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En unos cuantos días el escenario político nacional se tornó borrascoso; las cosas se pusieron feas y hay razones para temer que se pongan peores. La posibilidad de que sean factores extra electorales los que a final de cuentas determinen el desenlace de las próximas elecciones se ha hecho presente, lo cual, llegado el caso, traería consecuencias de alcances impredecibles.
Con gran rapidez la contienda presidencial se salió de los márgenes que digamos le son propios, y de propuestas atractivas o no, propaganda imaginativa o insulsa, uso correcto o poco ético de las redes sociales, discursos acertados o extraviados, críticas y hasta descalificaciones del contrario, pasamos sin apenas darnos cuenta a la imputación de delitos, persecución acelerada de posibles cómplices, cateos, alertas migratorias, posibles órdenes de aprehensión y la eventualidad de que los términos de la competencia se vean sustancialmente alterados por la intervención de fiscales, jueces y defensores.
Así, de súbito parecen irrelevantes las encuestas de intención de voto, los estudios de opinión para identificar las prioridades y sentimientos ciudadanos, la integración de nuevos equipos para enfrentar las campañas; la modificación del formato de debates para hacerlos más atractivos, o los listados finales de candidatos a los demás cargos en juego.
Las circunstancias se transfiguran y el foco de la atención pública deja de estar en los candidatos presidenciales y sus andanzas, en los pronunciamientos de sus partidos o en los movimientos en sus cuarteles de campaña, y se traslada a la PGR, a la Seido y a la Interpol. Es una distorsión que no augura nada bueno.
La duda que flota en el aire es si la embestida judicial/mediática contra el abanderado de la coalición PAN-PRD-MC, Ricardo Anaya, es lo que coloquialmente se conoce como un calambre –enorme, monumental, pero sólo eso- o si definitivamente el gobierno peñanietista va con todo y hasta donde tope para sacarlo de la contienda; quizá no para meterlo a la cárcel (o quién sabe) pero sí para inhabilitarlo.
Lo cierto es que la magnitud del lance –calambre o eliminación de la contienda- nos dará una medida muy precisa del tamaño de las angustias del actual gobierno federal frente a su futuro. Sé que es una obviedad de la que hasta Perogrullo se apenaría, pero si el gobierno de Enrique Peña Nieto estuviera dispuesto a lo que fuera con tal de sacar de la cancha a sus adversarios (Anaya, el primero), sería indudablemente porque para después del primero de diciembre se teme por mucho más que el desprestigio y la marginalidad o el ostracismo político. La cuenta pendiente exigiría un pago mucho más elevado; mucho más pesaroso.
¿Y Andrés Manuel? Antes de referirme a una versión peculiar e interesante que escuché hace poco, es evidente que si también van por él, tendrá que ser con motivos y mecanismos muy distintos a los utilizados contra Anaya. Hace ya más de 20 años que está en los primeros planos de la política y lo han acusado de muchas cosas, pero no de corrupto, que en estos tiempos y con estos contextos es lo más aniquilante.
Una posibilidad para enfrentarlo -sin ir a extremos de persecución que podrían detonar una auténtica revuelta popular- es confiar en que siga cometiendo errores que disminuyan su capital electoral, utilizando todo el aparato estatal de comunicación y propaganda para magnificarlos. Ya lo de Napoleón Gómez Urrutia le ha salido caro.
Hasta el día de hoy me parece que sigue vigente la apreciación del politólogo José Antonio Crespo, en el sentido de que hay tanto hartazgo entre los mexicanos y tanto deseo de cambio, que (dentro de ciertos límites, asumo) le van a perdonar todo a AMLO.
Narro ahora la peculiar versión a que aludí líneas arriba. Según esto, se trataría de una maniobra estrictamente política altamente sofisticada. Me la platica alguien que sabe de estas cosas. El Blitzkrieg contra López Obrador consistiría en que más adelante, una vez que las campañas arranquen, que ya estén registradas todas las candidaturas habidas y por haber, y que ya no haya manera de reponer procedimientos, el Partido Encuentro Social, tripulado desde algún lugar de Hidalgo, rompa con la coalición “Unidos Haremos Historia” que integra junto con Morena y el PT.
Este rompimiento no cancelaría la candidatura de AMLO, pero sí dejaría sin efecto la coalición, lo que afectaría a todo el resto de las candidaturas al Senado, a la Cámara de Diputados y las que se hubieran convenido en los estados, que ya para entonces estarían pactadas, registradas y quizá hasta impresas en las boletas. Sería un soberano desmadre, causa de una gran confusión y de un porcentaje inaudito de votos anulados. La sanción para el PES podría ser hasta de la cancelación de su registro, pero quién sabe que alicientes hubiera encontrado.
Finalmente, no me desentiendo del hecho de que aquí en nuestra casa común, con los señores Gallardo de principales actores, se vive una situación que guarda semejanzas con la de Anaya y el gobierno peñista. Creo sin embargo que el caso local tiene una etiología diferente; es obvio además la diferencia de proporción y, en todo caso, la ruta que siga el tema nacional repercutirá localmente, para bien o para mal, de unos o de otros.
COMPRIMIDOS
Nos reencontramos aquí el jueves 15 de marzo
En unos cuantos días el escenario político nacional se tornó borrascoso; las cosas se pusieron feas y hay razones para temer que se pongan peores. La posibilidad de que sean factores extra electorales los que a final de cuentas determinen el desenlace de las próximas elecciones se ha hecho presente, lo cual, llegado el caso, traería consecuencias de alcances impredecibles.
Con gran rapidez la contienda presidencial se salió de los márgenes que digamos le son propios, y de propuestas atractivas o no, propaganda imaginativa o insulsa, uso correcto o poco ético de las redes sociales, discursos acertados o extraviados, críticas y hasta descalificaciones del contrario, pasamos sin apenas darnos cuenta a la imputación de delitos, persecución acelerada de posibles cómplices, cateos, alertas migratorias, posibles órdenes de aprehensión y la eventualidad de que los términos de la competencia se vean sustancialmente alterados por la intervención de fiscales, jueces y defensores.
Así, de súbito parecen irrelevantes las encuestas de intención de voto, los estudios de opinión para identificar las prioridades y sentimientos ciudadanos, la integración de nuevos equipos para enfrentar las campañas; la modificación del formato de debates para hacerlos más atractivos, o los listados finales de candidatos a los demás cargos en juego.
Las circunstancias se transfiguran y el foco de la atención pública deja de estar en los candidatos presidenciales y sus andanzas, en los pronunciamientos de sus partidos o en los movimientos en sus cuarteles de campaña, y se traslada a la PGR, a la Seido y a la Interpol. Es una distorsión que no augura nada bueno.
La duda que flota en el aire es si la embestida judicial/mediática contra el abanderado de la coalición PAN-PRD-MC, Ricardo Anaya, es lo que coloquialmente se conoce como un calambre –enorme, monumental, pero sólo eso- o si definitivamente el gobierno peñanietista va con todo y hasta donde tope para sacarlo de la contienda; quizá no para meterlo a la cárcel (o quién sabe) pero sí para inhabilitarlo.
Lo cierto es que la magnitud del lance –calambre o eliminación de la contienda- nos dará una medida muy precisa del tamaño de las angustias del actual gobierno federal frente a su futuro. Sé que es una obviedad de la que hasta Perogrullo se apenaría, pero si el gobierno de Enrique Peña Nieto estuviera dispuesto a lo que fuera con tal de sacar de la cancha a sus adversarios (Anaya, el primero), sería indudablemente porque para después del primero de diciembre se teme por mucho más que el desprestigio y la marginalidad o el ostracismo político. La cuenta pendiente exigiría un pago mucho más elevado; mucho más pesaroso.
¿Y Andrés Manuel? Antes de referirme a una versión peculiar e interesante que escuché hace poco, es evidente que si también van por él, tendrá que ser con motivos y mecanismos muy distintos a los utilizados contra Anaya. Hace ya más de 20 años que está en los primeros planos de la política y lo han acusado de muchas cosas, pero no de corrupto, que en estos tiempos y con estos contextos es lo más aniquilante.
Una posibilidad para enfrentarlo -sin ir a extremos de persecución que podrían detonar una auténtica revuelta popular- es confiar en que siga cometiendo errores que disminuyan su capital electoral, utilizando todo el aparato estatal de comunicación y propaganda para magnificarlos. Ya lo de Napoleón Gómez Urrutia le ha salido caro.
Hasta el día de hoy me parece que sigue vigente la apreciación del politólogo José Antonio Crespo, en el sentido de que hay tanto hartazgo entre los mexicanos y tanto deseo de cambio, que (dentro de ciertos límites, asumo) le van a perdonar todo a AMLO.
Narro ahora la peculiar versión a que aludí líneas arriba. Según esto, se trataría de una maniobra estrictamente política altamente sofisticada. Me la platica alguien que sabe de estas cosas. El Blitzkrieg contra López Obrador consistiría en que más adelante, una vez que las campañas arranquen, que ya estén registradas todas las candidaturas habidas y por haber, y que ya no haya manera de reponer procedimientos, el Partido Encuentro Social, tripulado desde algún lugar de Hidalgo, rompa con la coalición “Unidos Haremos Historia” que integra junto con Morena y el PT.
Este rompimiento no cancelaría la candidatura de AMLO, pero sí dejaría sin efecto la coalición, lo que afectaría a todo el resto de las candidaturas al Senado, a la Cámara de Diputados y las que se hubieran convenido en los estados, que ya para entonces estarían pactadas, registradas y quizá hasta impresas en las boletas. Sería un soberano desmadre, causa de una gran confusión y de un porcentaje inaudito de votos anulados. La sanción para el PES podría ser hasta de la cancelación de su registro, pero quién sabe que alicientes hubiera encontrado.
Finalmente, no me desentiendo del hecho de que aquí en nuestra casa común, con los señores Gallardo de principales actores, se vive una situación que guarda semejanzas con la de Anaya y el gobierno peñista. Creo sin embargo que el caso local tiene una etiología diferente; es obvio además la diferencia de proporción y, en todo caso, la ruta que siga el tema nacional repercutirá localmente, para bien o para mal, de unos o de otros.
COMPRIMIDOS
- Ojalá hubiera alguien que me pudiera ayudar a entender ciertas cosas. Por ejemplo: de unos días para acá el principal dolor de cabeza del PRI y su jefe real, Juan Manuel Carreras, es el muy sinvergüenza pero también perverso, habilidoso y méndigo de Manuel Barrera Guillén. Este redomado pillo se negó a firmar con el PRI alianzas partidarias ya platicadas, pero eso es lo de menos. Lleva un par de semanas boicoteando operaciones políticas del tricolor. Es él y nadie más quien anda cilindreando al inefable Tekmol para que aviente la candidatura a diputado federal por Soledad y acepte ir de candidato a presidente municipal de la Capital, sin otro afán que restarle votos a quien finalmente sea el abanderado o la abanderada priísta. También, Barrera sostiene una cruzada personal contra Luis Mahbub, según esto por que alguna vez cuestionó su desempeño como diputado local.
- Da hasta flojera decirlo, pero se supone que el PRI y el PVEM son socios electorales y van juntos en las postulaciones federales. Pues en los hechos a Barrera le vale gorro. Lo más patético y desolador de todo esto es algo que ya comentamos meses atrás: Por ahí de julio o agosto, luego del escándalo de la Ecuación Corrupta, un representante del gobernador Juan Manuel Carreras se entrevistó con la dirigencia nacional del Verde para decirles que la posición de Manuel Barrera como líder estatal de ese partido era insostenible. Al principio los altos mandos verdes se resistieron, pero poco después le comunicaron a Carreras que estaba bien, que Barrera se iba y que estaban abiertos a conocer alguna propuesta del mandatario potosino. La respuesta –clásica, antológica, inalterable- fue que no, que mejor así dejaran las cosas. Hoy, queda claro que Barrera sabe más de política que Carreras y El Caco Leal juntos; que es más mañoso y cabrón que toda la dirigencia priísta, y que se está burlando hasta de sus mamás.
- Interrogado sobre el dato que publiqué aquí hace dos semanas de que la noche del 8 de enero se reunió en secreto con el aspirante presidencial del PRI, José Antonio Meade, y el gobernador Juan Manuel Carreras, el alcalde capitalino Ricardo Gallardo Juárez manifestó: “¡Nombre! Yo no se quién saca eso, ni de dónde lo sacaron”. La nota publicada en Pulso el pasado viernes 23 en la sección SLP, agrega: “El Edil capitalino solicitó a la persona que dio a conocer la noticia de que se había registrado dicho encuentro, a que indique el lugar y la fecha en la que se registró la supuesta reunión”. Ambos datos y otros más, así como el nombre de su servidor, aparecen en Las Nueve Esquinas del jueves 14 de febrero de este 2018. La respuesta del señor Presidente Municipal me deja la desconcertante sensación de que declaró para aclarar algo que no había leído.
- Manuel Granados, el presidente nacional del PRD, nos envió a los potosinos una verdad incuestionable, incontrovertible: “No hay ninguna conclusión de responsabilidad contra José Ricardo Gallardo Cardona”. Es correcto. Igual que Napoleón Gómez Urrutia, Oscar Bautista Villegas, Manuel Barrera Guillén, J. Guadalupe Torres Sánchez, Victoria Labastida, Cándido Ochoa, Rodolfo Ramos Segura. Igual, igualito.
- Ya el Tekmol nos dejó claro que no es drogadicto; sólo está deschavetado. Se hizo los análisis antidoping por el desafío que le lanzó la diputada perredista Graciela Gaitán Díaz, pero él reviró que si se hacía las pruebas desafiaba a doña Chela a que presentara a Sandra Sánchez Ruíz, la proveedora invisible de medicamentos a los ayuntamientos de Soledad y San Luis. Hoy hay sesión, capaz que la señora legisladora del sol azteca nos deja perplejos y la presenta.
- Por los rumbos de la Fiscalía Anticorrupción nos hacen saber que no hay ningún intento ni propuesta ni petición para que las responsabilidades penales que deriven de la Cena Fantasma (mediante la cual se robaron 200 mil pesos, cada uno, Oscar Bautista, Manuel Barrera y J. Guadalupe Torres) desaparezcan mediante el sólo trámite de que los rateros estos devuelvan lo robado. Además de que, como ya lo dijimos, resarcir el daño puede traer benevolencia en la sanción, pero no desaparece el ilícito cometido y, en todo caso, es algo que tendría que plantearse ante el juez una vez que sean consignados. El asunto va lento porque se ha solicitado información a instancias nacionales. Y a ver, ahí anda Barrera pitorreándose de sus acuerdos políticos con el PRI, Carreras y El Caco.
- Si en el Congreso les queda un mínimo de sentido común y deseos de no cerrar tan mal como hasta ahora, deben legislar cuidadosamente y reformar la flamante Ley de Fiscalización y Rendición de Cuentas -que es un cochinero- para dejar claramente establecido que la Unidad de Evaluación y Control no debe ser de la Auditoría Superior del Estado sino un órgano técnico de asesoría y apoyo para los diputados que integren la Comisión de Vigilancia. En consecuencia, si subsiste ese raro engendro, debe cargar sobre el presupuesto del Congreso y no sobre el de la ASE, que ya cuenta con su contraloría interna, para propósitos distintos. Por cierto, los seis primeros funcionarios de la UEC que ya hasta rindieron protesta hace unas semanas, son recomendados uno por cada diputado de la citada Comisión de Vigilancia. El que falta es el de Héctor Mendizábal que se quedó chiflando en la loma cuando le batearon al titular Héctor Vicente Mayorga. Estos honran el viejo dicho de mi compadre Jacobo: “mosquita que pasa, alita que deja”.
- No creo que exista ni la figura delictiva ni el concepto, pero yo estoy convencido de que lo que el gallardismo le hizo al panismo potosino con eso del cambio de género en las candidaturas al Senado es simple y sencillamente Pederastia Política. Piénsenlo bien y verán como acaban dándome la razón.
Nos reencontramos aquí el jueves 15 de marzo

