logo pulso
PSL Logo

El sutil arte de quedarse sola

Por Yolanda Camacho Zapata

Enero 09, 2024 03:00 a.m.

A

Lo deseable es caerse bien. Cuando somos pequeños la soledad en general no presenta problemas mayores, basta ver jugar a una niña en su habitación: cajas vacías, cobijas, se convierten en elementos fantásticos e imprescindibles compañeros. La imaginación es clave. Cualquier cosa puede convertirse en objeto de diversión por horas.

El mejor monólogo que he escuchado, han venido de boca de un niño que hace tiempo ha dejado de serlo: “-¿Y entonces usted qué opina, Mikikukus? ¿construimos el palacio o no?-“ Mikikukus, una bota navideña con dos botones negros haciendo de ojos y un pedazo de felpa verde simulando un chaleco, se irguió gracias a la mano del niño y comenzó a hablar sobre la mala disposición de Filucho, el rey y dueño del castillo y los problemas de la construcción. Luego, piezas de lego, algunos bloques de madera, una tina roja  y un montón de monos, acabaron de debatir sobre la conveniencia de la edificación. Tanto diálogo casi me hizo olvidar que había atrás una sola persona repleta de cosas que decir. Los niños siempre saben llenar el vacío y entienden que lo único que tienen para eso, es a ellos mismos.

Lo malo es que con el tiempo nos vamos volviendo insuficientes. La imaginación constructiva, esa que  era motor de creatividad, se va tornando oscura y quién sabe cómo, se puebla de demonios sombríos, unos más creativos que otros para atormentar. Aquello que causaba placer en solitario se convierte en recordatorio de cruel soledad y significamos los momentos con uno mismo como fracaso de fallidas relaciones. Peor si es de noche, donde todos los males del universo se conjuran y parece que comparten cama con nosotros.

Tengo la teoría que esos ratos de disgusto solitario tienen su fuente en parte de las decisiones que tomamos durante el día. Salir o no salir con amigos, tomarnos o no esa taza de café, ir o no a esa clase de literatura latinoamericana, comprar o no el estambre para tejer, sociabilizar o no con aquellos conocidos a los que se ha tratado poco, pero que caen bien. Invitar o no a alguien a pasar la tarde en casa, únicamente para platicar o ver una película. Cocinar o no para compartir con alguien. Llevar o no el recalentado a la oficina y resucitar el bacalao para convertirlo en tortas a comer junto con otros Godinez.  Creo que cada respuesta que cierra con un no,  va aislando despacito. Así, los demonios van tomando espacios de a poquito, abonando y regando los muy naturales e inherentes miedos que cada quien guarde para de repente, encontrarnos con que han tapado todo aquello que disfrutamos y que nos hace gozar la vida, para de pronto sentir que vivimos en el fondo de un pozo obscuro y angostito que no deja ni respirar. 

Resulta más cómodo decir que todas esas nubes negras que de pronto se instalan cuando estamos solos, corresponden al resultado de malignas intenciones de terceros que abusaron de nuestra confianza, o que son el resultado de universos conspirando en contra de uno. Al universo le valemos un comino y si alguien nos ha defraudado, que haga su confianza un taco, que se lo coma y que aproveche. 

Si por algo uno tiende a pasar ratos solito, hagamos del silencio sinfonía. Ver quizá un programa interesante o divertido. Releer aquella novela que en la juventud significó tanto y verla con nuevos ojos, o  leer aquella novela que todavía no teníamos contemplada porque la autora todavía ni nacía cuando nosotros estábamos en la Universidad. Escuchar música nueva o vieja; escribir a los amigos de Buenos Aires o San Juan de los Lagos, pero escribirles en serio, a pluma y papel, para que recuerden la emoción que daba al llegar el cartero. Llorar a moco tendido porque el día fue un asco ¿y? Sacar a pasear al perro, al gato o a la iguana. Caminar sin punto fijo, nada más para que nos de el aire.  Respira, respirar, respirar. Hablar con Mikikukos y Filucho, debatir sobre castillos sin construir, entender que somos el vacío y justo por eso, estamos plenos. 

Le deseo feliz año, lectora, lector querido.