Así pueden haberse dirigido a Don Alonso Quijano sus vecinos y amigos cuando, de armadura y a caballo, el hidalgo se lanzaba a correr el mundo, a desfacer agravios y a enderezar entuertos, en la inolvidable novela de Miguel de Cervantes, “El Ingenioso Hidalgo Don Quiote de la Mancha”.
De “Quijano” a “Quijote” hay, subyacente en el deseo de un nombre de mayor sentido épico, el perenne sentido de dejar atrás lo ordinario para ser el símbolo de la búsqueda de los ideales, fundamentalmente, de justicia. Recordemos aquello de “…por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.
El pasado viernes trece de septiembre, en las páginas del periódico Reforma, se publicó un texto de la autoría de Javier Quijano Baz, en el cual fustiga, sin dar nombres, a los abogados que, al grito de guerra de No Más Derroches, se han lanzado a los tribunales, levantando las banderas de la ley y el derecho para desfacer los agravios y enderezar los entuertos que López y sus ad lateres han hecho la cotidianidad en México, cancelando programas sociales, aeropuertos y lo que les resulte apetecible para luego reencausar el producto de sus andanzas a pavimentar el camino a la dictadura.
Cuestiona Quijano ¿qué puede mover a un abogado a buscar indiscriminadamente a quien esté dispuesto a decir que tiene un interés en suspender el aeropuerto de Santa Lucía, para patrocinarlo gratuitamente?
Dice Quijano, ya no con interrogaciones sino con afirmación pura y dura que el propósito de esos abogados es buscar, donde fuere y como fuere a quienes estén dispuestos a aceptar sus servicios profesionales para multiplicar la clientela y plantear por docenas demandas de amparo a diestra y siniestra con el mismo designio.
El cinco de julio de dos mil dieciocho el periódico Milenio dio cuenta de la visita de Quijano Baz al entonces López, ganador electoral y hoy Presidente; a pregunta expresa dijo ser consejero del tabasqueño y expresó su voluntad de servirlo, “estaré a las órdenes, nada más”. Se ve que ese estrecho vínculo, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos pero que aflora visiblemente cuando Quijano fue abogado de López en el desafuero por violar una suspensión en un juicio de amparo, subsiste, por lo menos en la fidelidad periodística de quien aventura opiniones como la publicada en Reforma. Faltaría saber, porque no lo sé, si además extiende sus consejos para combatir a los antiderroches, supongo gratuitamente. Así, al pie del texto de Quijano Baz, en lugar de decir “El autor es abogado”, debiera decir “El autor es abogado del Presidente”. Hubiera sido un buen detalle hacerle saber al lector que tampoco el columnista es puro y aséptico.
Parece que a Quijano, expresidente de barras y colegios de abogados, no le gusta que existan profesionales del derecho que se lancen, con el concepto de “interés legítimo” en la mano, a causar problemas a su amigo López. Parece también que le falla un poco la memoria, cuando no recuerda que, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de Legislación y Jurisprudencia en dos mil catorce: “La independencia de la abogacía constituye una garantía esencial para la promoción y protección de los derechos del hombre y una garantía fundamental para de la independencia de la judicatura”. Tal vez a Quijano Baz realmente no le gusten los abogados independientes.
A mí, en lo personal, me gusta que se alcen esas voces, que se lleven esos asuntos a los tribunales y que no sean los dogmas sino los argumentos, los que sostengan al Estado. Me gusta la gente que, como escribió Mario Benedetti: “…vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad. Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien se permite huir de los consejos sensatos dejando las soluciones en manos de nuestro padre Dios”.
Claras las fidelidades, ¿qué otro propósito podrá tener la columna de Quijano que abrir un frente en contra de quienes han alzado la voz en los tribunales contra la degradación cotidiana que se hace de nuestras instituciones, de nuestro país? ¿Qué fines persigue este abogado que se ha decidido a esgrimir la pluma para cuestionar a quienes cuestionan a quien el considera incuestionable? Recordemos sus palabras al diario Milenio en aquel julio de 2018, al referirse a López: “imagínese nada más qué asunto, la Presidencia de la República con la mayor votación de la historia ¿qué maravilla no?” Esto puede consultarse en la página https://www.milenio.com/politica/ex-colaboradores-ofrecen-su-ayuda-a-amlo-para-la-transicion
¿A dónde conduce su comentario de que “no corresponde a la dignidad de la abogacía salir a la caza o a la pesca de incautos a quienes se pueda patrocinar”, con lo cual ya califica a priori a quienes deciden defender sus derechos? ¿A dónde se dirigen los esfuerzos de tratar de acallar las voces que se levantan contra la arbitrariedad, haciendo uso del amparo, precisamente en los términos que lo establece la Constitución, que incluye el interés legítimo como una forma de justificar la instancia judicial? ¿A dónde pretende llegar?
¿A dónde, Quijano, vas?

