En días pasados, durante una plática con mi amiga Lupe Torre, en la que abundaron las evocaciones de casas, familias y personajes del San Luis antiguo (ése que ya se nos fue sin que nos diéramos cuenta), me preguntó si yo tenía idea o sabía a dónde había ido a parar la cruz barroca de piedra labrada que se ubicaba entre el templo de La Compañía y la capilla de Loreto.
El desconocimiento del dato sobre el paradero de la pieza escultórica, me hizo referirle que en una de tantas conversaciones sostenida con don Rafael Herrera, éste me había mostrado copia de la carta que dirigió a un ex gobernador potosino residente en la Ciudad de México, al que en un muy cuidado lenguaje inquiría sobre el paradero de la referida cruz, y con la mayor de las cortesías lo invitaba a devolverla, en el supuesto de que él la tuviera. A esta carta siguió la respuesta del interpelado, en la que señalaba desconocer el paradero de la cruz, y por ende, tampoco se encontraba en su poder.
Lamento haber olvidado el nombre del destinatario y posterior remisor, pero mi memoria no da para tanto.
***
Lo referido me ha hecho reflexionar desde hace unos días, casi desde concluida la plática señalada, sobre la importancia de generar conciencia en la conservación del patrimonio histórico de nuestra ciudad y de nuestro estado.
Una cosa es el discurso oficial, que aunque con vistas a proteger el patrimonio, se encuentra mal estructurado la mayoría de las ocasiones; no me queda la mayor duda que existe una preocupación real por lograr una conservación total de lo que se ha logrado conservar, pero por otro lado las lagunas legales que existen en la materia, imposibilitan una protección real que en muchas ocasiones ata de manos a las dependencias encargadas de ser garantes de dicha protección. Agrego a esto, la profunda ignorancia o el desinterés que en muchas ocasiones timbra a los especialistas de las dependencias; también, seamos realistas la incapacidad de acción limita sus alcances y en muchas ocasiones lo único que se alcanza es la pérdida del patrimonio.
Nos encontramos en una ciudad, en la que ya, salvo el primer cuadro de la ciudad, es casi imposible utilizar los edificios o monumentos antiguos como referencia de ubicación o de algún suceso, simplemente porque ya no existen. Acabamos con su fisonomía, ésa que nos vio crecer, ésa de la que vimos su destrucción y jamás dijimos nada.
Los tiempos evolucionan, y lo que hoy o desde hace algunos años ya no es bien visto ni permitido, hace no muchos todavía lo fue. Siempre fue una constante la destrucción arquitectónica de las ciudades; una veces para reemplazar por elementos acordes a la estética de los tiempos, otras por necesidades urbanísticas, otras –las más– en beneficio de alguna actividad comercial que permitiera obtener dividendos superiores al valor de lo destruido.
Decir también que X o Y fueron arquitectos destructores es un absurdo, eran años en que no se tenía conciencia sobre el patrimonio, y por el contrario, se justificaba cualquier modificación que permitiera engrandecer lo moderno, el progreso.
No creo que alguien, por ejemplo, hubiera criticado a los carmelitas por destruir los retablos barrocos del Carmen para sustituirlos por los fríos neoclásicos de Tresguerras. Creo que tampoco se cuestionó a fray Blas Enciso cuando, en 1840, destruyó el retablo mayor del templo de San Agustín para que en su lugar, Ciriaco Iturribarria construyera el neoclásico que subsiste hasta la actualidad. Nadie reclamó a los franciscanos cuando en la década de los treinta, mandrón demoler el retablo mayor del presbiterio, para sustituirlo por el horrendo de cantería que ahí continúa. Era, decían regodeándose, copia de la fachada del templo de Zapopan. Todos aplaudían el progreso.
Existe en nuestra ciudad un monumento del que creo debe recuperarse su historia y devolverse al sitio (o al menos a las cercanías), de donde fue colocado en origen. Me refiero a una columna sepultada entre concreto y colocada en la intersección de Cordillera Real y el antiguo anillo periférico, hoy llamado pomposamente Sierra Leona.
***
El 12 de octubre de 1895, luego de hacerse de palabras en la cantina Gran Sociedad, Antonio González-Lavín y Gaintán, e Ismael Salas Cabrera, se retaron a duelo. Federico Monjarás Romo, en El San Luis que se fue, narraba: El güero Salas, un muchacho de unos 20 años, rubio y apuesto, enfundado en su jaquet, cuando apostaba una botella de champaña con González, profirió una palabra que éste tomó como ofensiva y se alteraron los ánimos; de nada sirvió la intervención de los amigos de ambos, tratando de conciliarlos; Salas y González enfilaron a San Francisco, donde alquilaron un coche y partieron con rumbo al barrio de Santiago. Tras ellos en otro coche iban una media docena de amigos. El hecho fue que González, resultó con una fuerte lesión causada por fuerte pedrada en la mejilla, y el güero Salas, allí se encontró con su destino.
Entre los detalles patéticos que se observaron, ocurrido el drama, fue que el más leal de los amigos del extinto, presa de extrema crisis nerviosa, desesperado corrió sin detenerse en dirección al centro de la ciudad, exclamando con voz turbada por el llanto: ¡Lo mataron! ¡lo mataron!
En el lugar donde cayó, su padre, el conocido médico del mismo nombre [Ismael Salas Guajardo], levantó una columna truncada de cantera, muy bien labrada, aunque este monumento no indica nada de caso.
Prevaleció la impresión lacerante de este fatal suceso en la mente de los potosinos de esa generación, como de otras subsecuentes, borrándose poco a poco, de tal manera, que el hecho en sí, nebulosamente recordado, se fue perdiendo entre otros acontecimientos posteriores, en la lejanía del tiempo; y, escasas personas de nuestra época sabían con precisión la historia de la columna truncada, ahora también sepultada entre los restos de un panteón de vehículos motorizados.
El periódico El Estandarte, en su número 1556, del 15 de octubre de 1895, refería: El martes 12, a eso de las cuatro de la tarde se dio aviso que en el camino del Saucito había muerto en una riña por arma de fuego el joven Ismael Salas Cabrera, el matador es el joven Antonio González Lavín. Los números subsecuentes 1557 y 1558, abundaba en datos sobre la muerte, y aparecía un poema que Alberto Sustaita Zavala PKDor (1863-1909), dedicara A mi amigo Ismael Salas.
En el supuesto diario de María Asunción, creado como recurso estilístico por Matilde Cabrera Ipiña para conformar su célebre libro La Lonja de San Luis Potosí. Un siglo de tradición, se consigna: Octubre 17 de 1895. ¡San Luis entero se ha conmovido por la desgracia de la familia Salas! El día 12, en el camino de El Saucito, se efectuó el duelo a muerte en el que resultó víctima el joven Ismael Salas cabrera, que falleció allí mismo. ¡Es una pena que no se haga algo para evitar esas tragedias tan terribles que no traen más que penas a los familiares, tanto de los que pierden la vida como de los que son causa de ello! Esto ha sido como una nube que ha venido a empañar el ambiente de felicidad en que vivo pues la familia Salas es de las amistades que apreciamos de verdad.
***
El referido monumento, la columna trunca cubierta por una corona floral, durante muchos años se pudo apreciar entre los restos de un deshuesadero vehicular, ubicado a unos 150 metros de las vías del ferrocarril, sobre Fray Diego de la Magdalena, predio ubicado a un costado del que hoy ocupa el instituto Temazcali. Un día, por allí de los inicios de la primera década del dos mil, la columna desapareció y tiempo después apareció en Las Lomas.
Ignoro cómo llegó ahí, y quién la sumergió salvajemente entre el concreto del camellón; ignoro quién efectuó el traslado; desconozco quién otorgó el permiso del mismo, pero lo que sí sé, es en memoria de quién fue erigida y en que sitio fue colocada. Es obligación compartirlo; dejo aquí la invitación a restituirla al sitio que le corresponde y no seguir siendo cómplices de este crimen.
Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado social, disfrútenlo, pero no se excedan. Para qué amargar el inicio del 2019 escribiendo sobre política y cosas peores; mejor recordemos.
El desconocimiento del dato sobre el paradero de la pieza escultórica, me hizo referirle que en una de tantas conversaciones sostenida con don Rafael Herrera, éste me había mostrado copia de la carta que dirigió a un ex gobernador potosino residente en la Ciudad de México, al que en un muy cuidado lenguaje inquiría sobre el paradero de la referida cruz, y con la mayor de las cortesías lo invitaba a devolverla, en el supuesto de que él la tuviera. A esta carta siguió la respuesta del interpelado, en la que señalaba desconocer el paradero de la cruz, y por ende, tampoco se encontraba en su poder.
Lamento haber olvidado el nombre del destinatario y posterior remisor, pero mi memoria no da para tanto.
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Lo referido me ha hecho reflexionar desde hace unos días, casi desde concluida la plática señalada, sobre la importancia de generar conciencia en la conservación del patrimonio histórico de nuestra ciudad y de nuestro estado.
Una cosa es el discurso oficial, que aunque con vistas a proteger el patrimonio, se encuentra mal estructurado la mayoría de las ocasiones; no me queda la mayor duda que existe una preocupación real por lograr una conservación total de lo que se ha logrado conservar, pero por otro lado las lagunas legales que existen en la materia, imposibilitan una protección real que en muchas ocasiones ata de manos a las dependencias encargadas de ser garantes de dicha protección. Agrego a esto, la profunda ignorancia o el desinterés que en muchas ocasiones timbra a los especialistas de las dependencias; también, seamos realistas la incapacidad de acción limita sus alcances y en muchas ocasiones lo único que se alcanza es la pérdida del patrimonio.
Nos encontramos en una ciudad, en la que ya, salvo el primer cuadro de la ciudad, es casi imposible utilizar los edificios o monumentos antiguos como referencia de ubicación o de algún suceso, simplemente porque ya no existen. Acabamos con su fisonomía, ésa que nos vio crecer, ésa de la que vimos su destrucción y jamás dijimos nada.
Los tiempos evolucionan, y lo que hoy o desde hace algunos años ya no es bien visto ni permitido, hace no muchos todavía lo fue. Siempre fue una constante la destrucción arquitectónica de las ciudades; una veces para reemplazar por elementos acordes a la estética de los tiempos, otras por necesidades urbanísticas, otras –las más– en beneficio de alguna actividad comercial que permitiera obtener dividendos superiores al valor de lo destruido.
Decir también que X o Y fueron arquitectos destructores es un absurdo, eran años en que no se tenía conciencia sobre el patrimonio, y por el contrario, se justificaba cualquier modificación que permitiera engrandecer lo moderno, el progreso.
No creo que alguien, por ejemplo, hubiera criticado a los carmelitas por destruir los retablos barrocos del Carmen para sustituirlos por los fríos neoclásicos de Tresguerras. Creo que tampoco se cuestionó a fray Blas Enciso cuando, en 1840, destruyó el retablo mayor del templo de San Agustín para que en su lugar, Ciriaco Iturribarria construyera el neoclásico que subsiste hasta la actualidad. Nadie reclamó a los franciscanos cuando en la década de los treinta, mandrón demoler el retablo mayor del presbiterio, para sustituirlo por el horrendo de cantería que ahí continúa. Era, decían regodeándose, copia de la fachada del templo de Zapopan. Todos aplaudían el progreso.
Existe en nuestra ciudad un monumento del que creo debe recuperarse su historia y devolverse al sitio (o al menos a las cercanías), de donde fue colocado en origen. Me refiero a una columna sepultada entre concreto y colocada en la intersección de Cordillera Real y el antiguo anillo periférico, hoy llamado pomposamente Sierra Leona.
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El 12 de octubre de 1895, luego de hacerse de palabras en la cantina Gran Sociedad, Antonio González-Lavín y Gaintán, e Ismael Salas Cabrera, se retaron a duelo. Federico Monjarás Romo, en El San Luis que se fue, narraba: El güero Salas, un muchacho de unos 20 años, rubio y apuesto, enfundado en su jaquet, cuando apostaba una botella de champaña con González, profirió una palabra que éste tomó como ofensiva y se alteraron los ánimos; de nada sirvió la intervención de los amigos de ambos, tratando de conciliarlos; Salas y González enfilaron a San Francisco, donde alquilaron un coche y partieron con rumbo al barrio de Santiago. Tras ellos en otro coche iban una media docena de amigos. El hecho fue que González, resultó con una fuerte lesión causada por fuerte pedrada en la mejilla, y el güero Salas, allí se encontró con su destino.
Entre los detalles patéticos que se observaron, ocurrido el drama, fue que el más leal de los amigos del extinto, presa de extrema crisis nerviosa, desesperado corrió sin detenerse en dirección al centro de la ciudad, exclamando con voz turbada por el llanto: ¡Lo mataron! ¡lo mataron!
En el lugar donde cayó, su padre, el conocido médico del mismo nombre [Ismael Salas Guajardo], levantó una columna truncada de cantera, muy bien labrada, aunque este monumento no indica nada de caso.
Prevaleció la impresión lacerante de este fatal suceso en la mente de los potosinos de esa generación, como de otras subsecuentes, borrándose poco a poco, de tal manera, que el hecho en sí, nebulosamente recordado, se fue perdiendo entre otros acontecimientos posteriores, en la lejanía del tiempo; y, escasas personas de nuestra época sabían con precisión la historia de la columna truncada, ahora también sepultada entre los restos de un panteón de vehículos motorizados.
El periódico El Estandarte, en su número 1556, del 15 de octubre de 1895, refería: El martes 12, a eso de las cuatro de la tarde se dio aviso que en el camino del Saucito había muerto en una riña por arma de fuego el joven Ismael Salas Cabrera, el matador es el joven Antonio González Lavín. Los números subsecuentes 1557 y 1558, abundaba en datos sobre la muerte, y aparecía un poema que Alberto Sustaita Zavala PKDor (1863-1909), dedicara A mi amigo Ismael Salas.
En el supuesto diario de María Asunción, creado como recurso estilístico por Matilde Cabrera Ipiña para conformar su célebre libro La Lonja de San Luis Potosí. Un siglo de tradición, se consigna: Octubre 17 de 1895. ¡San Luis entero se ha conmovido por la desgracia de la familia Salas! El día 12, en el camino de El Saucito, se efectuó el duelo a muerte en el que resultó víctima el joven Ismael Salas cabrera, que falleció allí mismo. ¡Es una pena que no se haga algo para evitar esas tragedias tan terribles que no traen más que penas a los familiares, tanto de los que pierden la vida como de los que son causa de ello! Esto ha sido como una nube que ha venido a empañar el ambiente de felicidad en que vivo pues la familia Salas es de las amistades que apreciamos de verdad.
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El referido monumento, la columna trunca cubierta por una corona floral, durante muchos años se pudo apreciar entre los restos de un deshuesadero vehicular, ubicado a unos 150 metros de las vías del ferrocarril, sobre Fray Diego de la Magdalena, predio ubicado a un costado del que hoy ocupa el instituto Temazcali. Un día, por allí de los inicios de la primera década del dos mil, la columna desapareció y tiempo después apareció en Las Lomas.
Ignoro cómo llegó ahí, y quién la sumergió salvajemente entre el concreto del camellón; ignoro quién efectuó el traslado; desconozco quién otorgó el permiso del mismo, pero lo que sí sé, es en memoria de quién fue erigida y en que sitio fue colocada. Es obligación compartirlo; dejo aquí la invitación a restituirla al sitio que le corresponde y no seguir siendo cómplices de este crimen.
Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado social, disfrútenlo, pero no se excedan. Para qué amargar el inicio del 2019 escribiendo sobre política y cosas peores; mejor recordemos.

