Barco ventana
Desde hace casi dos años, prender la computadora para conectarse a dar clases resulta un momento de invocación casi mística. Se reza para que no se pierda la conexión de internet, que el audio funcione, que compartir pantalla no se vuelva en nuestra contra y que nadie grabe alguna imprudencia dicha por cualquiera. Ni hablar que se descubra que debajo de una camisa decente, están los pantalones de la pijama y pantuflas de peluche en forma de garras de león.
Es claro que en momentos donde se enfrentan diferencias, se asume con mayor naturalidad el sentido comunitario. Paradójicamente, la separación acarrea unión. Un pueblo, por ejemplo, jamás se siente más unido que cuando se encuentra amenazado por foráneos. La otredad nos regresa al vértice de aquello que una vez nos hizo reunirnos. En cierto sentido, la pandemia ha hecho algo similar. Detrás de las pantallitas en las que se encuentran los alumnos, está también una forma de convivencia que hace tiempo ni siquiera imaginábamos que pudiese existir. Se puede crear camaradería, generar conocimiento y encender sentimientos sin siquiera estar físicamente en el mismo espacio.
Sin embargo, las pantallas nos han recordado aquello que la corrección política nos ha obligado a silenciar: no somos iguales, no tenemos las mismas condiciones, no estamos en el mismo barco. Navegaremos en el mismo mar, pero ciertamente no es lo mismo estar sobre una balsa, a veranear en yate de tres pisos con alberca integrada. Los salones de clase de la universidad nos posicionan a todos en el mismo escenario, al cobijo del mismo telón y bajo los mismos reflectores. Los espacios universitarios democratizan. Caminamos por los mismos pasillos, comemos la misma comida de las cafeterías, olemos los mismas cosas. La universidad nos pone en un plano de igualdad sin importar de donde vengamos.
En cambio, a pesar de la incuestionable ventaja que otorgan las redes cibernéticas (en la pandemia de la Gripe Española el año escolar se fue al diablo), se dejan entrever las diferencias. Las pantallitas acarrean consigo una intimidad forzada. Si no estuviéramos bajo estas condiciones, posiblemente nunca hubiésemos conocido la sala de la casa de los alumnos, las fotografías familiares colgadas en la pared, las mascotas que se sientan en el regazo a tomar clase con ellos. Las pantallas nos hacen asomarnos al mundo privado, íntimo, de quienes toman y reciben clase. Entonces, nos damos cuenta que hay quienes escuchan la clase desde un celular que tiene como escenario la fonda familiar en el mercado, la muy humilde casa de aquella colonia en donde el silencio es un lujo porque cada segundo pasa un nuevo camión urbano o las casas en comunidades semi rurales “-Disculpe, maestra, es que el gallo amaneció loco y no hay manera de callarlo-“, me dijo un alumno. Y así, nadie se ha salvado de escuchar como trasfondo el regaño de la mamá hermano del que estaba en clase, el padre volviendo a casa y gritando “- Ya llegué, ¿estará la comida? Me tengo que regresar-“ Hemos visto también a aquellos que optan por fondos de pantalla impersonales, o difuminan su entorno para quedar ellos al centro, como una manifestación de claridad. Quizá todo a su alrededor sea quimera.
Como profesor, nunca se puede estar seguro de saber si detrás de esos pequeños círculos que revelan las iniciales de los alumnos o bien sus fotos enmarcadas, están realmente personas detrás poniendo atención a la clase. Posiblemente, no. Sin embargo, cuando una ventana se abre y en la pantalla se asoma la intimidad, lo único decente por hacer, es notar las diferencias y dejar de repetir el discurso del mismo barco, para en serio, tratar de navegar aguas profundas.
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