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Ver sin observar

Por Jorge Chessal Palau

Febrero 16, 2026 03:00 a.m.

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Hay una frase que todos deberíamos tener presente siempre: "Usted ve, pero no observa". Esa idea recorre "Un escándalo en Bohemia", el relato de Arthur Conan Doyle en el que Sherlock Holmes refiere esta expresión.

Relato: un rey llega a Baker Street disfrazado, a exponer su caso. Narra cómo en el pasado conoció y tuvo una relación con Irene Adler y existe una fotografía que los muestra juntos. Como ahora va a casarse y teme que esa imagen, guardada en algún lugar, se convierta en una forma de chantajearlo. Holmes acepta el encargo, estudia a Adler, entra a su mundo mediante disfraces, y para localizar el escondite de la fotografía provoca un supuesto de incendio. En el segundo en que ella corre instintivamente a proteger un punto específico, Holmes ya sabe dónde está la foto. Pero al día siguiente, cuando vuelve con el rey y una orden para recuperarla, Adler ya ha huido con el hombre con el cual mantiene su actual relación. Deja una carta en la que promete no usar la imagen para perjudicar al rey, quien da por terminado el asunto. Es el único de todos los casos de Sherlock Holmes en los cuales es, por así decirlo, derrotado.

Hasta aquí la sinopsis del relato. El argumento podría parecer un relato policiaco ordinario pero, como en muchas de las narraciones de Conan Doyle sobre el detective, se encierra una gran enseñanza sobre el método de Holmes y, por extensión, de quien quiera acercarse a la verdad.

Holmes insiste en una distinción: ver no es observar. Ver es pasar la mirada por encima, como quien se apenas se asoma a un aparador mientras camina por la calle; Observar es otra cosa, es registrar aquello que se puede describir, contar y contrastar. Holmes presume saber cuántos escalones tiene una casa porque no solo pasó por ellos, los contó mentalmente. La verdad empieza donde los detalles se ocultan.

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De ahí nace una segunda lección que también refiere Holmes en el relato y que parece obvia y, por lo mismo, casi nadie respeta. Dice el detective: "es un error formular teorías antes de tener datos". Cuando uno se satisface con una explicación, empieza a forzar la realidad para que encaje. Es simple condición humana.

Queremos coherencia, queremos una narrativa que nos tranquilice, queremos entender rápido. El problema es que, en política, ese sesgo se vuelve toda una industria. Primero se decide la historia y luego se seleccionan cifras, testimonios, recortes de video, encuestas. La teoría manda y la realidad se acomoda. 

Y cuando la realidad no cabe, se culpa al mensajero: "es que los medios exageran", "es que la oposición inventa", "es culpa de Calderón", "el PRIAN robó más".

El relato también enseña que observar exige cambiar de técnica. Holmes mira el papel contra la luz, repara en el estilo de una carta, escucha ruidos para inferir lo que no ve. Cuando el dato no aparece a simple vista, hay que mirarlo en contraluz. La contraluz en la vida pública suele ser una pregunta incómoda o un documento que nadie quiere leer; son los anexos, los criterios de medición, la letra pequeña de los contratos, los padrones y sus depuraciones, los indicadores con series históricas. Es ahí donde se descubre si una cifra es comparable o si se cambió la regla para que la foto saliera bonita. Porque también es usual el maquillaje estadístico que no altera el rostro completo, pero sí disimula o resalta lo que conviene.

Y todavía hay más, pues Holmes no destroza la casa; provoca una reacción y observa el reflejo para proteger el secreto. Esta es la tercera enseñanza. Muchas verdades no se obtienen a gritos, sino con preguntas precisas, con solicitudes de información bien planteadas, con seguimiento de promesas en el tiempo.

Hay que pedir datos antes que relatos, mirar en contraluz lo que el discurso suaviza, y desconfiar incluso de nuestras teorías favoritas hasta que sobrevivan a la prueba de los hechos. Solo así, en México, el poder dejará de administrarnos espejismos y empezará por fin a rendir cuentas.

X: @jchessal