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Vivir con grietas

Por Yolanda Camacho Zapata

Abril 12, 2022 03:00 a.m.

En los caminos de la literatura uno se encuentra con personajes entrañables que resultan la quintaescencia de todo aquello que añoramos. Patachula es uno de ellos. Extraído de las páginas de la novela de Fernando Aramburu “Los vencejos”, Patachula es un personaje sin nombre, pero con la identidad que le dieron las circunstancias (¿Y quién no?). El hombre tuvo lo mala suerte de estar en uno de los vagones de tren durante el atentado de la estación de Atocha del 11 de marzo del 2004, donde perdió una pierna, pero ganó un apodo. El protagonista de la historia, Toni, un profesor que ha decidido fijar fecha para su suicidio, decide revelar a su único amigo, Patachula, sus intenciones. Contrario a lo que la norma dicta, Patachula no intenta disuadirlo, ni siquiera lo juzga, sino que opta por acercarle información al respecto y quizá, no está seguro, acompañarlo en el último viaje.

A primera vista uno podría creer que Patachula no es otra cosa mas que la encarnación de la tentación malsana, aquella que arrastra hacia situaciones antinatura que si nos ponemos místicos algunos llaman pecado. Sin embargo, bajo otra mirada, revela la esencia de la amistad incondicional. Nadie mejor que él, que ha sido testigo de la vida intrascendente de Toni, llena de malas decisiones y dolores buscados -algunos- y otros espontáneos, para entender como nadie que su amigo quiera ponerle fin a todo aquello. 

Al ser receptor de la investigación sobre ahorcamientos, venenos y balazos que Patachula disciplinadamente realizó, Toni no sabe como reaccionar: o se está burlando de él, subestimando sus intenciones, o su amigo de plano está loco. 

Sin embargo, aquel acto casi académico, es la obra de aquello que únicamente los privilegiados pueden presumir: el acto de amor fraterno incondicional por parte de  un perfecto desconocido que por voluntad crea con otro extraño, un lazo más fuerte que la sangre. Nadie escoge a su familia, pero bien que podemos elegir a nuestros amigos.  

Después de dos años de vivir en una soledad que comenzó desde el miedo fundado a entender que en ese momento el contacto con otros podría costarnos la vida o poner en riesgo la de otros, las relaciones extra sanguíneas se replantearon hasta volverse a acomodar. No siempre ese nuevo acomodo resultó lo que esperábamos; sin embargo, con la suerte suficiente hubo quienes encontraron a Patachula. 

Conozco el caso de un trío de amigas. Una de ellas vivía fuera de San Luis desde hacía años. Hija única, las visitas a sus papás se suspendieron ante el temor del contagio. El padre enfermó de Covid, y las dos amigas  que estaban aquí se hicieron cargo de apoyar a la madre como si ellas fueran hijas del enfermo: llevaron comida, transportaron tanques de oxígeno, consiguieron apoyo médico. Desafortunadamente el padre murió, pero dentro del dolor, hubo una dulce sensación por saberse acompañada.   Se  también de caso de una pareja joven que saludaba siempre a su vecina, una anciana jubilada a la cual a veces ayudaban con pequeñas tareas. Cuando la pandemia comenzó, los vecinos no solo se hicieron cargo de surtirle la alacena, sino de apoyarla con los pagos de la casa y pasear al perrito que le hacía compañía. La señora prefería no salir, pero no podía dejar a su mascota sin el preciado paseo diario. Así, la que era una relación tangencial, se convirtió en amistad grata que ahora, ya más calmadas las cosas, continúa fomentándose. 

Hay también a quienes el fantasma de la depresión acechó sintiéndose por momentos sumergidos en un hoyo profundo y oscuro. Entonces hubo quien por acompañar a su amigo se metieron al mismo abismo para buscar acercarle una linterna y si preferían quedarse en la oscuridad, se sentaron a su lado y esperaron salir cuando la tristeza se alejó. 

A veces es difícil creer que una persona sigua con nosotros a pesar de ser… bueno, nosotros: complicados, malhumorados, inconsistentes, inconsecuentes. Afortunadamente existe Patachula, quien nos evidencia los huecos y ayuda a sanearlos hasta donde se pueda, o bien, nos ayuda a vivir con todo y grietas.