Un punto de acuerdo

Hace dos domingos comentábamos en este espacio un artículo publicado en la revista "Proceedings of the National Academy of Sciences" (PNAS) de los Estados Unidos en el que se argumentaba sobre las bondades del uso de los cubrebocas como un medio para frenar el avance de la epidemia de COVID-19. Dicho artículo concluye que la principal vía de propagación de la epidemia es el aerosol generado por las personas infectadas al toser, estornudar o simplemente hablar, el cual se mantiene en el aire por largo tiempo. En tal caso, los cubrebocas pueden bloquear la emisión de aerosoles por una persona infectada y prevenir que una persona sana se infecte por el contacto con los mismos. Entre los autores del artículo de referencia se encuentra Mario Molina, quien compartió el premio Nobel de Química 1995 por la identificación de los compuestos químicos destructores de la capa de ozono en la atmósfera.

Las conclusiones de Molina y colaboradores fueron rápidamente puestas en entredicho por un grupo de 45 investigadores en una carta enviada a la revista PNAS. En dicha carta, los signatarios afirman que el artículo "está basado en suposiciones falsas y adolece de fallas metodológicas de diseño", y dada la "severidad y el alcance de los asuntos tratados y su enorme e inmediato impacto público", demandan el artículo sea retirado de inmediato por la revista.    

Para entender las objeciones que se ponen al artículo de Molina y colaboradores hay que mencionar que las conclusiones de mismo están basadas en un análisis del ritmo de crecimiento del número de casos de coronavirus en la ciudad de Nueva York y en el norte de Italia, antes y después de que fuera hecho obligatorio el uso del cubrebocas en lugares públicos. A través de este análisis, los investigadores encontraron que en la ciudad de Nueva York - al igual que en el norte de Italia- dicho ritmo de crecimiento  disminuyó significativamente una vez que se implantó el uso de cubrebocas en el mes de abril. En contraste, en el resto de los Estados Unidos, en donde los cubrebocas no habrían sido obligatorios pero sí otras medidas de contención de la pandemia, no hubo una disminución equivalente.  A partir de estos hechos, concluyen que la principal vía de propagación del coronavirus son los aerosoles que dispersan las personas infectadas y que otras medidas de contención no son por sí solas suficientes.  

Los críticos del trabajo de Molina y colaboradores argumentan que sus conclusiones se basan en suposiciones demostrablemente falsas. Por ejemplo, arguyen que la afirmación que a partir del mes de abril la única diferencia en medidas de contención del virus entre la ciudad de Nueva York y el resto de los Estados Unidos fue la implantación de los cubrebocas en Nueva York es falsa. Argumentan, asimismo, que los autores del artículo no tomaron en cuenta el retraso que existe entre la implantación de una medida de mitigación y la reducción resultante en el número de nuevos infectados; ni tampoco el hecho de que la implantación de una medida pública no significa su inmediata adopción por toda la población. Denuncian los críticos, igualmente, lo que consideran son fallas metodológicas del estudio, las cuales serían atribuibles al hecho de que ninguno de los autores del artículo son expertos epidemiólogos.  

Los autores del artículo, por su lado, argumentan que los críticos no lo entendieron realmente y que algunas de las críticas que han recibido han sido hechas empleando frases del artículo puestas fuera de contexto. Molina reconoce, por otro lado, que quizá el lenguaje que emplearon fue demasiado fuerte y con algunas frases exageradas, debiendo haber sido más cuidadosos con el lenguaje. Por lo demás, los autores del artículo se sorprenden por las increíbles e ingenuas críticas que han recibido, por el solo hecho –así lo ven- de que ninguno de ellos son expertos en COVID-19. 

El hecho que un artículo sobre la propagación del coronavirus haya sido escrito por investigadores especialistas en ciencias atmosféricos y no por expertos epidemiólogos no es algo necesariamente negativo. En cierto modo podría tener aspectos positivos si proporcionara una visión no ortodoxa de un problema de salud pública que ha rebasado a los expertos.

En cualquier caso, todos, tirios y troyanos –incluyendo a los críticos del artículo de Molina y colaboradores- consideran que los cubrebocas– de un modo u otro- contribuyen a frenar la propagación de coronavirus. Lo que es un avance con respecto a lo que algunos expertos sostenían hace apenas un par de meses.