Don Florencio
A don Florencio Ruiz de la Peña lo conocí siendo ya Don Florencio, así, con mayúsculas. En casa se hablaba de las figuras del periodismo en San Luis y era inevitable que el título ganado a pulso saliera a relucir. De niña recuerdo que su nombre de pila me sonaba armónico, como si se pudiera cantar. Luego, lo conocí de pequeña, siempre atento, siempre caballeroso, tratándome como si fuera yo ya mayor, a pesar de ser una niña. Siempre me han caído bien las personas que tratan a los niños y niñas como personas completas y no seres a medias.
Al paso de los años lo busqué para cierto tema. Quedamos a desayunar en un restaurante muy mono que él eligió. Llevaba años sin verlo, pero se acercó a la mesa con un alegre “¡Buenos días, Yolita, aquí estoy para lo que se te ofrezca!”, así, como si nos hubiéramos visto ayer, como si fuéramos grandes amigos. Me hizo relajarme al instante, sentir que el diálogo no podía haber empezado mejor. Pedimos ambos fruta con yuguricito, muy fitness. Al terminar cada quien su tazón , nos hicimos de la boca chiquita. Yo pensé que el no desayunaba pesado y no quería regarla tragando sola. Continuamos platicando sabroso, primero del tema que yo quería tratarle y después chismeamos de lo lindo sobre San Luis, personajes pasados y presentes, notas del día aderezadas con encabezados anteriores. Nos reímos mucho, hasta que, muriendo de hambre y tragándome la pena, le dije “-Oiga don Florencio, si me permite, déjeme pido unas enchiladas suizas, porque yo soy de buen desayunar-“ “-¡Bendito sea dios, mija, que yo también me muero de hambre, pero no quería desentonar!-“
Después de ese encuentro, Don Florencio tuvo la delicadeza de hablarme cada que se enteraba de alguna noticia mía. Me llamó cuando dejé ese trabajo que propició nuestro encuentro entre enchiladas y me aconsejó, sabiamente, mantenerme siempre del lado técnico de la vida pública: “-Grillos sobra, mija. Los técnicos son los que se necesitan y de esos, hay pocos.-“ Luego, en el transcurso de los años, reiteró las llamadas, atento siempre, cordial y educado como el caballero que fue.
Hace unos momentos me enteré que Don Florencio ha dejado ya esta tierra. Se lleva con él más de sesenta y cinco años de experiencia en el mundo periodístico, donde trabajó desde cada frente posible. Fue corresponsal de guerra, reportó en su paso por la Ciudad de México, el movimiento estudiantil de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, fue jefe de información en varios medios, sin olvidar, por supuesto, que fue de los primeros directivos del periódico Pulso. Pero sobre todo, fue un tipo fino, sagaz y comprometido con la pluma.
La vida de San Luis está hecha por los personajes como Don Florencio, aquellos que atestiguan el paso de los hechos, la plasman con sus plumas y luego dejan el testimonio ahí, listo para que cualquiera lo encuentre, siendo guardianes de Clío y miembros del selecto clan de quien al escribir, hace también la historia.
Es inevitable que el paso del tiempo cobre factura y retire a aquellos que ya han vivido todo aquello a lo que cualquier persona puede aspirar. Don Florencio vivió una vida plena, y aún así, es inevitable sentir la tristeza de quien sabe que personajes así, son garbanzos de a libra, difíciles de encontrar.
Por mi parte envío un abrazo entintado a su familia, a sus muchos amigos y a aquellos que trabajaron con él desde los diferentes frentes laborales, especialmente a aquellos que en los inicios de Pulso.
Ya nos veremos, Don Florencio, a desayunar como Dios manda, sin remordimientos por no ser de boca chiquita.
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