6 de junio

Tenía que ser Felipe Calderón, el cuestionado personaje de un pasado no muy lejano -y de no muy gratos recuerdos que digamos-, quien anda como chivo en cristalería perorando que la elección de este 6 de junio será un volado entre dictadura y democracia, confundiendo no sólo los términos que marcan el debate de la circunstancia política en que estamos, sino predicando con el ejemplo aquel dictum que ordena quedarse callado cuando se ha representado lo mismo... "y copeteado" (diría el otro impresentable de Fox). Y es que, abusando de las libertades que, dice, está cercando el actual gobierno, sostiene Calderón, nomás por sus jaiboles, que si gana Morena el país será presa de una dictadura y, si pierde, entonces ganará la democracia.

El absurdo de tal maniqueísmo salta de inmediato, si se considera que un proceso electoral, por definición, es un mecanismo de legitimación del poder político que descansa en el consenso intersubjetivo y mayoritario del pueblo, más no en una decisión unipersonal. Más aún, si alguien podría (y debería) dar cuenta de un ejercicio arbitrario durante su mandato, con ribetes frecuentes de dictadorzuelo embozado, es precisamente Calderón, como cuando resolvió, precipitadamente, declarar hostilidades contra el crimen organizado, ante la urgente como peregrina idea de verse legitimado en un en-cargo del que se había beneficiado por un fraude comicial orquestado por su antecesor y variados poderes fácticos. 

     Calderón cumplió con lo que Carl Schmitt definió como "política del partisano"; esto es, agudizar y prolongar una suerte de guerra contra la delincuencia organizada, pero de manera tan irregular, que terminó por contaminar funciones policíacas con militares. Obsesionado por la noción de "enemigo absoluto", ha seguido empeñado en continuar, parafraseando a otro clásico (Clausewitz), esa idea de combatir al "otro" con... "la política por otros medios". La pretensión de regresar a la época en que la ley podría ser manipulada hasta como creación de una decisión extraordinaria es lo que quisiera alguien como Calderón, como para atreverse a plantear el momento político nacional como un dilema existencial entre amigos a su derecha y enemigos a su izquierda, a diestra y siniestra, pues.

     En contraste, si de volados se trata, habría que señalar a Calderón que no se trata de sufragar por una u otra opción a las que reduce su peculiar noción de "lo político", sino de tener claro que la construcción de la democracia es un proceso que no se agota en lo electoral, sino de permanente transformación institucional orientada por principios éticos que ya hemos comentado en este espacio, señaladamente los de afirmar la re-producción de la vida comunitaria, mediante un consenso equitativo, argumentado y simétrico de sus miembros, así como por la factibilidad que implica su concreción y puesta en marcha. De allí que, en la presente coyuntura electoral, buena parte de los candidatos refieran la necesidad de apoyar una salida adecuada a las secuelas que deja la crisis de salud pública suscitada, tomando en cuenta a la población afectada y apelando a la solidaridad institucional del actual gobierno federal.

     Así las cosas, el 6 de junio es oportunidad de reafirmar un modelo distinto de gobernar y representar la pluralidad de intereses de la sociedad mexicana, instaurado en 2018 después de una larga lucha por la dignidad y memoria de un pueblo cansado de tanta tranza, por lo que sorprende que sujetos como Calderón apenas se andan enterando de una transformación de la vida pública nacional que, con todo y sus bemoles, avanza. En esta coyuntura electoral, acudir a votar de manera libre, informada y con sentido ético de responsabilidad democrática es crucial, esto es, evaluando la variedad de valores que ofrecen los candidatos mediante los principios ya apuntados: ¿afirman una vida digna?, ¿coinciden con la diversidad de intereses sociales?, ¿son factibles o meras ocurrencias? Preguntas mínimas de una amplia muestra y no simples posturas cerradas como las del sujeto de marras.