Cuarta transformación

La referencia a la cuarta transformación en México es generalizada, empero, habría que precisar, como sugería Voltaire, los términos del entendimiento, para evitar que se convierta en un tema vacío de contenido, desvirtuando sus alcances y objetivos. No es un asunto menor, sobre todo cuando se aprecia un embate feroz de quienes se oponen al cambio que implica este proceso histórico, precipitado en 2018 con el arribo de un gobierno distinto a los emanados del “prianismo” de los últimos sexeniso que, ya sabido y experimentado, se entregaron a los dictados del modelo económico neoliberal, empobrecedor de amplios sectores de la población.

¿Qué entender, entonces, por cuarta transformación? Se podría plantear que, para llegar a 4 T, habría que conocer, así sea de modo muy general, el derrotero de las tres transformaciones precedentes. La primera transformación es la que arranca con la invasión napoleónica en España y Portugal desde 1808, generando sentimientos de emancipación en América que se convierten en las precondiciones para el posterior surgimiento de movimientos de liberación, como el caso de Hidalgo en 1810, precipitando la revolución de Independencia, sentimiento que se mantendrá recurrente para enfrentar agresiones extranjeras y la anarquía prevaleciente que los conservadores buscarían resolver con la llegada del emperador Maximiliano, culminando así esta etapa.

La segunda transformación refiere el período que inicia con la lucha liberal de Benito Juárez por la vuelta a la vida republicana, posibilitando la derrota de los conservadores y el posterior ascenso de Porfirio Díaz que, con un largo ejercicio del poder, si bien logró un reordenamiento territorial y ampliación de comunicaciones por ferrocarril que aceleró el desarrollo capitalista en el país, terminaría con una descomposición del poder al incurrir en prácticas reeleccionistas, autoritarias y represivas, culminando así esta segunda etapa.

La tercera transformación inicia cuando la dictadura porfirista incurre en un ejercicio cada vez más violento del poder para contener el malestar social y Madero convoca a levantarse en armas, precipitando la revolución de 1910 con sucesivos levantamientos populares, culminando con la caída de Díaz y el posterior ascenso de una burguesía nacional incipiente que desarticula la oligarquía hacendaria y terrateniente para sustituirla por los generales triunfantes de la revolución que, ahora en el poder, configuran una nueva institucionalidad estatal, conjurando revueltas opositoras con la fuerza o la negociación (encuadramiento partidista oficial y organización corporativa). Sin embargo, deviene el uso patrimonialista del poder que agudiza la falta de credibilidad en las instituciones y, en 1968 primero, y en 1988 después, se manifiesta en represión popular y fraude electoral por una tecnocracia gobernante que acentúa la adopción del neoliberalismo.

La cuarta transformación se va gestando por el cúmulo de agravios al pueblo mexicano, no sólo en términos de un empobrecimiento cada vez más amplio, sino por el impedimento recurrente para una verdadera alternancia en el poder con un proyecto progresista de nación, como la opción representada por AMLO desde 2006, 2012 y hasta 2018, cuando por fin se abre una nueva época de cambio preferencial por los pobres, pero ese propósito enfrentará la oposición de sectores antes privilegiados que apuestan al fracaso de una forma de hacer gobierno y política distintos.

Se trata, pues, de luchas de largo aliento y que, en el caso de la 4 T, apenas se van poniendo los cimientos, por lo que se debe tener presente que, con todo y los contratiempos que son parte de estos procesos, se debe afianzar un proyecto de transformación que, ahora, en el momento de la coyuntura electoral, cuenta con una fuerza política que, con todo, es la vía específica para ello, esto es, por Morena.