Ser consecuentes
Si lo pensamos un poco, la democracia se relaciona más con los asuntos ordinarios de las personas, en comparación con esa noción tradicional -y si me lo permite Usted, primaria- de la mera designación de representantes populares en contiendas dominadas por los partidos políticos.
Entender a la democracia y a la participación de esta forma, implica reconocer las fallas y limitaciones de la democracia representativa, que funciona bien como un mecanismo para establecer decisiones colectivas y designar a representantes que toman decisiones y las ejecutan en nombre y favor de la población a la que dicen representar, pero que parece quedarse corto para atender de manera satisfactoria a los problemas, necesidades y demandas de una ciudadanía.
La apertura de espacios de participación ciudadana surge de la aparición de ciudadanas (os) inconformes con su rol pasivo, que exigen poder hacer algo más que designar, reelegir o reemplazar a las élites políticas cada determinado período de tiempo. No se es ciudadana(o) solo un día cada tres o seis años cuando se convoca a participar votando. No se es ciudadana(o) solo cuando se pagan impuestos. Se es ciudadana(o) cuando una persona se asume como parte de una comunidad. Podrá decidir participar o no hacerlo -afortunadamente tenemos algunos siglos que hemos abandonado esta idea del determinismo en donde todo está prefijado y preestablecido por sobre la voluntad de las personas-, pero una democracia que se precie de ser tal, definitivamente debe contar con espacios abiertos para que las personas puedan participar si así lo deciden.
Ya entrados en la idea de pensar nuestra propia democracia, conviene cuestionar las nociones que tradicionalmente se tienen sobre la relación entre gobernantes y gobernados o incluso entre los mismos individuos como iguales. No vamos a perder tiempo y tinta describiendo las simulaciones del demagogo, del parternalista o del clientelista; ahí no hay democracia, punto. Quisiera partir más bien de esta idea de democracia mínima propuesta por algunos teóricos -Schumpeter, por ejemplo-, que sugieren que el papel esencial de los ciudadanos debe ser relativamente limitado y restringirse principalmente a la elección periódica de representantes, junto con el escrutinio permanente de las acciones gubernamentales. Sobran personajes políticos que reducen a la ciudadanía a un mero papel electoral. Algunos comienzan a conocer -que no entender- que la participación también admite posibilidades de control y vigilancia, ¿es lo único que podemos hacer?.
En días pasados en varios municipios del estado de San Luis Potosí se llevaron a cabo algunas jornadas comiciales para designar a mesas directivas de Juntas de Participación Ciudadana. Estas instancias no son necesariamente nuevas, pero sí han sido reconocidas recientemente en una ley que fue aprobada hace un par de meses. Esta ley (De Juntas de Participación Ciudadana del Estado de San Luis Potosí) les reconoce como un órgano representativo de los habitantes de una determinada territorialidad -por ejemplo una colonia-, pueden presentar propuestas y solicitudes ante la autoridad municipal, pueden realizar acciones colaborativas en favor de su entorno, constituyen un canal de comunicación con el gobierno local, entre otras atribuciones.
Es probable que gran parte de la ciudadanía no haya sabido sobre estos procesos de conformación. Lo que sigue es que en los lugares donde se instalen estas Juntas, sea la propia ciudadanía quien se apropie de estos espacios y los dinamice y extienda hasta un punto en el que exista una convicción plena de que participar vale la pena, de que algo ocurre después de dedicar algo de tiempo a lo que es de todos.
Ahora que existen gobernantes que se asumen como demócratas, corresponde a sus gobiernos ser consecuentes con lo que la ciudadanía les presente.
Twitter. @marcoivanvargas
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