy a extrañar, Rolando.
no te pierdas estas noticias




