Crónica de una procesión que no fue

No saben resucitar y salieron de casa. Se arriesgaron a pasar del cortejo procesional al cortejo fúnebre. Buscaron belleza y encontraron suciedad, aglomeraciones y riesgo de contagios.
La religión explica en sus escrituras que Jesucristo resucitó al tercer día, luego de ser crucificado junto con dos ladrones, acto que derivó en conmemoraciones como la Procesión del Silencio, ausente de las calles adoquinadas de San Luis Potosí desde 2020.
Cuando los epidemiólogos se dieron cuenta aquellos miles que llenaron las calles ya se habían salido de su crucero, sí, ese lugar de cuatro muros en el que cruzan para el cuarto, para la cocina, para el baño, para el patio, para la recámara…
Salieron y no precisamente por devoción religiosa, sino porque había que despabilarse y fingir que no hay semáforo de alerta.
Salieron de casa, mientras a 5 kilómetros del centro, en San Juan de Guadalupe recordaron al Cristo en casa. Sólo en la cabeza de los aventureros está saber si escogieron su camino al cielo, justo cuando se dispararon otra vez los contagios de coronavirus.
No encontraron ninguna de las 30 cofradías. Caminaron y se encontraron con otros imprudentes.
Lupita, la vendedora de periódicos de la Calle Morelos, nada más los contaba.
Ningún cofrade anduvo por las calles, no caminaron plañideras ni nazarenos, y sí en cambio peregrinos aerosoles que podrían salpicar coronavirus, y que en forma irresponsable, salieron a aumentar sus opciones de llevar un “souvenir” en los pulmones.
De poco sirvieron los anuncios del alza de contagios y las muertes. Prevaleció la esperanza de que la pandemia de México no llegue a sus hogares, y de amar al prójimo sin sacrificar los riesgos.
De Tradiciones Potosinas, el silencio se apropió del edificio de los organizadores de la Procesión. Sólo hubo una puerta cerrada, con la bendita agua regada por la calle, y con cargo de conciencia para el Interapas, que dejó un enorme agujero con un tubo roto de agua clara.
RUTA PROCESIONAL
El andar alegre de los niños que se divertían con los globos de la Plaza del Carmen, los murmullos de hermosas parejas jóvenes, el claxon ocasional de patrulleros que retiraban carros de doble fila, el ruido de un bar de terraza, las bocinas de una placita tecnológica y el guitarrero de algunos pacientes, sustituyeron la espera ansiosa del toque de puerta del arzobispo en el Templo del Carmen, para dejar salir a los simulados soldados romanos que iniciarían la Procesión del Silencio.
Ayer, la Plaza del Carmen estaba sucia, llena de hojarasca y papeles tirados. No había estaciones remotas de televisoras, ni vallas de contención, y por segunda vez desde 2020, ese sí, intenso tránsito vehicular. Nadie colocó miles de sillas. Tampoco bocinas. No pasearon los inspectores de Comercio, de Protección Civil tampoco.
EL CAMINO AL CIELO...
Ahí, justo donde un hombre y dos acompañantes esperaban el toque del Arzobispo, para salir del interior del Templo del Carmen y con ello iniciar la Procesión del Silencio, y dar paso a Federico Díaz Infante y los charros, el piso recién aseado que los potosinos y turistas vieron en 2019, ahora luce con manchas de alimentos derramados, excremento de paloma y mascotas domésticas, escurrimientos de grasa de los desagües del mismo edificio religioso, una puerta con barniz quemado por el sol, y hojas de jacaranda regadas, turistas que siguen rutas aparentemente sin rumbo, burbujas de jabón, un bar lleno a toda su capacidad, y negocios de artesanías repletos de turistas y curiosos.
Apareció grasa y restos de comida y basura por toda la ruta. El acceso de la ruta procesional por Manuel José Othón lucía con escurrimientos de agua, una vendedora ambulante y un triciclo atravesado en una banqueta, se escuchaba el pregonar de un limosnero en muletas y sin protección de cubrebocas que los turistas que en forma inconsciente escogieron su propio camino al cielo, esquivaron a como diera lugar, y el letrero que frecuentemente es letra muerta, de prohibición de estacionar vehículos en el barandal posterior a la catedral que permanecía cerrado.
A los lados de un alineador vial de color naranja, colocado frente a la puerta de la sacristía de la Catedral, ni el remedio separó a la mucha gente que se arriesgó sin cubrebocas, a creer que la vacuna ya terminó con la pandemia, a soñar que ya había segundas dosis, y que regresamos dos años atrás.
La caminata de la ruta continuó, en una Plaza de Armas también muy sucia, y en ella los organilleros, los camiones turísticos repletos de visitantes sin distancia, y para ellos, el riesgo de coronavirus, a la buena de las deidades producto de las creencias de los vacacionistas.
Si se encomendaron a ellas o no, es asunto suyo.
Hubo enormes costras de grasa frente a la Catedral y en la antigua casa del obispo Montes de Oca, el Palacio Municipal, papeles que volaban con el viento, un artista callejero pintado de color bronce y en el lado norte de la plaza, un tianguis ofrecía mercancías a los turistas, a los reunidos, a los que hacen fiestas, a los que no creen en el virus, a los que no les importa y a los que se fueron a amontonar, en el lugar de las sillas de Tradiciones Potosinas, ahora en el epicentro de las posibilidades de contagio, de gente que prefirió matar el tiempo en vacaciones.
Por igual convivieron los que no salen de casa, y los que han pasado el tiempo en balnearios y playas.
A pesar de la ausencia de sillas, en Manuel José Othón, Jardín Hidalgo, Carranza, Independencia, Galeana, Jardín Guerrero, Universidad y Villerías, eran frecuentes los tropezones de peatones, de aquellos que no resucitan y se arriesgan a dejar dolientes en su casa, contagiados u ofendidos por el coronavirus.
Son esos que fueron al centro a pasear y encontraron una zanja de reciente reparación de drenaje de Interapas, en el número 7 de Jardín Hidalgo, agujero entre cochambrosos adoquines.
Desde la plaza y hasta la calle Independencia, muros esquinas y arcos de edificio se convirtieron en mingitorios públicos. Algunas manchas llevan días en el centro. Hasta el Palacio de Gobierno la llevó.
La ruta procesional, de los confiados en la vacuna, aún sin haberla recibido, acompañó la calle de la entrada de la Procesión, que no ocurrió, a una Plaza de los Fundadores, delimitada por otras fachadas repletas de orina.
Ajenos al desorden, los tripulantes de una patrulla ubicada justo en el estacionamiento exclusivo del gobernador, la 2578, eran policías medio adormilados entre el basurero en la Calle Aldama, que rodaba como trotamundos hacia la calle Álvaro Obregón.
En Carranza y Aldama, los peatones pisaban baldosas rotas, encontraban pegatinas en muros y columnas de edificios, adoquines desprendidos, el olor del pan y el chocolate y un vendedor de ropa barata enfrente de conocida plaza comercial, marcas de orines en las columnas del edificio de arcos, el ruido del contacto de comales calientes con el agua y la superficie polvorienta del que será un nuevo restaurante, música pop de una tienda de ropa de moda.
En Independencia, calle sin mantenimiento, lució muy sucia, carros mal estacionados, bolardos dañados, adoquines desprendidos, trozos de vidrio regados frente a la Acción Católica, hojarasca abundante, cierre sorpresa de la calle Guerrero, enormes costras y abundantes chicles en el piso y más turistas, uno que por cierto, tropieza y se lastima un pie con una rejilla donde los propietarios de un inmueble retiraron una magnolia plantada en la reconstrucción de Independencia.
En Galeana, una calle limpia, fachadas despejadas de graffiti, y eso sí, muchos esperanzados en su resurrección o la de los suyos, paseando como en 2019.
El caso era pasear, y olvidarse de la alineación de sillas, las calles sin vehículos, las fachadas con adornos, los restaurantes llenos, los heraldos, los charros, la cofradía de Jesús Eucaristía para representar el jueves de Última Cena, las catorce estaciones del viacrucis, los cinco misterios dolorosos del Rosario, e imágenes religiosas, tales como la Santa Cruz, Nuestra Señora de la Soledad, Guadalupana y Franciscana, imágenes que sólo se mantienen en los recuerdos.
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