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El violín y el tambor

Por Marco Iván Vargas Cuéllar

Febrero 18, 2021 03:00 a.m.

Tengo algunas semanas escuchando que el proceso electoral en San Luis Potosí (como en casi cualquier lado) es un proceso particularmente tenso por las disputas existentes entre grupos y personajes por aparecer en la boleta electoral. El calendario del proceso da fiel cuenta de ello: el período en el que nos encontramos, denominado comúnmente como “intercampañas” es aquel en el que, después de haber concluido las precampañas –en donde muchos aspirantes tratan de acceder a una candidatura- los partidos políticos trabajan en sus procesos internos para definir a sus candidatas(os) y resolver las controversias asociadas con esos procesos. Luego vienen los registros de candidaturas y después vendrán las famosas campañas proselitistas. 

El reloj marca el tiempo de los registros, las disputas entre contendientes en el ámbito interno de los partidos políticos no se hacen esperar y tampoco sorprenden –o no debería de sorprender- que existan personajes que no se encuentren satisfechos con el resultado de esos procesos internos. Un interesante fenómeno a observar en nuestro sistema de partidos, en este preciso instante, tiene que ver con la observación de su capacidad de resolución de conflictos dentro de lo que podríamos llamar los canales convencionales, es decir, los medios institucionalizados de resolución de controversias. Déjeme hacer un apunte aquí: con “medios institucionalizados” no quiero referirme únicamente a procedimientos formales que figuren en los estatutos y reglamentos de los partidos políticos, sino además en el conjunto de prácticas y costumbres que también hacen funcionar a esas organizaciones. Insisto, las organizaciones no solo funcionan con procedimientos, sino, además, con prácticas informales.

Mientras se avanza en este proceso, la vinculación de la oferta política con el electorado va adquiriendo mayor profundidad. Lo que antes eran suposiciones genéricas y escenarios probabilísticos, hoy toma forma, color, nombre y apellido. Después viene esto que trabajan tanto los despachos de mercadotecnia política: el posicionamiento y la diferenciación. El posicionamiento se relaciona con la identificación y la percepción que el electorado tendrá de partidos y candidatas(os); mientras que la diferenciación se relaciona con transmitir ventajas para no ser iguales que los demás. Es mercadotecnia de segundo de prepa.

Quiero tomar brevemente el ejemplo de algo que ocurrió en Estados Unidos hace un tiempo, para extraer algunas lecciones para tomarse muy en serio en nuestro proceso electoral. Recordará Usted que la campaña de Donald Trump en 2016 se caracterizó por la evocación de emociones que tendían hacia la polarización. Esta estrategia parte de la idea de que la polarización puede movilizar a cierta parte del electorado mientras mantiene al margen –o incluso dentro de sus casas- a los indecisos que pueden optar por abstenerse o anular su voto. De manera independiente a los cálculos de rentabilidad que semejante estrategia puede ofrecer, una consecuencia indeseable tiene que ver con los conflictos post electorales que se viven en una sociedad a la que se la ha inducido un conflicto diferenciador. ¿Recuerda la violencia civil en Estados Unidos?. Hace unas semanas el Pew Research Center publicó un estudio sobre la manera en que se percibían mutuamente los seguidores más radicales de Joe Biden y Donald Trump. Los testimonios son interesantísimos ya que desnudan los prejuicios inducidos a un conjunto de ciudadanos que en realidad no son tan desiguales entre sí. Hay que evitar, a toda costa, que la intención de movilizar al electorado termine por dividir de forma hostil a una sociedad, que, aunque es heterogénea, no se mira con odio, recelo o desprecio. 

Así como debe mostrarse respeto por la salud de las personas, bien harían partidos y candidatas (os) en reflexionar si no están induciendo innecesariamente a conflictos que pueden dañar a las personas.

En 1969 Joni Mitchell, artista del folk rock en Estados Unidos compuso una canción llamada “The Fiddle and The Drum” –el violín y el tambor-, un himno pacifista que no pudo ser escuchado en el festival de Woodstock por compromisos que tenía Mitchell con un programa de televisión. Además de la delicia vocal de la canción, la letra resulta más que elocuente, reproduzco algunas partes: “Oh, mi amigo, ¿cómo llegaste a cambiar el violín por el tambor? –la paz por la guerra-/ Dices que me he vuelto como los enemigos que te has ganado, pero puedo recordar todas las cosas buenas que eres. / Y entonces te pido, por favor ¿Puedo ayudarte a encontrar la paz y la estrella? Oh, amigo mío, ¿qué hora es esta en que hemos cambiado el apretón de manos por el puño?.

Twitter. @marcoivanvargas