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Sea como sea

Por Martha Ocaña

Mayo 15, 2024 03:00 a.m.

A

A veces, el gusto por la lectura va de la mano de una necesidad inconsciente de encontrar la narrativa de nuestros propios momentos, esos en los que la existencia pesa más que otros días o cuando la indiferencia o la melancolía encuentran a su mejor interlocutor en una historia inventada por un desconocido, que parece meterse en nuestras entrañas y conocer nuestras pasiones más escondidas.

Esas historias nos devuelven al mundo de lo instintivo, contienen aquello que no elaboramos de manera deliberada, pero que surge entre líneas, páginas y párrafos hasta que nos topamos de frente con nuestro propio yo. Uno que nos habita de manera casi fantasmal y que algunos expertos en el mundo del diván han llamado, “la sombra”. Uno de tantos que los autores profesionales crean de forma mágica para mostrarnos la diversidad de personalidades que pueden habitar en una misma mente.

Hablo de la diversidad de perspectivas con que puede verse el  mundo y sus habitantes y la imposibilidad a la vez de reunirlos o conciliarlos como pudiera ser la realidad mexicana que estamos experimentando: un México “lleno de color” que funciona de maravilla en las campañas de turismo pero que se tiñe de rojo y de lodo ante la desbocada presencia del crimen organizado, presuntuoso calificativo para un sector ilícito que ha hecho de sus actividades una de las más remunerativas con su amplio modelo de negocios que va desde el robo común hasta la inmersión en la vida política de nuestro país.

Ese México que, en el descuido de más de setenta años, propició los mercados negros como la piratería hasta el secuestro de transportes de mercancías y cobros de piso, para la marchanta de un crucero transitado hasta el mismo impuesto para agricultores y pequeños productores que viven de sus cosechas o lo que queda de aquello llamado “milpa” en otro tiempo.

¡Efectivamente, México ha sufrido una transformación! Una metamorfosis que nos pinta como un país de paradojas, agravios y rencores, viciosamente anidados en un ambiente de veneno que nos enfrenta como sociedad, en búsqueda cada parte, de lo que pretexta como bien común.

Hoy, los mexicanos vivimos el temor a la continuidad de esa transformación, pero es imposible negar que habrá muchos que le apuesten a lo que a otros tantos nos tiene al filo de la butaca. Nos queda un par de semanas y un piquito y conoceremos las directrices que nos darán el rumbo de al menos lo que duré el sexenio, aunque sabemos que lo impactos son transexenales y van más allá que un periodo ordinario de poder y ocupación.

Y más allá del efecto de nuestro voto este dos de junio, me gustaría pensar en que como sociedad formulemos mecanismos que diluyan la polarización, el resentimiento de clase, de color de piel o de color de partido. Sea el resultado que sea, con tal de que la transformación continue y nos pase por encima hasta aplastarnos o desparecernos. Sería bueno tener un país que no buscara ese clientelismo y que la dignidad de los seres humanos fuera respetada por todos sus habitantes.

¿Creen que se pueda?