El bien y el mal
Estamos hechos de dilemas. Y de historias –dijo Galeano-. Todos los días tomamos decisiones basadas en la información con la que contamos, en la experiencia que hemos vivido y en una expectativa más o menos clara de los efectos y consecuencias de tales decisiones. Un elemento fundamental –y hermoso a la vez- es la libertad de decidir, que, esencialmente consiste en tener alternativas sobre las cuales se decide, y tener el poder para decidir.
Usualmente se piensa que es el Estado quien establece las restricciones sobre la libertad de las personas. Hay cierta razón que asiste, incluso en estos tiempos, a esa interpretación. El pensamiento liberal clásico desde la filosofía política ha tratado de defender dos libertades naturales frente al Estado: la libertad económica donde el Estado no debe entrometerse ni intervenir en el libre juego del mercado donde los individuos deben tener la posibilidad de hacerse de riqueza –lo que sea que ello signifique- a través de la celebración de contratos entre privados. Y la libertad asociada con el cuerpo, que históricamente ha enfrentado inhibiciones de una moral que no se distingue si es religiosa, política, burguesa, productivista, ideológica o una mezcla de todas ellas. Esencialmente consiste en la restricción terrena de la carne.
Tengo un rato pensando si el problema de las restricciones a la libertad es un asunto histórico que debe relatarse desde las guerras liberales de la independencia de Estados Unidos o la Revolución Francesa, donde hay un Estado antiguo que establece todo tipo de limitantes a sus pobladores. Otra idea que tengo es abordarlo desde la interesantísima discusión sobre el bien y el mal en la novela de John Milton “El paraíso perdido” (publicado en 1667). No le arruino la lectura, parte del relato del libro del Génesis donde Eva y Adán deben enfrentar al dilema que implica la libertad de decidir: comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Dios los crea libres -eso es del Génesis- pero ha sido Lucifer quien, en venganza contra Dios por expulsarle al infierno, siembra la semilla de la duda sobre la posibilidad tener opciones y libertades para decidir frente a una existencia feliz pero encadenada . Lo curioso del asunto es que John Milton concluye –sigo sin arruinarle la lectura- que el bien y el mal son dos caras de una misma moneda, que el libre albedrío nos ha dado discernimiento, que la luz puede surgir de las tinieblas.
Quizás es por ello que sorprende un poco la postura de algunas personas que toman decisiones desde ciertas posiciones de Estado, e insisten en imponer restricciones a las libertades de los individuos a través de leyes y políticas –ojo con esto-. Cuesta un poco de trabajo distinguir si el argumento –cuando lo hay- proviene de una reflexión desde el estado secular, o desde una posición de moral religiosa.
[Intermezzo. Hay individuos que pueden establecer restricciones a través de las leyes, pero también a través de la omisión en las políticas: hay personas que no pueden acceder a educación, salud o vivienda por restricciones económicas, ¿pero ha pensado que en muchas ocasiones las omisiones de las políticas imponen restricciones sobre el acceso a educación, salud o vivienda de calidad? Solo es pregunta.]
Regreso al problema de origen. ¿Cuándo podrá la sociedad desarrollar su capacidad de discernimiento si no se le otorga poder y alternativas, es decir, libertad para decidir?. No me refiero al debate sobre la interrupción del embarazo, el consumo lúdico de estupefacientes o el matrimonio igualitario. Me refiero al problema de cuando el Estado –o alguien que dice representarlo- establece restricciones a partir de la aparente incapacidad de las personas para discernir. Menudo problema en el que nos encontramos.
Quiero ser claro y plantear esto como un problema de democracia. Las definiciones del bien público es un asunto igualmente público y no un monopolio de los políticos. La madurez política también implica la formación de ciudadanías que disciernen a partir del derecho, la habilidad, el conocimiento y la oportunidad para decidir.
Twitter. @marcoivanvargas



