Ansiedad climática
Vivimos un momento en que la conciencia ecológica deja de ser un lujo intelectual para convertirse en una experiencia visceral y cotidiana. No se trata de una moda o una emoción pasajera, sino de una respuesta profunda de millones de personas ante la percepción —justificada— de que nuestros líderes no actúan con la urgencia que demanda la crisis climática.
Este fenómeno tiene nombre: ansiedad climática, o eco-ansiedad, y no es un trastorno menor ni un capricho juvenil, sino una reacción psicológica genuina ante el deterioro acelerado del mundo en que vivimos y la incertidumbre sobre lo que viene.
Investigaciones y editoriales de organismos como National Geographic muestran cómo esta ansiedad no es algo marginal sino un sentimiento compartido, sobre todo entre generaciones que han visto cómo sus condiciones de vida, su futuro y sus decisiones más íntimas —desde dónde vivir hasta si tener hijos— quedan condicionadas por un clima cada vez más hostil. Miles de jóvenes sienten que la inacción de los poderosos ante el cambio climático es una traición generacional; que su angustia no solo es personal, sino política.
Este fenómeno —esa mezcla de miedo, indignación y deseo de hacer algo significativo— choca frontalmente con la respuesta institucional que vemos en México y especialmente en San Luis Potosí: una tendencia creciente a descalificar, minimizar o incluso perseguir a quienes alzan la voz. No es casualidad que el discurso dominante ante la crítica ambiental sea, a menudo, uno que intenta reducir al defensor climático a una molestia, cuando no a un enemigo del "desarrollo" o integrante de "la herencia maldita", cuando la realidad es que ese defensor está expresando un sentir que cada vez comparte una parte mayor de la población.
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En términos jurídicos, criminalizar el ejercicio de la crítica pública —ya sea mediante estigmatización, fiscalización política o presiones administrativas— no solo vulnera derechos fundamentales como la libertad de expresión, sino que estigmatiza una respuesta social legítima ante un problema que ya no es futuro: es presente. La Constitución protege el derecho a disentir y a exigir rendición de cuentas a las autoridades. Los estándares internacionales de derechos humanos subrayan la protección reforzada a defensores ambientales y sociales frente a la intimidación o la represión.
Pero va más allá: cuando un gobierno o una administración pública responde a la ansiedad climática con silenciamiento o descalificación, está haciendo dos cosas a la vez: Minimizando la legítima preocupación ciudadana frente a una crisis que interroga la propia viabilidad de nuestras comunidades y nuestro entorno; Deteriorando la confianza en las instituciones encargadas de proteger derechos humanos y bienes comunes, al mostrar que la reacción oficial ante reclamos por inacción es el descrédito, no la deliberación ni la acción.
Ese choque entre la angustia colectiva por el clima y la respuesta represiva al defensor es el síntoma de una crisis más profunda: una crisis democrática donde la ciudadanía no solo demanda políticas climáticas eficaces, sino que exige ser escuchada sin ser criminalizada. La ansiedad climática —ese miedo compartido al porvenir— no es un error del activismo; es un espejo de la falla estatal: no estamos ante un problema individual de salud mental, sino ante una falla estructural en la gobernanza climática.
Y ahí está el corazón del conflicto: la ansiedad climática no se supera con consuelo psicológico; se supera con acciones políticas creíbles, transparencia, rendición de cuentas y espacios reales de participación ciudadana. Intentar suprimir la voz de quien expresa esa ansiedad política es, en el fondo, negar el dolor de quienes ven cómo sus derechos se erosionan sin respuesta estatal suficiente.
Defender el clima no es un acto de confrontación arbitraria; es un ejercicio razonado de derechos constitucionales e internacionales frente a una crisis de proporciones históricas.
El defensor climático no provoca la crisis. Solo está diciendo lo que muchos sienten, ven y no pueden ni deben ignorar. Y cualquier Estado que ataque esa voz, lejos de silenciar un malestar psicológico inexistente, revela su miedo a ser juzgado por la historia y por la ley.
Delirium Tremens.- La ansiedad climática no es exageración; es conciencia. Cuando casi 10,000 personas han firmado en Change.org para defender al Parque Tangamanga, no estamos ante un capricho: estamos ante una ciudadanía que exige legalidad, transparencia y respeto al medio ambiente. Nos vemos este domingo a las 10:00 a.m. en el Parque Tangamanga. Vamos a documentar. Vamos a observar. Vamos a exigir claridad. Defender un parque no es radicalismo. Es sentido común.
@luisglozano



