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Cobijas

Por Yolanda Camacho Zapata

Enero 16, 2024 03:00 a.m.

A

En plena cúspide de poder, el General Aureliano Buendía despertó a mitad de la noche pidiendo a gritos una cobija. El frío se le trepó por dentro y ya no lo abandonó nunca. Más o menos por esas épocas decidió ordenar a las edecanes que siempre lo acompañaban, que trazaran un círculo de tiza en el suelo donde únicamente él entraría. Así nos cuenta Gabriel García Márquez en el noveno capítulo de Cien Años de Soledad y a mí se me viene a la mente cada que hay año electoral.  

En un texto escrito por Leonardo González Valderrama se hace notar, y con razón, que al principio en Macondo no había necesidad de tener política porque aquello no era más que un pueblecito de diez casas sin mayores complicaciones; sin embargo, el tiempo hizo que la maldición de las ciudades grandes cayera y que a los ojos de los de foráneos, fuese necesario enviar un mandamás político, alguien que pusiera orden a lo que ya estaba ordenado y que, consecuentemente, desordenara todo. Así llegó el corregidor, Apolinar Moscote, quien en un dos por tres se las arregló para dividir al pueblo en dos bandos, liberales y conservadores. De repente las casas estuvieron pintadas o de rojo o de azul, según fuera el caso y vecinos que perfectamente se habían relacionado desde siempre, ahora no pudieran tolerarse. El patriarca de Macondo, José Arcadio Buendía, le hizo saber claridosamente que “En este pueblo no mandamos con papeles- dijo sin perder la calma-. Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir.”

La política no es un mal necesario, es únicamente necesaria porque México no es Macondo y sí hay mucho qué corregir. Sin embargo, un nunca puede dejar de fantasear con esas épocas cuando no había más autoridad que la que teníamos en casa y la comunidad se limitaba a los niños con los que jugábamos en el recreo o los primos que veíamos en las comidas de los domingos. Pero la cosa no es así. Hay estructuras, instituciones, normas que bien que mal, apoyan el día a día. El servicio público de génesis es noble. Debe de ayudar a facilitar la vida de las personas, a mediar entre los intereses dispares y las inequidades extremas. Lo hace a estirones o suavecito, y ahí anda, como una mediadora a veces adorada o en ocasiones no tan querida. Además, no hemos inventado nada mejor para desterrarla de nuestras vidas, ni nos hemos convertido en superhumanos justos, bondadosos y encauzados; así que mientras no haya nada mejorcito ni personas mejorcitas, es lo que hay.

Ya la descarrilada, es otra cosa. Al General Aureliano Buendía, por ejemplo, “la embriaguez de poder comenzó a descomponérsele en ráfagas de desazón” y “Sus órdenes se cumplían antes de ser impartidas, aun antes de que él las concibiera, y siempre llegaban mucho más lejos de donde él se hubiera atrevido a hacerlas llegar. Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empezó a perder el rumbo.”  Y es que la cosa es que el poder es como un virus para el cual no hay vacuna. Como cualquier virus, nadie está inmune, pero a unos les pega durísimo mientras que otros a penas lo sienten y otros, aunque lo tengan, son completamente asintomáticos. La bronca es que alrededor siempre hay acomedidos que se prestan a adivinar las órdenes del patriarca o matriarca en turno y luego se pasan de lanza y a veces los verdaderos detentores de poder, ni cuentas se dan de lo que andan haciendo en su nombre. Por tarugos, diría yo, porque de ponerse aguzados quizá entrarían en razón y volverían a los cauces de la gente normal, esa que eran antes de andar de poderosos. 

Las elecciones suelen ser, para gente como yo, épocas entretenidísimas donde quedan claras intenciones, pasiones, fobias y filias, por más que quieran esconderse. Hasta dan ganas de que no fueran algo serio, pero ¿qué le vamos a hacer? Yo nomás quisiera que el virus pegue mesuradito y que alcancen las cobijas para todos.