Adiós a la trova

La trova ya no es lo mío. En algún momento la mejor manera de decir lo que no se podía o que se destapara lo que sentía, fluía a través de los acordes de una guitarra bajo el tono de voz vidrioso de un trovador con  finta  de hippie. Había canciones que alcanzaban el grado de himnos. Cantar "Coincidir," por ejemplo, era obligado porque mostraba un camino probado al éxtasis. Era inevitable caer en la seductora idea de que bajo algún plan cósmico, dos personas se encontraran en el universo. Nada mejor para hacernos sentir especiales que asumirse como personaje protagónico de una historia de amor escrita directamente por los dedos del cosmos. 

En ese entonces, creíamos que el amor de juventud era el bueno, el único, el eterno. Y en cierto sentido, lo era. Recuerdo amigos duros de roer soltando lágrimas discretas (en ese entonces llorar no era de hombres) ante los acordes de "No me pidas ser tu amigo." Las hormonas se aceleraban ante el inicio irreverente de "Te sorprendí a través del cristal de la bañera," y en ese momento todos podíamos ver el vapor que salía del cuerpo del lujurioso del momento, que, bueno, en realidad éramos todos. El adolescente que esté libre de pecado, que arroje el primer condón. 

Cantábamos sobre amor y desamor carnal, pero también por las utopías de la patria. "La Masa", "Hoy hace un buen día", eran anhelos sobre un pueblo que bien a bien no conocíamos. Protestábamos al son de "La exiliada" y clamábamos contra injusticias que no entendíamos, pero intuíamos, porque la patria era todavía un ente etéreo; de fulgor abstracto e inasible, como escribió José Emilio Pacheco. Y aun así, sentíamos que la teníamos para nosotros. Éramos sus paladines, sus defensores, su esperanza. Nosotros íbamos a arreglar lo que nuestros padres habían descompuesto, compondríamos cantos sobre ello para que después otros cantaran sobre nosotros. Los trovadores entonces eran nuestros profetas, nuestros oráculos, la voz de nuestros sueños por cumplir. 

Hace poco vi a un hombre de mi edad, un cuarentón bien plantado y con la vida hecha. Cantaba con el mismo arrebato sentimental con que le vi cantar hace más de veinte años, frente al fuego donde jóvenes como éramos, poníamos a templar nuestros futuros al son de la trova.  Pedía una y otra melodía en un arrebato casi místico. Entonces, me di cuenta que para mí aquellas notas ya no significaban otra cosa mas que un recuerdo dulce, pero que no representaban en nada a la que soy ahora. De hecho, acababa de comentar con el cariño de amores pasados, que la melodía era repetitiva, la letra llena de lugares comunes y, bueno, las rimas forzadas. Y aún así, las estaba disfrutando como quien disfruta ver la foto de su primer cumpleaños soplando una velita encendida sobre un pastel adornado con conejos.

Quizá sea porque ahora, a la mitad de la vida, me intriga el anclaje al pasado y la obsesión casi compulsiva por decir que tiempos pasados fueron mejores, que éramos felices y no lo sabíamos. Tal vez sea por eso que me la estoy pasando mejor hoy, porque la edad me ha hecho reconocer perfectamente cuando soy feliz al momento. También cuando no lo soy. Ventajas del paso del tiempo: a uno se le quita el gusto por la trova, pero quedan a cambio las perfectas notas del presente.