El destino de las cosas
Circunstancialmente conocí a este hombre. No debe de pasar de los cuarenta y dos años, de tez morena y con el pelo negro azabache. Lleva un corte de cabello casi militar que delata la costumbre que queda después de haber pasado años en esa institución. Sin embargo, ahora deja caer deliberadamente un mechón rebelde sobre la frente, dejando que un atisbo de rebeldía se muestre sin pudor.
Me dijo que habíamos coincidido en un evento de esos bonitos, que hacen que de pronto haya un atisbo de esperanza para procurar que entre el pasado y el presente haya un eslabón sólido en la cadena. Se me acercó ya cuando estaba por salir, se presentó y de guamazo interpeló: “-¿Qué sugiere que haga con mis cosas cuando me muera?-“. Me han preguntado cosas extrañas, pero esta no me la esperaba, menos viniendo de un perfecto desconocido, en una edad donde morirse todavía no figura en la agenda.
El hombre entonces comenzó a contarme una historia que puede ser la de muchos de nosotros: por voluntad de su abuelo es el guardián de una caja de papeles que quedaron un par de años amontonados en un rincón sin ser tocados, pero tampoco sin estar en la antesala del basurero. Simplemente las emociones al perder al que me dijo fue referente del adulto en el que se convirtió, eran demasiado dolorosas para comenzar a hurgar entre los papeles familiares. Al paso de los meses, el recuerdo dulce fue inundando al dolor dándole fuerza para ver entre las posesiones del ancestro. El descendiente encontró testimonio de las historias que en su infancia convirtieron al bisabuelo en algo parecido a un personaje de cuento que tenía a la mano. Encontró los certificados que daban a su bisabuelo el reconocimiento como veterano revolucionario, mapas donde marcó su paso por las tierras del norte, donde acabó combatiendo en las tropas de por lo menos dos caudillos. Tuvo en sus manos la correspondencia que tenía con algunos personajes que hoy se mencionan en los libros de historia y con otros de los que quizá nadie escriba, pero que formaron parte crucial de la vida del que le precedió. Verificó ciertas historias que le contaban y de otras prefirió ya no escarbarle, porque quizá fueron ciertas.
Su familia aún no quiere donar nada. A fin de cuentas, es acervo particular, cosa entre tíos. Confieso que el brillo se me quitó de los ojos. Generalmente esas colecciones acaban desperdigadas, sin decir mayor cosa si se dividen en piezas de papel que cuentan únicamente pedazos de una historia mayor. Sobre la caja de su bisabuelo no podrá decidir, y por eso vino con la pregunta. Me contó entonces su propia historia: desde muy joven supo que la escuela no era lo suyo, pero influenciado por lo que sabía de su bisabuelo y del abuelo, decidió enrolarse en el Ejército, donde sirvió por varios años. Luego, la cosa se puso ruda, tuvo un par de eventos donde la muerte le sonrió de cerquita y decidió retirarse para empezar de cero. No le ha ido mal, me dijo. Sin embargo, ahora piensa continuamente qué pasará con sus cosas, con sus papeles. Él no vivió ninguna revolución, no conoció a ningún general de los que se escribirá en el futuro. Ha comenzado, eso sí, a escribir él mismo sobre cosas y lugares, a hurgar en sus propios pensamientos y tratar de llenar huecos para que sus propios descendientes sepan una versión de viva voz: “-Quizá sea cosas de la edad, estoy en los cuarentas y creo que le llaman crisis de la mediana edad-“, me dijo entre risas. Yo, que también pelo piñas, no pude mas que sentirme identificada.
Hablamos un rato más sobre sus archivos, los propios y los del ancestro y tuve la sensación de que en algún momento lo volveré a ver. Nos despedimos con ese dejo pandémico que ahora nos hace chocar puños y me alejé pensando que vale más saber a tiempo el destino de las cosas.



