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Amanecer en blanco

Por Marta Ocaña

Octubre 05, 2022 03:00 a.m.

A

Hagamos un ejercicio de imaginación:

¿Cómo sería que un día amaneciéramos sin noticias?

Los diarios locales en blanco, los noticieros electrónicos en silencio, las redes sin chismorreo político, los columnistas como de vacaciones, los comentaristas de espectáculos y cotorreo de la farándula viéndose las caras mudas. En fin, cero contenidos de los cuales hacer noticia o amarillismo. Ningún asalto, ningún arreglo en lo oscurito, ausencia total de personajes evadiendo la ley, el presidente bien portadito, los militares en los cuarteles y los cárteles construyendo casas en lugar de levantar laboratorios para maquilar fentanilos de última generación.

El zócalo y las plazas del planeta sin protestas, los políticos dejando la retórica y despiertos en sus curules:  atentos y educados, sin interrumpir, sin vituperios, sin chapulinazos. Las finanzas en su lugar, la inflación a la baja, los empleos al alza, la educación en manos de profesionales de verdad y los jóvenes realmente construyendo su futuro en lugar de demolerlo anticipadamente.

Sería un mundo que se habría dado la oportunidad de renovarse: de evitar la extinción de las especies que ya vislumbran su triste desaparición. Un mundo sin basura ni plástico en los mares o ríos; sin punchis punchis de los vecinos; con comida chatarra solo como piezas de colección en “los museos de las ocurrencias más estúpidas de la humanidad”.

Qué tal si amaneciéramos sin machismo y sin necesidad de feminismo: un mundo inclusivo y tolerante en el cual todas las especies de humanos que han florecido en los últimos tiempos tuvieran lugar y nombre sin necesidad de destrozar el vocabulario con la ingenua intención de clasificarnos en una tabla biológica de rarezas que tienden a la autodestrucción debido a una epidemia de megalomanía, envidia, avaricia, aderezada de cinismo galopante exhibido en la propaganda política disfrazada de información.

Qué tal que despertáramos con salarios justos y caravanas de migrantes de regreso a sus países, madres o padres solteros por libre elección, pero no por abandono, violación o viudez forzada. O con adultos mayores participando en la renovación de sus comunidades, compartiendo sus experiencias ante ojos y oídos atentos e interesados y no aburridos frente a la pantalla del último gadget.

Me gustaría imaginar que no necesitamos anhelar un mundo mejor porque ya somos mejores: mejores en calidad humana y no en Producto Interno Bruto ni en producción de derivados del petróleo, o como productores de gases contaminantes, o de número de personas en pobreza, de analfabetos, de nula posibilidad de movilidad social.

Y lo mejor: qué tal que hubiera un día de fin de sexenio o administración en que los políticos -desde los de arriba hasta los de abajo- nos contaran la verdad. O todavía mejor: que se dedicaran a hacer lo que prometieron, mas limpiamente sin nexos oscuros, o concursos disfrazados, compras fantasmas, obras terminadas como Dios manda y un sinfín de temas que son atendidos cada vez, como quien pinta para tapar una mancha: “nomás por encimita”

Podría imaginar que, a fuerza de terquearle a la idea de un mundo mejor, chance y le empecemos a dar forma. Pero si seguimos en la inercia del lamento como frase hecha, o de la inacción como lugar común, lo que podremos esperar no es más de lo mismo, sino lo peor de lo mismo.

Hoy quería escribir una página en blanco para descansar la mente de la agenda que manda el comandante de las fuerzas armadas en su monólogo matutino, pero al parecer me quedé en el intento. 

Yo quiero dejar de escribir de “lo mismo “y espero un día dejar este tono, y más aún, sobre todo deseo que escribir no sea lo único que yo pueda hacer para contribuir a mejorar nuestro entorno, nuestra comunidad y nuestro mundo. Y si usted ya encontró la forma, por favor compártala: pero por favor sin militares incluidos.