Ciudad inacabada
No se cuántos San Luis he conocido en estos 46 años, pero sé que esta ciudad en la que vivo no ha sido sólo una. El primer San Luis que recuerdo tenía globos. Globos que yo buscaba desde la camioneta donde nos sacaba los domingos mi abuelo a pasear. Trepaba abuela, niños y perro y nos enfilábamos hacia el centro. La travesía comenzaba en la cochera de su casa, debajo de las jacarandas que sembró mi bisabuela y que ahora ya no existen, igual que la casa, que también habita únicamente en mi memoria. Nos llevaba por Carranza. Desde ahí veíamos la Casa de la Cultura, la casa de los Vilet, la casa de los Rangel, la casa de los Guerra, la casa de los Rodríguez y las casa de tantas personas yo nunca conocí, pero que sonaban tan familiar, que parecía que fuésemos viejos amigos.
En algún lugar nos estacionábamos y entonces caminábamos. Caminábamos por Fundadores, luego la Plaza de Armas, pasábamos por San Francisco y de ahí al Carmen para acabar en la Alameda. Ahí, Casandra, la setter inglés de casa de mis abuelos, se daba vuelo corriendo hasta llegar a alguna fuente que tuviera agua y saltaba hasta dejar empapado su pelambre color terracota. Para entonces ya habíamos localizado al señor de los globos y mi abuelo nos dejaba escoger el que más nos gustaba. Mis favoritos eran los pulpos voladores, esos que hacen con dos tipos de globo, uno en forma de gota que simulaban la cabeza y otros con silueta de serpiente que formaban los tentáculos. Siempre pensaba que los pulpos no volaban, y por eso los escogía. Esa misma ruta la recorrimos corriendo mi hermana y yo cuando hubo disturbios en la Plaza de Armas y la puerta de Palacio Municipal acabó quemada. Estábamos asustadas y queríamos salir de ahí volando, como pulpos.
Otro San Luis apareció años adelante, cuando mi mamá y mi tía Irma nos llevaban en su Volkswagen amarillo a comprar uniformes y libros al centro, justo por estas épocas, en vísperas del regreso a clases. Me acuerdo del olor a los suéteres nuevos y del sonido de los espantosos zapatos cafés con suela de choclo del uniforme: clunch, clunch, clunch. Puedo ver todavía el piso de terrazo, ese blanco con puntitos negros que aún tienen algunos negocios de la calle Hidalgo.
Sin darme cuenta, la ciudad se volvió más grande cuando me hice adolescente y comencé a caminar sola, a usar camiones e ir de un lugar a otro con mis amigos. El camino de la escuela a casa se hizo los suficientemente amigable como para saludar a los empleados de las tiendas que pasaba, o reconocer a la señora que siempre salía en una bata de tela de sábana ligerita, blanca y con pequeñas florecitas, a regar la decena de macetas que tenía en la cochera de su casa. Fue hasta entonces que sentí a la ciudad un poco mía. Era como volver a ver a alguien que me habían presentado hacía mucho, pero que en realidad no conocía. Hasta que estuvimos ella y yo solas, nos hicimos amigas. Me supe el nombre de sus calles, horarios de los negocios, lugares dónde ir y cuáles evitar, comencé a relacionar olores con lugares, colores con plazas. San Francisco siempre fue lila, Tequis verde, San Miguelito amarillo y ocre, la Calzada de Guadalupe rosa-grisáceo. Carranza se volvió una ensalada de estilos y por ahí apareció Plaza Tangamanga, lugar que mi generación usó para suplir la Plaza de Armas para checar a los especímenes con quien emparejarse.
En la Uni, mi hábitat fue la colonia Moderna y comencé a familiarizarme con las sedes de los edificios públicos. Conocí el San Luis de los que trabajaban en lo que yo quería ser “de grande”. La ciudad se volvió gris, con trajes, corbatas y conjuntos tipo sastre. Se volvió solemne y se caminaba en tacones. Vi cuando el Palacio Municipal dejó su sede y se fue hacia la nueva Unidad Administrativa, cuyo diseño circular me recordaba aquellos globos de la Alameda.
Me fui de San Luis y cuando volví encontré los cerros poblados de edificios altos, haciendo que el Puga, el EME, el Lamadrid, el Real Plaza y el Panorama parecieran Ford T en un estacionamiento lleno de Ferraris de última generación. La pérdida fueron esos cerros siempre azules y rodeados de pirules de la canción de Rodolfo Mendiolea, que quién sabe que escribiría ahora si viera la ciudad. Hubo entonces una mezcla de nostalgia combinada con la natural resignación de saber que las ciudades cambian, así como cambiamos las personas.
Gracias al trabajo que tuve en aquél entonces, pude recorrer el estado tres veces completitas. Entendí entonces por qué mi ciudad era vitral de colores ocres como el desierto, pero con destellos frondosos como la Huasteca. Entonces mi ciudad se volvió más grande, se le borraron los límites, se le quitó lo capitalina.
La ciudad en la que vivo ahora cabe bien en mi casa, entre paredes rugosas y bugambilias. Curiosamente, se sabe más grande, pero cabe mejor. Está concentrada en un espacio que decido abrir a caudales o dejar en paz. Ahora entiendo que mi ciudad es un lugar íntimo inacabado.



