¿Cuándo se perdió Arturo?
En el año de 1994 me inscribí en un diplomado en amparo organizado por la Universidad Iberoamericana campus Santa Fe y la Suprema Corte de Justicia de la Nación Este curso duró aproximadamente un año y, sábado a sábado durante todo ese tiempo, tuve la oportunidad de asistir a verdaderas cátedras magistrales y convivir, ya como maestros, ya como alumnos, grandes personalidades con las cuales aún hoy conservo excelente relación.
Ahí tuve lo oportunidad de conocer a un extraordinario abogado postulante, especialista en amparo, nos impartió una de las mejores clases a las que tuve oportunidad de asistir.
A ese abogado lo volví a encontrar como presidente de la Comisión de Derecho Constitucional y Amparo de la Barra Mexicana Colegio de Abogados, luego de mi incorporación a ese colegio en mil novecientos noventa y ocho. Allá por dos mil o dos mil uno, este abogado me dio clase en un seminario sobre amparo organizado por la Barra Mexicana e incluso tuve la oportunidad de visitarlo en su despacho ubicado en la Calle de Insurgentes Sur en la Ciudad de México en un par de ocasiones, también por aquellos años.
Ese abogado se llama Arturo Zaldívar Lelo de Larrea.
Las personas que conocen la historia que he narrado me hacen la misma pregunta que le formulan a todos a quién es conocimos a Arturo Zaldívar antes de que fuera Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación: ¿Así era desde antes?
Y La respuesta es no
Creo que entre el Arturo de mil novecientos noventa y cuatro y el Zaldívar presidente hay una gran distancia qué fue devastando la personalidad de un extraordinario jurista para convertirlo en un autoritario y ambicioso personaje.
“La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”, dijo José de San Martín. A esto yo agregaría que, cuando el orgullo se transforma en soberbia y se hace de ella una forma de vida, es imposible ver más allá de la voluntad del engreído.
Hay que decir que Arturo tenía razones para estar orgulloso de sí mismo: una gran inteligencia un gran espíritu crítico y sobre todo una gran empatía con sus semejantes. Todo eso al parecer hoy ya no existe o, por lo menos, no lo notamos los que nos encontramos en el mismo plano terrenal del que Arturo se ha despegado para colocarse (según él) a un paso de la divinidad.
Por eso no ha tenido obstáculo en llevar al Senado de la República un documento al que llama “Proyecto de Ley General para Prevenir, Investigar, Sancionar y reparar el Feminicidio”, con el membrete de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La Corte no tiene derecho de iniciativa ante el Poder Legislativo en la Constitución, en virtud de que, entonces, esas leyes no podrían ser materia de análisis en cuanto a su constitucionalidad por su mismo autor; ¿el membrete en el documento implica que es un acto del Pleno y, de ser así, cuándo se aprobó? ¿No será más bien un acto unilateral del presidente?
Como en otras ocasiones, trata mal a sus pares, los otros integrantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, con quienes se conduce con notorio desprecio salvo en los casos que sabe que le pueden representar apoyo con el vecino de Palacio Nacional. Una muestra, tan solo una, fue su intentona de aprovechar su relación se sometimiento a López, para tratar de prorrogar su mandato al frente del Máximo Tribunal, a través de un artículo transitorio en una reforma legal, sin conocimiento del resto de los ministros.
Arturo se ha convertido en un político acorde a la moda nacional y hace recordar a aquellos ministros que tuvo la Corte hace ya muchos años y cuya conducta llevó a su transformación en mil novecientos noventa y cuatro. Al igual que López, gusta del autoritarismo y del pasado.
Quién sabe si la soberbia de Zaldívar le vaya a permitir el día que deje la presidencia del Alto Tribunal pueda continuar siendo simplemente un ministro. Quién sabe si en un sitial más pequeño y menos destacado en la Sala de Plenos, quepan juntos él y su ego, juntos.
@jchessal



