El camino del arcoíris

Salvo honrosas excepciones, mi generación creció con una educación sexual más bien limitada y de mira sesgada. No podemos aducir que los Baby Boomers nos quisieran esconder algo, sino que la mayoría de ellos tampoco contaba con la información suficiente como para transmitir lo que ahora se muestra casi ordinario: la diversidad.  Dentro de las numerosas fallas que mi generación, los X, hemos tenido, quizá podamos contar con un acierto, que es estar formando a los que vienen debajo de nosotros, con un espectro sexual mucho más consiente, mucho más amplio, mucho más diverso.  

En 1950 el matemático inglés, Alan Turing, uno de los varios progenitores de la informática, ideó el Test de Turing. El objetivo era determinar si un ordenador posee una mente tal y como la poseemos nosotros. Así, la persona ha de comunicarse al mismo tiempo con un ordenador y con una persona real, sin saber quién es quién. Se puede tomar el tiempo que sea necesario y hablar del tema que uno quiera para después decidir quién es la persona y quién es el ordenador. Si no hay una definición o si nos equivocamos, el ordenador ha superado el test y consecuentemente, habría que tratarlo como si tuviese una mente como la nuestra. Claro, esto no implica ninguna prueba de que el ordenador sea un ser vivo, pero si implica que reconocer la existencia de una mente más, catalogada como artificial, es un proceso de convención social. 

Ahora bien, Noah Harari reflexiona un punto al respecto: Turing, como sabemos, fue un hombre homosexual de mediados del siglo pasado que con todo y su brillante mente, fue una de tantas personas al cual el gobierno inglés de aquella época calificaba como delincuente debido a sus preferencias sexuales. En 1952, fue condenado por cometer actos homosexuales, sometido a un proceso de castración química y dos años más tarde acabó suicidándose. El Test de Turing, entonces, acababa siendo una réplica de lo que una persona gay tenía que someterse en la Inglaterra de mediados del siglo pasado: no importaba lo que fueras, sino lo que los demás pensaran de ti. Al igual que los ordenadores, lo que definirá el trato, será lo que la gente piense de ellos, no los datos, ni las construcciones reales. 

Si bien es cierto la diversidad sexual es ahora mucho más visible, mucho más aceptada que hace un par de décadas; también es cierto que los avances legales y la toma de calles no necesariamente generan una total aceptación social, ni inclusión. Quizá a fin de cuentas no haya sido tan trascendental que nos inundaran de información sobre las diversidades sexuales, porque como en el Test de Turing, lo que acaba definiendo la vida social de la comunidad, es lo que la gente perciba, no lo que sea verdadero e ineludible.

 Sí, hay muchos reacios de antaño que han abrazado al mundo diverso porque lo han hecho tangible gracias al hijo, al amigo incondicional, a la hermana que creció con ellos. Vaya, han dejado de lado el concepto etéreo y se lo han personificado en alguien a quien aman. Han entendido que lo que pasa en la intimidad de un dormitorio, no es asunto de nadie. La lealtad, la amistad, la responsabilidad se define por mucho más que la compañía entre sábanas. 

Pierre Eliot Trudeau en  1967  declaró "No hay lugar para el estado en los dormitorios de la nación" Tampoco debería de haber lugar para los prejuicios y sin embargo, ahí están. Tanto camino recorrido en el arcoíris, tanto por recorrer...