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3 de enero de 1978

Por Yolanda Camacho Zapata

Enero 03, 2023 03:00 a.m.

A

Tres de enero de 1978. Yo tenía un año y seis meses y francamente, no me acuerdo de ningún detalle, pero fue martes. Lo sé porque ese día mi reinado terminó: mi hermana hizo su espectacular entrada en este mundo y según se atestigua en fotos, llegó siendo una bebé cachetona y con un único chino rebelde coronándole la cabeza.  Las crónicas de la época indican que yo quería tirarla a la basura y que me pasaba los días en una esquina, volteada hacia la pared como si estuviera castigada, llorando por mi trono perdido. Mi mamá, con una escuincla pequeña y una bebé que no sabía ni qué, se mortificaba al tener que atender a la nueva adquisición y lograr establecer algo de paz en la primogénita. 

Quienes diga que el amor de hermanos es instantáneo, sabrá de qué estarán hechos. Quienes automáticamente quisieron a sus hermanos y hermanas tienen toda mi admiración. Yo, a la mía, quería devolverla por donde vino. Luego, se convirtió en una bebé que se reía por cualquier bobada y que comía todo lo que le ponían enfrente y me empezó a caer simpaticona. Después, le encontré utilidad: ya tenía con quien entretenerme. Me fue cayendo mejorcito. Cuando la mandaron igual que yo a la escuela, no pude mas que solidarizarme: la pobre ingresaba al gremio de las obligaciones a temprana edad y ni ella ni yo podíamos hacer nada para evitarlo. Nada mejor que la solidaridad de clan en contra de las arbitrariedades de los adultos.  

Después descubrí que me preocupaba lo que le pasara: desde el jardín de niños demostró que no tenía pelos en la lengua y que le valía gorro el sistema de disciplina implementado meticulosamente por Raquel la directora, así que comenzaron a llamar a mi mamá para que pusiera en regla a su criatura, cosa ocurría como solo las madres mexicanas saben hacerlo, así que mi hermana conoció los castigos. Yo sufría porque la regañaran, pero al parecer a la escuincla le valía un soberano cacahuate. Me di cuenta que era mucho más voluntariosa que yo, mucho más arriesgada, mucho más plantada. También me di cuenta de que ya la quería. 

Con mi hermana aprendí que el mundo no giraba alrededor de mí. Nadie mejor que ella para enseñarme que la vida no se movía conforme a mi voluntad. Si en algún momento creí que yo era la mera mera petatera, ella me enseñó que en esta vida, había que conciliar. Mi hermana me enseñó a compartir todo: desde la atención de nuestros papás, hasta las cosas antojosas de comer, la ropa con la que nos vestimos, los programas de televisión, las fiestas infantiles, los juegos en el jardín. Mi hermana me enseñó a ponerme en mi lugar. Me enseñó a discutir y dar razones: ninguna pelea en mi vida ha sido tan buena como las que tuve con mi hermana cuando éramos niñas. ¡Cómo olvidar aquella vez que la saqué de quicio y me aventó su plato de sopa de letras caliente! Yo, en respuesta, le eché mi vaso con agua y las dos acabamos castigadas. Con nadie me he reído más a gusto que con mi hermana: cuando dormíamos en la misma recámara nos daban ataques de simpleza que eran imposibles de controlar. Mi mamá nos mandaba callar desde su cuarto y a nosotras, naturalmente, nos daba más risa. Esos mismos ataques nos daban en cualquier lugar: me acuerdo de un viaje en avión larguísimo que acabamos las dos llorando y con ganas de hacer pipí en un baño con una larga fila de españolas esperando entrar antes que nosotras. Mi hermana me enseñó a solidarizarme: con ella aprendí a hacernos fuertes con causas comunes, como ir al parejo en los regalos de navidad, pactando que cualquier dádiva o regalo, o era para las dos, o no era para ninguna. 

Mi hermana y yo somos diferentísimas: caras opuestas de la misma moneda. Creo que en lo único en lo que nos confundimos, es en la voz, que bien puede ser intercambiable, sobre todo cuando hablamos por teléfono. Aún así, siendo las dos adultas que hoy somos y sabiéndonos completamente distintas, nada resulta más reconfortante que la llamada que desde hace años nos hacemos todos los días por la mañana, a veces con mucho chisme por compartir, a veces sin mucho más que saber que estamos bien y que no hay novedades en el frente. 

Hoy se cumple un aniversario más de la pérdida de mi trono y uno más de haber ganado a la mejor compañera y cómplice que pude haber tenido. Hoy que cae otra vez en martes, decidí dedicarle estos renglones, porque aunque ella bien sabe que no suelo ser un dechado de ternura, sabe también que como Benedetti escribió: “el mundo y yo te queremos demasiado, pero siempre yo, un poquito más que el mundo.”

Y a usted, lectora, lector querido, le deseo que este 2023 venga cargado de hermanos y hermanas de sangre y elegidos, para que aprendamos juntos eso que sólo con ellos se aprende. Le abrazo con cariño.