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Tema escondido

Por Yolanda Camacho Zapata

Marzo 29, 2022 03:00 a.m.

El acto de violencia física que realizó Will Smith en plena transmisión de la entrega de los premios Óscar, es igual de aberrante que el acto de violencia estética que hizo Chris Rock al pretender disfrazar de broma, un comentario de mal gusto. 

El asunto  comenzó cuando el comediante Chris Rock  se refirió a Jada Pinkett, llamándola “G.I. Jane,” haciendo alusión a la película del mismo nombre, protagonizada hace años por Demi Moore, en donde la actriz se rapó el cabello por exigencias del rol que interpretaba. Pinkett está ahora también rapada, pero debido a una condición médica que ella misma develó: sufre alopecia y optó por cortase el pelo a ras de cráneo.  

Chiris Rock y buen número de comediantes, tienen como costumbre usar el sarcasmo y el humor negro durante sus presentaciones y es tradición en los Óscar hacer alusión directa a los presentes. En este caso, la broma no cayó nada bien a Pinkett, quien claramente reprobó el comentario. Su esposo, Will Smith decidió subir al escenario y propinar un golpe al comediante, para después decirle a viva voz  “Mantén  el nombre de mi esposa fuera de tu  maldita boca”. 

De entrada, contextualicemos el asunto: si el incidente hubiese pasado hace, digamos veinticinco años, muy seguramente Smith hubiese quedado mucho mejor parado de lo que quedó ahora. El estereotipo de hombre-príncipe-defensor de la mujer débil y desvalida que no puede defenderse a sí misma, le  hubiera favorecido y seguramente la gran mayoría de la gente  lo aplaudiría: un hombre debe de defender a su familia. 

Sin embargo, en estas épocas es claro que la imagen de mujer como sinónimo de ser indefenso y desvalido está desquebrajándose porque es falso. Las mujeres bien podemos defendernos solas. En el caso de Jada Pinkett, es más que claro cómo ella ha podido hablar por sí misma, publicitando incluso su poco convencional matrimonio, pactado entre ambos cónyuges para ser una relación abierta, es decir, donde caben parejas esporádicas por ambos lados. Muy su asunto. Si en eso tan íntimo ha podido hablar de sí misma, seguramente en este caso bien hubiera podido defenderse ella sola. Ya lo ha hecho, no veo por qué ahora hubiese necesitado a nadie. O no quiso, o no le dio tiempo (ella llevaba un vestido elegantísimo, pero con una cola larga y esponjosa, que no se veía fácil de mover). Hubiera sido una imagen mucho más poderosa si ella se hubiera parado a encarar al comediante. Quizá no lo hizo porque tal cosa opacaría el momento de su marido, nominado a uno de los galardones más importantes (que finalmente ganó),  o quizá le iba a reclamar en privado al agresor o quizá el vestido le impidió moverse rápido. Nunca lo sabremos. 

Sin embargo, el acto verbal y el acto físico de estas dos figuras masculinas, deja un poco de lado el tema que creo debería ser central: la violencia estética. En este caso, fue un hombre quien optó por pensar que el físico de una persona es motivo de burla, pero lo cierto es que cualquiera pudo haberlo realizado. No estamos hablando de cuánto aguanta una persona las burlas de alguien, o si somos de cristal o no, sino del contenido de la burla. Ciertamente hay situaciones que nosotros mismos provocamos y que pueden ser insumo perfecto para una broma o un comentario gracioso. Sin embargo, hay condiciones que salen de la esfera de decisiones de una persona, como muchas cuestiones  médicas y genéticas. Todos hemos escuchado bromas por ser gordas, o altas,  pecosas,  rubios, morenos o  o por estar chaparras. En esta última categoría soy una experta. Mi humor es negro y lo he sabido sazonar con  revires de sarcasmo que utilizo si veo que la intención de quien emite la supuesta broma es dañina. Pero no cualquiera reaccionamos ni con humor, ni tenemos por qué. Todos hemos presenciado o sufrido comentarios sobre el aspecto físico que destruyen a las personas, las agreden y las dañan. 

Si las masculinidades de Rock o Smith son sanas o no, allá ellos (yo sospecho que no, pero no soy ninguna experta). Lo que nos toca mas bien  es comenzar a pensar antes de hacer del físico o de las condiciones de salud, motivo de bromas. Nadie tiene por que medir su tolerancia basado en cuestiones por las que no hay manera de decidir. Uno nace como nace. Podremos cuidarlo, mejorarlo, pero nada más. 

Entonces, esa especie de pleito de cantina televisada del domingo pasado trae mucho más que debatir si Will Smith hizo bien o no, porque al igual que al igual que cualquier pleito arrabalero, atrás, escondido, está el verdadero tema.