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Amo el fuego

Por Jorge Chessal Palau

Marzo 01, 2021 03:00 a.m.

A

Enfrentados por las duras críticas que el monje dirigía contra el gobernante florentino, se dice que el ocho de abril de mil cuatrocientos noventa y dos, en el lecho de muerte, Lorenzo de Medici, El Magnífico, llamó al prior del convento de San Marcos, Girolamo Savonarola, para que le diera la extremaunción y absolución de sus pecados. 

Sobre esto escribe Alejandro Dumas (padre) en su novela Los Borgia, en el primer capítulo, dando cuenta del diálogo entre el moribundo y el religioso: “Lorenzo, con acento de duda, articuló esta pregunta: — ¿Y creéis, padre mío, que Dios me perdonará mis pecados y mis crímenes? —Todo te será perdonado — dijo Savonarola, — pero bajo tres condiciones. — ¿Cuáles? — preguntó el moribundo. -—La primera — indicó Savonarola, — es que has de sentir una fe ciega en el poder y en la misericordia de Dios. — ¡Padre mío — repuso Lorenzo, con vivacidad, — esa fe la siento en lo más profundo de mi corazón! —La segunda—prosiguió el fraile,—es que has de devolver todo lo que has confiscado y retenido injustamente. — ¿Tendré tiempo para eso, padre? —Dios te lo dará—replicó el fraile. Lorenzo cerró los ojos, como para reflexionar; después, tras un instante de silencio, respondió: —Sí, padre mío, lo haré. —La tercera — continuó Savonarola, — es que has de devolver a la República su antigua independencia y su legendaria libertad. Lorenzo, con un movimiento convulsivo, se irguió sobre la cama, interrogando con sus ojos los del dominico, como para convencerse de que había entendido bien. Savonarola repitió las mismas palabras. —¡Jamás, jamás! — exclamó Lorenzo, cayendo nuevamente sobre su lecho y sacudiendo la cabeza. […] ¡Queréis, padre, que en mi lecho de muerte me despoje del poder que ha formado la gloria de toda mi vida! — exclamó Lorenzo de Mediéis.. —No soy yo; es el Señor quien lo quiere — respondió fríamente Savonarola. — ¡Imposible! ¡Imposible! — murmuró Lorenzo.. — ¡Entonces, muere como has vivido — exclamo el dominico — en medio de tus cortesanos y tus aduladores y que se encarguen ellos de perder tu alma como han perdido tu cuerpo! Y, dichas estas palabras, el austero dominico, sin escuchar los gritos del moribundo, abandonó la habitación con la misma expresión y el mismo paso con que había entrado […]”.

Por su parte, otro gran escritor, Thomas Mann, dedica a ese momento su obra de teatro Fiorenza, en la que al final, cuando se va a retirar Savonarola, Lorenzo exclama sus últimas palabras, completamente exaltado: “¡Ah, monstruo! ¡Monstruo de maldad! ¡Me vas a ver fuerte y despiadado! (Apoyado en los brazos del sillón, erguido sobre el asiento, grita): ¡A mí! ¡Vengan! ¡Vengan! ¡Préndanlo! ¡Atenlo! ¡Quiere romper las grandes alas! ¡Al calabozo! ¡A las cadenas! ¡Ala fosa de los leones! ¡Mátenlo, maten a quien quiere matarlo todo! ¡Florencia es mía! ¡Florencia! ¡Florencia!”. 

Llegan noticias en ese momento que los partidarios de Savonarola han tomado las calles, temiendo que haya sido detenido por los allegados a Lorenzo. El monje se dispone a salir, cuando Fiore, la amante de Lorenzo, le lanza una invectiva: “Entonces, escucha. ¡Retírate! ¡El fuego que has desencadenado te consumirá para purificarte y purificar al mundo de ti! ¡Si tienes miedo, renuncia! ¡Deja de querer, en lugar de querer el exterminio! ¡Abandona el poder! ¡Renuncia! ¡Sé un monje!”, a lo que el religioso contesta con la frase que da título a esta columna: “Amo el fuego”.

Así los políticos: ni Lorenzo decide renunciar al poder, como una forma de redención, ni tampoco Savonarola quiere volver a los valores que le animaron a tomar el hábito y la vida religiosa.

Por encima de las necesidades del pueblo, de sus aspiraciones y anhelos, imponen sus agendas, sin que la división enconada de la población entre “buenos” y “malos”, entre “ellos” y “nosotros” les importe; desde el alto pedestal de su soberbia se consideran salvadores de almas, de vidas, y ni por un momento reparan en las consecuencias de sus acciones. Aman el fuego.

@jchessal