“¿Sabes qué se me antoja?”. Esa pregunta le hizo el joven esposo a su mujercita al llegar al restorán. “Sí sé -contestó ella-. Pero espera a que estemos en la casa”… Una corista de Las Vegas le contó a su compañera: “Ando con un petrolero texano. Es tan rico que tiene una avioneta, y él mismo la vuela”. Dijo la otra: “Cualquiera puede tener una avioneta y volarla él mismo”. Replicó la corista: “¿En la sala de su casa?”… Don Cornulio presentó una queja en la línea aérea: “Deben ustedes tener mayor cuidado con el manejo de equipajes. Mi esposa viajó a San Luis a la reunión de su colegio, y su maleta trae etiqueta de Cancún”… El jefe de policía fue al convento de las Madres Pías, pues una noche antes un grupo de maleantes había entrado en el claustro. “Nos quitaron el poco dinero que teníamos” -le informó la superiora. “Y nos querían comer” -añadió sor Dina, anciana religiosa. “También se llevaron los cálices y candelabros” -dijo la superiora. “Y nos querían comer” -repitió sor Dina. Prosiguió la reverenda: “Se robaron igualmente los ornamentos de la capilla”. “Y nos querían comer” -volvió a decir sor Dina. “A ver -interrumpió el jenízaro, extrañado-. ¿Cómo está eso de que se las querían comer?”. “Sí -confirmó sor Dina-. Oí que uno de los bandidos le dijo a otro: ‘Y después que acabemos de robarlas nos las echaremos al plato’”… Suspiró una casada: “¡Cómo me gustaría tener seis hijos!”. Opinó otra: “¿No te parecen demasiados?”. Suspiró con más hondura la casada: “Es que tengo 12”… Don Etilio Catacepas era un sapiente enólogo. De él se decía que su olfato y su lengua eran tan finos que con ellos podía identificar cualquier vino y determinar su edad con precisión. Cierto viticultor le ofreció una copa de tinto a fin de probar su habilidad. Catacepas aspiró el aroma del vino, le dio un pequeño sorbo y dictaminó sin vacilar: “Mariquilla. 18 años”. “Falló usted -lo corrigió el de la bodega-. Es un tempranillo de dos años”. “No -aclaró don Etilio-. Yo me refiero a la muchacha que pisó la uva en el lagar”... Doña Macalota, la esposa de don Chinguetas, asistió con sus amigas a la merienda de los jueves. Terminado el ambigú una de las señoras anunció: “Me voy a mi casa. La muchacha de servicio sale hoy, y debo ir a cuidar a los hijos y a mi esposo”. “Yo también me retiro-dijo doña Macalota-. Los hijos salen hoy, y debo ir a cuidar a mi esposo y a la muchacha de servicio”… Aplaudo a López Obrador -con las dos manos para mayor efecto- por haber hecho que el Grito de Independencia en la emblemática iglesia de Dolores lo diera una mujer. Atinada disposición fue ésa, y de mucho simbolismo en este tiempo en que las mujeres no sólo siguen sufriendo inequidad y discriminación, sino ahora también violencia y muerte. Alabo la atinada decisión del Presidente, que en la persona de una mujer, la señora Sánchez Cordero, las reconoció y honró a todas… Kid Groggo, boxeador cuyos mejores años habían pasado ya, le preguntó en la esquina del ring a su manejador: “¿En qué round vamos?”. Le contestó el mánager: “Cuando suene la campana empezará el primero”... Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Le dijo a su compadre: “Le tengo una mala noticia, compadrito. Su esposa, mi comadre, actúa completamente desnuda en un table dance”. “No puede ser” -palideció el otro. “Si no me cree -declaró Capronio- vamos esta noche al antro y la verá”. Allá, en efecto, fueron. Apenas habían ocupado su mesa cuando apareció en escena una mujer con antifaz. El compadre vaciló: “Así con antifaz no reconozco a mi señora”. Dijo Capronio: “Espere a que se quite la ropa. Entonces la reconoceremos los dos”. FIN.
MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
John Dee pasó la vida entre sus filosofías.
Así, entre sus filosofías se le pasó la vida.
Un día se percató de que no había vivido.
Pensó en lo mucho que perdió.
Perdió la buena mesa y el buen vino.
Perdió el disfrute cordial de los amigos.
Perdió, sobre todo, el mayor gozo y el goce mayor: la compañía de una mujer.
Y ni siquiera encontró lo que buscaba: la verdad.
Decidió por tanto ya no perder más.
Decidió hallarse.
Entonces empezó a vivir. Antes sólo había empezado a morir.
Supo apreciar y agradecer el pan y el vino.
Tuvo amigos, que son grande riqueza.
Sintió el amoroso amor de una mujer.
Cuando John Dee murió estaba vivo.
¡Hasta mañana!...
MANGANITAS.
Por AFA.
“. AMLO decidió que el Grito en Dolores Hidalgo lo diera una mujer..”.
En verdad lo felicito.
Eso se ha de agradecer,
pues ahora la mujer
está viviendo en un grito.

