De portones eléctricos y otras distancias

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No cabe duda de que el paso del tiempo nos va obsequiando adelantos técnicos que nos facilitan la vida y nos hacen llevadera nuestra cotidianidad de la mejor manera, aunque no seamos conscientes, la mayor parte de las veces, de ciertos efectos secundarios.

Hace algunos años, había un pequeño ritual que, casi de manera desapercibida, nos integraba a nuestra más cercana comunidad y entrelazaba a los vecinos: la salida o entrada en casa con nuestro automóvil.

Por la mañana, al salir rumbo al trabajo o a dejar a los hijos a la escuela, había que abrir la cochera y luego, ya fuera el vehículo, bajar a cerrarla para tomar camino rumbo a nuestro destino. Estas pequeñas y breves acciones nos permitían saludar a quienes realizaban la misma actividad, barrían la acera, despedían a familiares, recogían el periódico o andaban por la calle. Todo esto era posible por el hecho de que las puertas de las cocheras eran manuales.

Con la aparición de los portones eléctricos, ya no es necesario seguir la otrora diaria rutina; hoy, con un botón, las puertas se abren, sale el  vehículo y, cerradas a la distancia, de manera automática, el coche parte, sin que nadie haya interactuado con nadie, fuera de él.

Hoy en día, gracias a esta mejoría técnica, poco o nada sabemos de nuestros vecinos, de sus rostros, de sus voces; poco o nada interactuamos con aquellos que están separados de nosotros por un muro de unos cuantos centímetros; poco o nada hacemos por cambiar el cómodo y seguro aislamiento de la ignorancia vecinal.

Cuando las televisiones tenían selector de canales redondo, aquel que había que ir girando lentamente para pasar de un canal a otro, teníamos la capacidad de concentrarnos en un solo programa, dado que practicar el “zapping” era algo desconocido.

Hoy, independientemente de la gran cantidad de canales que hay en la televisión, el hecho de que, con un control a distancia, que nos permite movernos solo lo estrictamente necesario de nuestro lugar frente a la pantalla, podamos cambiar indiscriminadamente de un canal a otro, sin poder centrarnos en un solo programa ha menguado nuestra capacidad de atención.

Hablar por teléfono, en el tiempo precelular, tenía ciertas características: había “horas prudentes” para llamar a la casa de alguien, pues era de mala educación hacerlo a la hora de la comida o luego de las nueve de la noche. Si la llamada no era atendida, nadie se deprimía y, simplemente, esperaba a otro momento del día, para intentarlo.

Hoy, con la inmediatez que dan los teléfonos móviles, nos desespera que alguien no atienda en el momento que llamamos, sin importar la hora o si la otra persona puede estar descansando, comiendo o, simplemente, no quiere contestar. Acortadas las distancias en comunicación, nos alejamos mucho del respeto al tiempo de los demás.

Estos son algunos ejemplos, simples tal vez, pero muy elocuentes, de cómo los avances técnicos pueden tener en nuestro actuar efectos poco deseables: menos ciudadanía, mayor dispersión y falta de concentración y nulo respeto al otro y por el otro son signos de nuestros tiempos, que nos envuelven, nos aíslan y nos alejan.

Hoy pareciera que todo lo que no puede capturarse con la cámara de un móvil o que no vemos a través de una pantalla o del cristal de un vehículo, simplemente no existe.

@jchessal