La legislatura local que ya se va culmina su actuación con el sello de la casa: desmadre bien organizado, bravatas, amenazas y demás (des)gracias que, por supuesto, ya no sorprenden.
Hace algún tiempo, en este espacio, escribimos de otros diputados locales que no se distinguían mucho de los actuales y sugeríamos, parafraseando al famoso “Canaca”, que los amarraran como puercos, esto es, con un lazo tan resistente que impidiera a esos sujetos seguir haciendo de las suyas. Desgraciadamente, no se ha logrado eso y allí están las consecuencias.
En unos días tomará posesión la nueva legislatura local y parece pertinente recordar que hay un reto descomunal para limpiar la enorme suciedad que han dejado los diputados que ya se van; y como la esperanza muere al último, una vez más, es deseable aspirar a que, ahora sí, se pueda dar un paso adelante y no dos atrás en cuanto a ese objetivo de contar con un poder estatal que, en verdad, sea contrapeso de los demás poderes (formales e informales) y represente, realmente, los intereses del conjunto de la sociedad potosina, no los de facción o personales.
Si los nuevos diputados locales logran actuar bajo el principio ético del “mandar obedeciendo”, mucho se avanzará en revertir el descrédito de que hoy disfrutan (y vaya que hacen alarde de ese peculiar gozo) no pocos personajes que han pasado por el congreso potosino.
El mandar obedeciendo implica romper con lo que en la teoría denomina el maestro Enrique Dussel como “fetichismo del poder”, esto es, con la idea de que el poder que se ostenta en un cargo público, sobre todo de elección popular, deviene de sí mismo y no de la gente, llegando al extremo de considerar que no hay porqué rendir cuentas más que a sí mismo.
Aún tratándose de un poder delegado y no propiamente de un mandato, es menester no olvidarse de ese principio ético, so pena de padecer una deslegitimación progresiva en el ejercicio del poder y, eventualmente, el retiro de la confianza ciudadana de manera anticipada -como sería mediante el recurso de la revocación de mandato que, por cierto, la legislatura que ya se va decidió no aprobar dentro del proyecto de una ley de participación ciudadana que tanta falta hace-.
Los diputados que ya se van tienen su lugar en el basurero de la historia. Hasta el último momento han sido genio y figura de un modelo corrupto de ejercicio del poder público.
Esa corrupción que se origina en la consideración de que su poder es “soberano”, en el sentido más distorsionado del término, se ha venido acentuando con acciones tan vergonzosas como fraudulentas consistentes en auto-adjudicarse dinero público con proveedores fantasmas o beneficiarios inexistentes, amén de los constantes escándalos derivados de tanta payasada en la que se han regodeado.
Para ellos, “soberano” implica hacer lo que les da la gana y, en efecto, se han burlado del pueblo y hasta de autoridades a las que se supondría que, por lo menos, tendrían algo de respeto bajo el principio de no leerse las manos entre gitanos, como cuando tildaron al gobernador de tibio y falto de aquéllos.
Parecía que reaccionarían cuando fueron duramente increpados por ciudadanos indignados en varias ocasiones, pero únicamente procedieron a “jugarle al enmascarado”, llegando al extremo de alardear del abuso y del engaño con la tristemente célebre “ecuación corrupta”.
En suma, todo un catálogo de acciones turbias que hoy dejan seriamente vapuleado al congreso potosino. El cerrojazo ha sido el comportamiento demencial y violento cuando se reclama el último de sus atracos: la aprobación de cuentas públicas puestas en entredicho y que representan un monumento a la complicidad con tanta tranza institucionalizada que da harta pena ajena.
La prisa por saldar compromisos personales antes que lavarse la cara ha sido el colmo de un comportamiento que, insistimos, no sorprende pero es de tomar nota por el grado de descomposición a que se ha llegado. De tal suerte, la nueva legislatura tiene, de entrada, motivos y elementos para revisar buena parte de lo actuado por sus predecesores y corregir los entuertos si es el caso.
Una nueva correlación de fuerzas partidistas indica que sería posible contar con una orientación distinta en la representación popular potosina y, en verdad, es deseable que así ocurra, por lo menos para no seguir padeciendo el triste espectáculo de una clase política corrupta “ad nauseam”.
Finalmente, después del niño ahogado, aún pretenden estos diputados que ya se van tirar el agua sucia con todo y bañera, por lo que, para no variar, sugieren ya no autorizar el paso al recinto plenario del populacho que pudiera increparlos por tanto desatino y desparpajo, “argumentando” que otros son los violentos y ellos unos pobrecillos dizque representantes de los ciudadanos. Ante tanta “pendencia” desatada no queda más que pedirles que ya, que ya se vayan.
Hace algún tiempo, en este espacio, escribimos de otros diputados locales que no se distinguían mucho de los actuales y sugeríamos, parafraseando al famoso “Canaca”, que los amarraran como puercos, esto es, con un lazo tan resistente que impidiera a esos sujetos seguir haciendo de las suyas. Desgraciadamente, no se ha logrado eso y allí están las consecuencias.
En unos días tomará posesión la nueva legislatura local y parece pertinente recordar que hay un reto descomunal para limpiar la enorme suciedad que han dejado los diputados que ya se van; y como la esperanza muere al último, una vez más, es deseable aspirar a que, ahora sí, se pueda dar un paso adelante y no dos atrás en cuanto a ese objetivo de contar con un poder estatal que, en verdad, sea contrapeso de los demás poderes (formales e informales) y represente, realmente, los intereses del conjunto de la sociedad potosina, no los de facción o personales.
Si los nuevos diputados locales logran actuar bajo el principio ético del “mandar obedeciendo”, mucho se avanzará en revertir el descrédito de que hoy disfrutan (y vaya que hacen alarde de ese peculiar gozo) no pocos personajes que han pasado por el congreso potosino.
El mandar obedeciendo implica romper con lo que en la teoría denomina el maestro Enrique Dussel como “fetichismo del poder”, esto es, con la idea de que el poder que se ostenta en un cargo público, sobre todo de elección popular, deviene de sí mismo y no de la gente, llegando al extremo de considerar que no hay porqué rendir cuentas más que a sí mismo.
Aún tratándose de un poder delegado y no propiamente de un mandato, es menester no olvidarse de ese principio ético, so pena de padecer una deslegitimación progresiva en el ejercicio del poder y, eventualmente, el retiro de la confianza ciudadana de manera anticipada -como sería mediante el recurso de la revocación de mandato que, por cierto, la legislatura que ya se va decidió no aprobar dentro del proyecto de una ley de participación ciudadana que tanta falta hace-.
Los diputados que ya se van tienen su lugar en el basurero de la historia. Hasta el último momento han sido genio y figura de un modelo corrupto de ejercicio del poder público.
Esa corrupción que se origina en la consideración de que su poder es “soberano”, en el sentido más distorsionado del término, se ha venido acentuando con acciones tan vergonzosas como fraudulentas consistentes en auto-adjudicarse dinero público con proveedores fantasmas o beneficiarios inexistentes, amén de los constantes escándalos derivados de tanta payasada en la que se han regodeado.
Para ellos, “soberano” implica hacer lo que les da la gana y, en efecto, se han burlado del pueblo y hasta de autoridades a las que se supondría que, por lo menos, tendrían algo de respeto bajo el principio de no leerse las manos entre gitanos, como cuando tildaron al gobernador de tibio y falto de aquéllos.
Parecía que reaccionarían cuando fueron duramente increpados por ciudadanos indignados en varias ocasiones, pero únicamente procedieron a “jugarle al enmascarado”, llegando al extremo de alardear del abuso y del engaño con la tristemente célebre “ecuación corrupta”.
En suma, todo un catálogo de acciones turbias que hoy dejan seriamente vapuleado al congreso potosino. El cerrojazo ha sido el comportamiento demencial y violento cuando se reclama el último de sus atracos: la aprobación de cuentas públicas puestas en entredicho y que representan un monumento a la complicidad con tanta tranza institucionalizada que da harta pena ajena.
La prisa por saldar compromisos personales antes que lavarse la cara ha sido el colmo de un comportamiento que, insistimos, no sorprende pero es de tomar nota por el grado de descomposición a que se ha llegado. De tal suerte, la nueva legislatura tiene, de entrada, motivos y elementos para revisar buena parte de lo actuado por sus predecesores y corregir los entuertos si es el caso.
Una nueva correlación de fuerzas partidistas indica que sería posible contar con una orientación distinta en la representación popular potosina y, en verdad, es deseable que así ocurra, por lo menos para no seguir padeciendo el triste espectáculo de una clase política corrupta “ad nauseam”.
Finalmente, después del niño ahogado, aún pretenden estos diputados que ya se van tirar el agua sucia con todo y bañera, por lo que, para no variar, sugieren ya no autorizar el paso al recinto plenario del populacho que pudiera increparlos por tanto desatino y desparpajo, “argumentando” que otros son los violentos y ellos unos pobrecillos dizque representantes de los ciudadanos. Ante tanta “pendencia” desatada no queda más que pedirles que ya, que ya se vayan.

