Ese peso...

Nos hemos empeñado en repetir una y otra vez que a las palabras se las lleva el viento. En realidad, el viento se lleva muchas cosas, pero las palabras se resisten a irse. Se pegan, anidan, se sudan. Imagine usted, lectora, lector querido,  un día cualquiera en el patio de la primaria. Recreo. Un grupo de amigos abre  la lonchera pare el sabroso ritual de inspeccionar el lunch ajeno, y ahí está: una deliciosa torta preparada con toda la mano. Jamón, queso blanco, queso amarillo por aquello de los lujitos de la vida, mayonesa, mostaza, jitomate y, al centro, coronando todo, el rey verde: el aguacate. Entonces, el pequeño grupo comienza la minuciosa inspección  y  llega el turno a la torta. Grande, majestuosa... y negra. Negra porque el aguacate no aguató la hora del recreo y se oxidó. Inmediatamente comienzan las burlas. Y a alguien se le ocurre que ahora Luisito, dueño de la torta, debe ser llamado "El Aguacate Negro," que tres recreos más tarde se convertirá en El Catenegro, apodo que conservará el resto de su vida. En su lápida se leerá "Aquí yace Luis Llanos, El Catenegro, amoroso esposo, admirado padre". No, a las palabras no se las lleva el viento. 

Estaremos entonces de acuerdo con que hay de palabras a palabras, unas pesarán más que otras, pero todas tienen un cierto volumen y cierta dimensión. Todas tienen consigo una connotación, una carga. Para aquellas que llevan consigo dosis profunda de rencor, de intenciones hirientes y malsanas, discriminatorias, separatistas, fue pensada la corrección política. 

La cuestión es que, simplistas como somos, hemos reducido a una palabra toda una serie de temas complejos. Se ha pensado que si ya no decimos la palabra negro, la discriminación racial por motivo del color de la piel desaparecerá. Malas noticias, Michael Crozier lo dijo bien: la sociedad no cambia por decreto. 

Si ustedes fueron gorditos en su niñez, sabrán de lo que hablo. Yo no lo he sido (todavía). Pero sí mido 1.49. No me han dicho gorda. Pero sí enana, chaparra, liliputense, hobbit, minion, minimi, los nombres de los 7 enanos de Blanca Nieves, R2D2, Yoda, Tyrion Lannister... con estos dos últimos, por cierto, me siento halagada.  Y sí, soy chaparra, baja de estatura, de promedio de altura de una persona en área urbana marginada, según cierto manual de ergonomía de diseño industrial que nos encontramos en la casa. 

En un breve estudio publicado por Animal Político y realizado por Conapred se recoje que según La Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS) reveló que 20.2% de la población de 18 años o más declaró haber sido discriminada. Los motivos principales fueron la forma de vestir o el arreglo personal, el peso o estatura, la edad y después, las creencias religiosas.

La Encuesta sobre Discriminación en la Ciudad de México (EDIS)  mostró que en el ámbito personal, el 27.6% de la ciudadanía reconoció que alguna vez había sido discriminada. A su vez, de este porcentaje, la discriminación ocurrió en la calle (28.5%), en el trabajo (24.6%), en la escuela (11.2%), en el transporte público (11.1%) y en alguna institución pública (7.7%). En cuanto al cómo y el porqué de la discriminación, el sobrepeso fue la principal respuesta (10.7%), seguida por la forma de vestir (9.7%), el color de piel (5.6%), la edad (5.2%) y la imagen (5.2%). Al preguntar si alguien cercano, como un familiar, amigo o conocido había sido discriminado, el 19.7% respondió que sí, y el lugar donde ocurrió fue primordialmente en la calle y en el trabajo. Respecto al cómo y por qué, las respuestas fueron por color de piel, sobrepeso, discapacidad, forma de vestir y preferencia sexual.

En esta sociedad, donde nos las damos de muy progresistas, vemos todavía en las características físicas y en el aspecto, el principal motivo para separar y menospreciar a los demás. Soltamos palabras como si de verdad se las llevara el viento. La cuestión quizá no sea eliminar palabras del vocabulario, sino mas bien, reconocer el peso que cada sílaba acarrea y el efecto que puede causar en quien las recibe. 

Habrá características que podemos controlar, pero habrá otras que no. Modificar por salud el cuerpo, puede hacerse. Comer más sano, hacer ejercicio, qué se yo. Otras cosas así se quedarán. Sin embargo, todos, absolutamente todos, deberíamos aprender a domesticar la lengua y saber que nuestras palabras pesan. 

Yo, por ejemplo, ni aunque me quede colgada tres días de los pies, voy a lograr adquirir centímetros de más. Cambiar lo que se pueda, y aceptar lo que no. He aprendido a vivir con mi estatura, la atesoro y me ha servido tremendamente bien para reinar en Liliput.