Los lavacarros, con la vida entre franelazos

Se pasan los días entre trapos, esponjas, jabón, cera y botes de agua

Los lavacarros, con la vida entre franelazos

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Franela, esponja, cepillo, jabón, cera y botes de agua son sus herramientas. La clientela se consigue de uno a uno, con frases como “pásele, jefe”, “¿le lavo el coche?”, o “venga, déjelo en este lugar, yo se lo cuido”. Son los lavacoches de la calle Arista esquina con Damián Carmona.

Son las ocho de la mañana y, como todos los días, ya están en esta calle los hermanos Romero Rangel quienes desde muy temprano llegan para comenzar a trabajar.

Alberto Rangel tiene 48 años de edad, a los 13 años se inició en el oficio, la necesidad de llevarles un pan a su familia de regreso a casa lo hace seguir trabajando con entusiasmo.
“Cada día es incierto, el clima influye mucho para el trabajo que hacemos, si llueve o si hace tierra nos amuela el día, no nos ayuda en nada a conseguir carros para poder lavar”.

La situación de Alberto es complicada pues su esposa tiene diabetes y no todo el medicamento lo puede cubrir el Seguro Popular. Eso lo preocupa, pero también lo impulsa a conseguir trabajo durante las ocho horas que permanece bajo el sol, pidiendo a Dios que sea un día bueno para ellos. Agradece a las personas que llegan a darle medicamentos, ropa y calzado porque saben de su situación y quieren ayudarlo.

Javier tiene 36 años y 16 años de trabajar junto a su hermano. Su sueño era ser veterinario, pero por circunstancias o como él lo llama “el destino” no pudo hacerlo, ya que la carrera se podía cursas solo en Zacatecas, que era lo más cercano para él.
Con el afán de conseguirlo acudió a la institución donde propuso estar dentro del plantel haciendo el aseo y ayudando después de clases a cambio de que la escuela sostuviera cubriera su inscripción. No corrió con suerte y tuvo que volver a la capital potosina a trabajar.

Su madre era empleada doméstica, ella les enseñó a trabajar duro por las fuertes necesidades que había en el hogar.

La familia de Javier se compone por su esposa y tres hijos que se encuentra en primaria y a los que les ha tratado de inculcar que el estudio abre muchas puertas.
“Yo trabajo por ellos para darles educación y hasta donde me alcance yo los voy a estar apoyando. Es difícil porque tenemos que pagar, luz, agua, renta y muchas veces no hay para darse un lujito de visitar alguna plaza comercial, pero tal vez para salir al parque y comprarles alguna paleta, sí hay”.

Javier tuvo distintos trabajos antes de ser lavacoches y a pesar de que él sí pudo estudiar hasta el nivel medio superior, dice que todos los trabajos, como el de obrero, es algo mal pagado. “Desafortunadamente los trabajos son así, no es suficiente, pero nos conformamos”.

A pesar de que las personas tienen un concepto erróneo de los lavacoches, Javier dice que no todos son iguales, a él le ha tocado pasar toda su vida en la calle y no por ello es vicioso, nunca ha pisado la cárcel y lavar coches es un trabajo honrado y prefiere mil veces seguir haciéndolo que robar.

“Es triste que las personas crean que este trabajo es para robarlos, pero es que todos buscamos la oportunidad de salir adelante de distintas maneras”.
Recuerda que en 2009, la presidencia municipal capitalina, “nos llevó presos a más de 60 compañeros lavacarros, sin justificación y nos cobró una fianza por dejarnos salir.

Pusimos una denuncia en la CEDH, ¿pero usted cree que nos iban hacer caso?, mejor la retiramos por miedo y precaución. Después mandaron decirnos que nos mandarían una despensa a manera de disculpa y hasta la fecha la seguimos esperando”.
Los hermanos Rangel tardan media hora en lavar un coche, labor por la que cobran entre 30 y 35 pesos. Dicen que lavan entre cinco y siete carros al día.

Toño, de 41 años de edad, estuvo diez años preso por varios delitos, entre ellos robar. En su estancia en la penitenciaría aprendió carpintería y fue lavaplatos. Su esposa lo esperó cinco años y luego decidió rehacer su vida. Su madre fue la única que lo acompañó en esta travesía.

Toño se dice arrepentido por los daños hechos. Su afición por la marihuana ha disminuido, pero no la ha podido dejar del todo. A veces lo hace por el simple vicio o para mantenerse despierto para trabajar. Dice que es desde los 12 años es consumidor.
A su edad dice estar ya muy grande para pisar nuevamente la cárcel y por ello ya no ha pensado volver robar.

Tiene 12 años de lavacoches sobre la calle Damián Carmona, lugar donde busca ganarse nuevamente la confianza de las personas. Sus botes de agua los consigue a dos pesos en los comercios cercanos. Él se mantiene en este trabajo desde las 10 de la mañana a las ocho de la noche, cobra por un coche 40 pesos y gana lo suficiente para costear su comida y…sus vicios.

“Al que bien trabaja bien le va, pero yo por haber estado en la cárcel y no haber estudiado no puedo pedir trabajo en la Zona Industrial, aunque en realidad es lo mismo, lo único que cambia son las prestaciones, pero se gana igual”.

A pesar de las largas jornadas en las que se encuentran los lavacoches diariamente en el Centro Histórico de la ciudad, hay conductores que los consideran aprovechados y oportunistas, pero para sus familias ellos son el pilar y los reconocen por ganarse su dinero bajo el sol, trabajando con esponjas, jabón, trapos y cera.