El Abogado de Baphomet
Quienes por vocación y libre decisión abrazamos la profesión jurídica, todos los días nos convencemos de la preponderante necesidad de la existencia del derecho, como ese gran regulador de los apetitos humanos per se destructivos, esos que la tradición cristiana suele nombrarlos pecados y que lista siete: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.
Para cada una de esas falencias humanas, esa misma tradición, en algún momento les asignó un promotor, entes demoniacos que impulsan al ser humano a ser proclives de las bajezas provocadas por esas conductas, así (en el mismo orden): Lucifer, Mammon, Asmodeo, Amon, Belcebú, Leviatán y Belfegor, quienes desde el principio de los tiempos han trabajado sin descanso para que el ser humano sucumba ante sus tentadores ofrecimientos -y vaya que han tenido éxito-, basta sólo revisar la historia de la humanidad. En ese contexto, en un mundo donde “El hombre es el lobo del hombre”, surgió la abogacía, esa noble profesión que implica conocer los Principios Generales del Derecho, aplicar la ley y defender a esos seres humanos, aquellos que deben pagar las consecuencias de sus actos, del ejercicio de su libre albedrío al caer seducidos por esos demonios que les hablaron y, en su debilidad, tropezaron dañándose a ellos mismos y quizá también a sus prójimos.
En esos momentos aparece la figura del Abogado, ese que no juzga, que escucha con atención a su cliente, un Abogado sabedor que la administración de justicia humana puede ser endeble, pues siendo impartida también por seres de la misma especie homo sapiens, es altamente probable que esos traviesos demonios también incidan con sus ofertas en sus decisiones.
Justo ahí, proviene la reflexión, de cuando un Abogado decide defender una causa, que muy probablemente sea una absolutamente contraria a la popularidad, más ahora que en otros tiempos se trate de personas que ya han sido sentenciadas en los modernos tribunales denominados redes sociales, donde un publico envenenado por la política y la ignorancia, lesionan reputaciones y laceran con hirientes comentarios la sagrada presunción de inocencia.
A esos Abogados se les ha adjetivizado como Abogados del Diablo, el más famoso en México por supuesto, imposible no citarlo el penalista Don Juan Velasquez, invicto en Tribunales y arquetipo de defensor, o quien no recuerda a los dos Roberts: Shapiro y Kardashian, quienes condujeron por el camino de la duda razonable al jurado del deportista O´J. Simpson.
Esto nos lleva a la siguiente reflexión, al dilema mismo de la Justicia y el de Themis en sus dos distintas representaciones, con los ojos cubiertos por una venda para no mirar a las partes, o con los ojos bien abiertos para observarlas muy bien, Usted gentil lector decida cual representa mejor a la Justicia.
De modo que, es claro que la profesión jurídica, la abogacía se aproxima un tanto a lo diabólico -en el buen sentido-, pues todos los días tratamos con esas conductas que nos hacen ser humanos, no sólo las malévolas, también el Abogado convive (vimos) con el perdón, con el honor, con la esperanza, con la paz y con la reconciliación, pues nuestra profesión es inherente a la naturaleza humana y a su libre albedrío.
Por eso, concluiré estas reflexiones, pensando que sería mejor que a los Abogados, -si se nos sigue tildando de diabólicos-, se nos asociara más con el viejo Baphomet medieval, ese cuyo significado etimológico es: Bios-phos-métis: Vida, Luz y Sabiduría. Porque todo el mundo necesita un Abogado y el que este libre de pecado, que arroje la primera piedra.
Les leo atento en:
jorgeandres7826@hotmail.com.



