COSAS DE AYER

Cuando era niña, me gustaba mucho dormir en la habitación de mis papás. Esa cama que era refugio... Anti pesadillas, anti estrés, carente de miedo y de temores. No sé, no sé, cómo podía un colchón ser tan maravilloso y mágico. El olor de las sábanas de esa cama... Mmmm ¿Les cuento? Olían al aroma del membrillo, algún cítrico atractivo y misterioso que mamá usaba para perfumar aquellas fundas blancas, ¡Tan blancas! Que al momento de pegar la cara en las almohadas, de inmediato te hacían soñar. Y luego cuando las plantas de tus pies tocaban la alfombra, era una caricia, en verdad era caminar entre las nubes, ese recubrimiento esponjocito que te daba un confort delicioso.
En esa habitación, arriba de la cabecera, había una virgen hermosísima.
Ella con su mirada todo el tiempo te cuidaba, y recuerdo más de alguna noche hincarme ante esta imagen para pedirle a la Virgen, a mi Mater querida, que destruyera el colegio, jajajaaaaa, se los jurito, pues eso le pedía yo al cielo porque no me gustaba ir a clases. Hoy imagino las carcajadas celestiales de allá arriba, al pedir eso. En la habitación de mis papás también se respiraba calma, ¿Han inhalado este aroma? Es una esencia, un bálsamo "salva vidas" una sustancia espléndida de paz. Esa calma que te acaricia el alma que solamente la transmiten los papás. Cerca de ellos nada pasa, nada. Aquellos años maravillosos en dónde teníamos el privilegio de dormir en medio de nuestros papás, murallas de protección, Titanes de amor... ¡Uy! Hoy sólo me quedan los recuerdos y al cerrar mis ojos, percibo de nuevo el olor a cítricos y me sorprende una lágrima rodando por mis mejillas y me fascina esta historia grabada en mi corazón.
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