Terrorismo y chantaje geopolíticos
“No estoy blofeando”. El mensaje ominoso del discurso de Putin la semana pasada, que encarna la mayor escalada potencial de la guerra que Ucrania libra para defender su soberanía, fue palmario: Rusia está dispuesta a usar armas nucleares tácticas si Kiev continúa con su contraofensiva recuperando territorio. Si bien Putin ya había recurrido en la antesala de la invasión a la bravuconada de apelar a su arsenal nuclear, estas últimas declaraciones fueron más allá, sobre todo por el contexto en el que se dan. Primero, porque el teatro de guerra no le favorece: Moscú no pudo tomar la capital ucraniana y decapitar al gobierno en una operación relámpago, su intención original. Y el territorio que habían logrado ocupar ha sido recuperado en buena parte por el ejército ucraniano en una serie de éxitos militares notables. Segundo, porque los crímenes de guerra rusos se han ido documentando de manera contundente, propiciando incluso que algunas naciones que habían mantenido neutralidad o mutismo calculados, como India o China, públicamente hayan empezado a marcar distancia de Putin. Tercero, porque en ese discurso, Putin confirmó que planeaba anexar cuatro regiones parcialmente ocupadas por Rusia como resultado de la farsa de los referéndum orquestados por el Kremlin este fin de semana. Agregó que estaba preparado para usar “todos los medios” para defender su “integridad territorial”.
Hasta ahora, la doctrina nuclear rusa afirmaba que Rusia solo usaría armas nucleares en primera instancia si la existencia del Estado se viera amenazada, pero no hacía referencia alguna a la “integridad territorial”. Sin embargo, esos referéndum en curso a punta de AK-47 que tienen como objetivo evidente anexar partes de Ucrania significarían que cualquier intento ucraniano de recuperar dichos territorios podría enmarcarse por el Kremlin como una amenaza a la integridad territorial rusa. Las alarmas se han disparado en muchas capitales alrededor del mundo y EU reveló este fin de semana que ha transmitido de manera privada a Moscú las consecuencias que encerraría el uso de un dispositivo nuclear táctico sobre el terreno. Todo esto sugiere que hemos entrado en uno de los periodos más fluidos y peligrosos de las relaciones internacionales de la posguerra fría.
No podemos minimizar lo sucedido. El líder de la potencia con el mayor número de armas nucleares ha amenazado públicamente con usarlas. Ello explica y justifica las condenas de muchos gobiernos de diferente signo ideológico y conlleva además una pregunta relevante para el gobierno mexicano. No escucho condena alguna emanando de Palacio Nacional en respuesta a la escalada de Putin, o la articulación desde el púlpito presidencial de las posturas sobre desarme nuclear que en su momento le merecieron un Nobel de la Paz a la diplomacia mexicana. Entre el “plan de paz” del presidente mexicano, que conlleva la falacia lógica de equiparar la agresión premeditada e injustificada de un país contra otro con los esfuerzos de otras naciones por arropar y apoyar a la agredida, al amparo por cierto de los principios de legítima defensa y defensa colectiva consagrados en el Artículo 51 de la carta de la ONU, y el silencio sonoro ante la más reciente amenaza de Putin, el mensaje mexicano pareciera ser puntual: cara a la violación del derecho internacional y la invasión a una nación soberana, y para quienes iniciaron los balazos, abrazos.
(Consultor internacional)
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