Los sonidos perdidos entre documentos

Desde hace más de una década Anastasia Krutitskaya realiza una labor casi detectivesca: hurgar entre archivos coloniales con la finalidad de hallar letras y partituras de lo que se cantaba en las ceremonias religiosas. La sociedad virreinal no era precisamente silenciosa

Es una duda que raramente debe venirle a la cabeza, pero ¿se ha preguntado qué música se escuchaba en la época de la Colonia? En el mundo virreinal ¿privaba el silencio? Tal parece que no y por lo menos para las ceremonias religiosas existía una amplia variedad de piezas músico-vocales, entre las que destacaban las “cantadas” y sobre todo los “villancicos”.
El rescate de este acervo cultural, del inventario de piezas religiosas y profanas que se interpretaban en ceremonias y festividades, ha sido la tarea que ha realizado —desde hace por lo menos diez años— Anastasia Krutitskaya, investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Escuela Nacional de Estudios Superiores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Unidad Morelia.
La investigadora vino a San Luis Potosí a ofrecer una conferencia sobre el tema en el Instituto de Investigaciones Humanísticas de la UASLP, ocasión en la que además presentó su libro “Villancicos que se cantaron en la Catedral de México (1693-1729)”, editado por la UNAM en este año.

La fuente casi inaccesible
En entrevista relacionada con su tarea se le preguntó a la investigadora sobre la dificultad de acceder al material para realizarla.
—Es una pregunta que surge con bastante frecuencia. Y bueno, la dificultad existe porque hay archivos que a la fecha están cerrados al público. Sobre todo cuando hablamos de los archivos eclesiásticos son privados y los responsables de los mismos pueden —porque están en su derecho— poner reglas de consulta. Hay lugares donde se abre el acceso y luego se cierra y ya no puedes seguir con la investigación.
También están los archivos de colecciones privadas. En los años cincuenta, cuando estaba vivo Menéndez Plancarte, él pudo consultar muchos papeles que estaban en estos fondos, pero ahora ya no se puede porque cuando mueren los dueños se vuelve mucho más complicado el acceso.
En contraparte, señala la investigadora, hay archivos que sí están abiertos al público y lo importante “es hacerles publicidad para contagiar a jóvenes investigadores, de esta vena casi policiaca de la búsqueda que es muy divertida también, aunque buscar fuentes es una tarea que requiere de tiempo y dedicación”.

En México es un lugar común hablar sobre la falta de una cultura respecto a la conservación de documentos, se le plantea.
—Sucede en todos los lugares del mundo. Puede contribuir la negligencia y la ignorancia, pero también hay que destacar que hay muchas personas que hacen el trabajo de rescate y de catalogación, por iniciativa muchas veces propia. Yo diría que está balanceado. Ya cuando comienzas a trabajar con archivos en volumen, se ve que se balancea la cosa. Yo no diría que es una tendencia totalizadora lo de la pérdida de documentos.

Al explicar qué es exactamente lo que ella busca, Krutitskaya señala que son las fuentes poético-musicales hispanoamericanas de los siglos XVI, XVII y XVIII. “Estas fuentes son de dos tipos generalmente. Por un lado están las partituras que se conservan en diversos archivos y por otro están los impresos, pliegos sueltos con las letras de los villancicos. Son impresos de pequeño calibre. También hay ‘cantadas’ de lo que se representaba en las catedrales de la Nueva España. De algunas no se conserva la música, pero sí los textos”, refiere.
Agrega que una especie de guía de búsqueda son los inventarios de “papeles de música” que se encuentran en conventos, pero principalmente en las catedrales. “En ellos no aparece ni la música, ni los textos salvo los primeros versos, pero eso nos permite sacar conclusiones sobre lo que se cantaba así como otras de carácter político-social”.
Menciona que existen además algunas recopilaciones, tanto manuscritas como impresas de obras de autores. Gracias a ellas se puede atribuir la autoría de villancicos a escritores como Fernán González de Eslava y evidentemente a Sor Juana Inés de la Cruz, quienes tienen muchos pliegos de villancicos impresos.
“Evidentemente eso no es todo, porque no se incluye la música de la vida cotidiana ni la música tradicional popular, sólo todo aquello que sí logró contenerse y se conservó”.
En un mundo en el que las modas musicales y de todo tipo se contagian en minutos, sorprende el hecho de que algo tan importante como la música religiosa no estuviera, por decirlo de alguna manera, “uniformada”.
“El repertorio varía mucho dependiendo del lugar. Digamos que en algunas catedrales se conservan principalmente los villancicos, pero en otros acervos, sobre todo en los colegios como el de Santa Rosa de Santa María en Morelia, se conservan también cantadas, tercetos, música para actos sacramentales y música para comedias con sus textos en español y ello amplía el campo de investigación de manera significativa”.

De qué hablamos cuando hablamos de villancico
Se le plantea a la investigadora que el término villancico remite irremediablemente a la celebración de Navidad.
Explica que el villancico es como el núcleo de su investigación y para saber qué es hay que remitirse a las fuentes renacentistas. “Tenemos que sumergirnos en los cancioneros donde aparecen los primeros villancicos que tienen lírica cancioneril. Estamos hablado desde el Renacimiento hasta el siglo XVII”.
Señala que hay villancicos profanos pero que tienen su forma específica: un estribillo y coplas de parámetros muy definidos.
Lo que sucede es que a finales del siglo XVI, desde mediados y hasta finales, el villancico llamado “cortés” entra al ámbito religioso, al ámbito de las festividades primero catedralicias y después a las conventuales y así es como se esparce por todo el mundo.
En la segunda mitad del siglo XVIII, dice, estos villancicos se cantaban durante los maitines sustituyendo a las antífonas y fue un recurso para atraer al público, a más oyentes a las celebraciones.
“Desde el punto de vista de la forma este villancico se va modificando. Sigue teniendo sus partes poéticamente hablando, estribillo y coplas, pero se transforman en otra cosa si se compara con el villancico cortés. Estos villancicos se cantaban efectivamente en las fiestas de Navidad, pero también en otras y su impresión la pagaban las fundaciones piadosas de cada iglesia que tenían que ver con cada ocasión”.
Señala que rápidamente el repertorio de las festividades se amplió. “Pongamos como caso la catedral de México. Ahí tenemos villancicos de Navidad, de San Pedro, para la fiesta de la Concepción, para Nuestra Señora de Guadalupe, para la Asunción. Ese repertorio era fijo y lo determinaba el ceremonial”.
Las letras se comenzaron a imprimir “porque tal parece que no se entendían nada. Los primeros pliegos que conocemos son de la primera mitad del siglo XVII, de 1611 de la Catedral de Sevilla”.
Señala que no se imprimían todos los textos, solo se escogían algunos porque la impresión era costosa y había que privilegiar los más importantes. “No estamos hablando de la importancia de la celebración, sino de la capacidad de organización de los cuerpos colegiados catedralicios que eran quienes aportaban los recursos”.
En cada lugar se cantaban cosas diferentes e incluso otras formas musicales en español que no son formalmente villancicos, “pero digamos que la palabra cubre toda esa gama”.
Resume así la especialista que al villancico se le podría definir por su forma literaria y por su forma musical, pero también por su función dentro de la Iglesia.

La decadencia
A principios del siglo XVIII, con la llegada de los borbones cambian las formas de manera significativa. Llega la oleada latinizante y la “cantada” comienza a competir con el villancico y aunque inicialmente conviven perfectamente, a finales del XVIII la práctica de lo “nuevo” se suspende para regresar a los maitines con sus antífonas, todo ello interpretado en latín.
“Se van suspendiendo paulatinamente esas prácticas y lo único que pervive son las pastorelas. Tenemos en el siglo XVIII villancicos de pastorelas, pero luego éstas se separan y funcionan de manera autónoma en las misas de aguinaldo”, señala.
Refiere que el villancico entró en la vida colonial por su inmediata asimilación en toda celebración, pero también tuvo que ver mucho la popularización de la imprenta a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII que fue cuando hubo mucha difusión mediante los cuadernos que ya eran accesibles para muchas personas. “Cuando hablamos del villancico colonial, estamos hablando de su función para festividades”.

Una labor interdisciplinaria
Anastasia Krutitskaya refiere que la labor de rescate de los villancicos había sido abordada sólo por musicólogos, abocados tanto a su identificación como en su interpretación y difusión.
“La fuente es un documento que necesita rescate y pasa por varias fases: documentación, catalogación y después nosotros, desde el campo filológico, hasta donde podemos realmente contribuir, nos quedamos en la parte de la edición especializada que muchas veces sólo les interesa a los especialistas”.
Los musicólogos, por su parte, “van hacia el paso siguiente que es la interpretación. Se toma el texto, la partitura y se difunde como parte del patrimonio cultural humano y esa es una labor muy importante”.
Advierte que toda investigación musicológica tiene que concluir con la interpretación, con el rescate del patrimonio antiguo y su inserción en la vida del escucha de la fuente rescatada.
“Esa es la razón por la cual en musicología pocas personas se dedican a las fuentes virreinales porque se requiere de muchísimo trabajo y desde la literatura somos realmente pocas las personas que nos dedicamos a esto. Hay clásicos de Sor Juana, pero ir a la parte musical y compaginarla con la parte literaria ya es otra cosa. Entonces, bueno, es un trabajo que hay que emprender y aquí estamos”.