2023, definir la sucesión
Estamos por iniciar el 2023, el año previo a la elección presidencial mexicana y, por tanto, el año clave en la definición de la sucesión en el máximo encargo público nacional. En sentido lógico cabe esperar una definición política anticipada que contemple unificar esfuerzos de distintos actores y grupos alrededor de quienes resultan ser los ungidos por las distintas fuerzas partidistas. Llegar al registro con una candidatura fortalecida en unidad política, resulta fundamental para enfilarse con éxito al proceso electoral. De lo contrario, el ejemplo más emblemático es el de la malograda candidatura de Luis Donaldo Colosio.
Jorge G. Castañeda publicó en 1999 el libro “La herencia, Arqueología de la sucesión presidencial en México”, conformado por entrevistas a expresidentes de México entre 1970 y 1994, esto es, a quienes fueron beneficiarios por los ritos y reglas no escritas del viejo sistema político de partido hegemónico pragmático (siguiendo la caracterización de Sartori). Como el mismo Castañeda lo advirtiera en esa publicación, se trataba de versiones personalísimas que hacían abstracción de cualquier otra situación ajena a los arreglos propios del PRI de ese tiempo, en que se le tenía como un partido de Estado, en el que, con todo el poder político de las “instituciones”, se imponía a quien garantizara la impunidad de los predecesores en el cargo.
Para muestra de lo anterior, basta el botón de lo dicho por Luis Echeverría en la entrevista correspondiente, cuando acepta que Jesús Reyes Heroles no tomó a bien que se precipitara la candidatura de José López Portillo antes de que se hubiera tenido listo el programa de gobierno; “fueron las circunstancias”, diría Echeverría… sus muy particulares circunstancias. No importaba el programa, pues. Castañeda termina por advertir que, en buena medida, la clave de la sucesión priísta en ese lapso, se caracterizaba por el descarte, es decir, por decantar la definición del personaje que mejor conviniera a los intereses del gobernante próximo a salir. En el caso de la definición de Zedillo como sustituto de Colosio, Salinas terminaría por sugerir que en el juego del descarte, fue lo menos peor que, en ese momento tenía al alcance de la mano. El tiempo le daría cierta razón porque Zedillo terminaría por brincarle y hasta orillarlo a que hiciera una peculiar huelga de hambre para deslindarse no sólo del “error de diciembre de 1994”, sino para curarse en salud por una decisión de la que se arrepentiría siempre.
A diferencia de Castañeda, en su libro “Los presidentes”, el periodista Julio Scherer se refirió, en la parte titulada “El juego de las sucesiones”, más que al personaje, a la obra política y sobre todo ética de varios expresidentes, empezando por el mismo Echeverría, al que nos recuerda, a diferencia de Castañeda, toda la responsabilidad histórica que tuvo en sucesos lamentables para el país, como la matanza estudiantil de Tlatelolco en 1968. O bien, la cínica frase de Carlos Salinas a Manuel Camacho cuando éste le preguntó sobre por qué no tuvo el entonces presidente la cortesía de avisarle que no sería él, Camacho, el favorecido por el dedazo presidencial, espetándole Salinas: “Es que el PRI no avisa”. En fin, lo que interesa destacar es que, en el juego de la sucesión presidencial, lo primero es distinguir dos planos de análisis: el sentido lógico y el sentido histórico de la definición.
En 2023 será posible advertir por dónde se va perfilando la definición de la sucesión y no terminará el año sin resolverse la interrogación. En todo caso, será una sucesión distinta a las demás, no sólo en sentido lógico porque se abre la posibilidad cierta de que una mujer pueda ser la que tenga mayor posibilidad, sino porque, en sentido histórico, se trata de la continuidad de un proyecto de transformación institucional que tendrá su primera prueba de consolidación.
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