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Campanas al vuelo

Por Miguel Ángel Hernández Calvillo

Abril 26, 2022 03:00 a.m.

A

La oposición político-electoral en México anda desatada, pretendiendo desanudar los amarres de su propia inacción, apresurándose a considerar que pueden rondar la antesala del triunfo en la próxima contienda presidencial, al grado que hasta un excandidato presidencial (no es Donald Trump, que también busca llevar agua a su molino) que anda(ba) perdido, re-apareció haciendo circo, maroma y alharaca. El problema es que, aún con la suma de todos los partidos del “nuevo Pacto por México”, no lograron tener más votos que Morena y aliados en la Cámara de Diputados Federal, pero se han regodeado en festinar que pueden frenar los cambios sociales y, por eso, ciertamente, son conservadores aunque prediquen lo contrario. El problema fundamental para esa oposición política es que, fuera de la burbuja cameral, la base social sigue brillando por su ausencia.

Pero eso no es obstáculo para que la oposición política eche las campanas al vuelo. Obnubilados por el recuerdo de un disfrute impúdico del poder público, no se han preocupado de cuidar las formas básicas de la decencia política. Eso de llevar a un cabildero de una empresa extranjera (Enel Energía), interesada en impedir la reforma eléctrica, a ocupar una curul del poder legislativo para orientar, de cerca, las determinaciones de ciertos representantes populares que, se supone, representarían los intereses nacionales, es muestra clara de que no hay el mínimo pudor para ostentarse como personeros del capital privado y hacer sus enjuagues. Con la misma impudicia, una conocida legisladora no se excusó de participar en la votación, a pesar del claro conflicto de interés derivado de la relación de negocios de su esposo, Felipe Calderón, con una de esas empresas. 

Una Constitución, dicta el clásico texto de Ferdinad Lasalle, “es la suma de los factores reales de poder”. Por eso es política, pero sobre todo porque expresa principios políticos fundamentales consecuencia de luchas populares. Por supuesto que a los conservadores les molesta que el pueblo sea soberano, así sea de “algo”, como planteara de manera célebre el abate José Manuel Sieyés, el genio de la Revolución Francesa que puso en su justo sitio el peso de los votos por cabeza y no por estamento. Guardadas las proporciones, algo así, pero en sentido inverso, quisieran los cabilderos de grandes capitales depredadores, junto con sus domésticos personeros legisladores de “oposición”, capaces hasta de una peculiar réplica pero, también en sentido inverso, de aquel “juramento de la sala del juego de pelota”, y espetar algo así como “unidos hasta impedir que triunfe el pueblo en las elecciones para la presidencia de México”.

En fin, mientras que la oposición lanza sus campañas al vuelo, la izquierda muestra continuidad en la estrategia de mantener en movimiento a una amplia base social que, con todo, ha experimentado en una larga travesía que, a diferencia de la abstención que celebra la oposición “como si fuera una fuerza propia”, diría Fabrizio Mejía (“La Jornada”, 23 de abril de 2022), la participación popular recurrente es la posibilidad de evitar la regresión. Además, ese error de apreciación -y súbita renovación de la típica soberbia- de la oposición conduce a la manifestación de otro rasgo propio de sus cuadros burocráticos: el regocijo, advierte Mejía (Ibid.), de no representar a ciudadano alguno (los plurinominales), de tener “libertad” para meter manos y pies en favor de intereses sectarios, no nacionales, no patrióticos.