A los ferrocarrileros en su día
Cada 7 de noviembre en México conmemoramos el Día del Ferrocarrilero, esto en memoria de la heróica acción que realizara el maquinista Jesús García Corona, quien, en el año de 1907 evitó una catástrofe de enormes magnitudes en el pueblo de Nacozari, Sonora, cuando tomó la decisión de descarrilar el tren que conducía, el cual se encontraba cargado con diez toneladas de pólvora que estaban a punto de explotar por un incendio al interior, Jesús García al percatarse de ello, desvió el curso de su máquina hacia el monte, no sin antes pedir a su tripulación que saltara, para finalmente dirigirse hacia su fatal pero heróico destino salvando la vida de miles de personas a cambio de la suya, con su sacrificio, Jesús García Corona pasó a los anales de la historia mexicana como el “Héroe de Nacozari”, y así se le recuerda desde 1935, cuando el presidente General Lázaro Cárdenas del Río decretó esta fecha en su honor como el día de todos los trabajadores de la industria ferrocarrilera.
Por eso, he querido dedicar esta columna a todos los trabajadores ferrocarrileros, pero especialmente a los potosinos, no sólo por el orgullo de ser nieto de un maquinista a quien la vida no me permitió conocer y quien también perdiera la vida en un fatal accidente en el año de 1952, sino por la importancia que tuvo el ferrocarril en el desarrollo económico, político y social de nuestro San Luis de la Patria en la segunda mitad del siglo XIX y durante casi siete décadas del siglo XX.
No podríamos entender nuestro San Luis sin los trenes cruzando la ciudad en la majestuosa y hoy vieja estación cercana a la Alameda Juan Sarabia, los Barrios de San Sebastián y Montecillo llenos de vida por el andar de maquinistas, operadores, fogoneros y demás personal que laboraba en una industria que llenó de vida y también de riqueza a nuestra Ciudad. Las llegadas y salidas a Tampico, Monterrey y la Ciudad de México, pasando por las estaciones de Ventura, Cerritos, Vanegas, Cárdenas y Chirimoya en el vecino Guanajuato.
De aquellos Ferrocarriles Nacionales de México hoy quedan sólo recuerdos, algunos de sus trabajadores se sientan con nostalgia en las bancas de la alameda a fumar un cigarrillo y recordar las buenas épocas donde la estación del tren, la vieja y la nueva hoy convertida en un hermoso museo, estaban llenas de viajeros que esperaban con ansia en los andenes y que decir de las familias quienes, en llegada o depedida se fundían en abrazos.
La máquinita negra de la alameda, es testigo mudo de un San Luis y un Mexico que ya no existe, que fue consumido por la modernidad de la velocidad de aviones y automóviles, que ha olvidado de a poco el andar cadencioso del tren de pasajeros, donde los viajes lentos eran un llamado a la reflexión, a la charla y al buen ocio, al tiempo que se admiraban hermosos paisajes.
De aquellos ferrocarriles hoy sólo nos quedan los de la industria y el transporte de mercancías, en la que ahora el viaje es un drama humanitario, que pasó de ser tren para convertirse en bestia, ya no hay paradas establecidas ni despedidas amorosas, ahora el descenso es abrupto y el destino final es el norte, con parada obligada en San Luis para descansar un poco de las heridas de viajar desde el sur, aliviadas tan sólo por la ayuda de personas buenas y desinteresadas como las que atienden en la Casa del Migrante.
Son los contrastes que ha dejado el tiempo, un ferrocarril que no ha parado de transitar por las vías desde hace más de un siglo, con un rostro distinto, pero eso sí, siempre que existan rieles y durmientes la máquina continuará pitando.
A la memoria del abuelo Bernardo Espinosa Arias y a sus hijos todos, orgullosos ferrocarrileros.
Excelente lunes.
Los sigo leyendo en este correo:
jorgeandres7826@hotmail.com.
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